Memoria

Presidentes en Miraflores

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Escribe: Ana María Malachowski Rebagliati

José Gálvez escribió: “Miraflores es la hermana menor de un cuento de hadas, la más pequeña y la más bonita”; más bonita que Chorrillos y Barranco. Chorrillos era aristocrático y tradicional; Barranco era burgués y Miraflores era sencillo y fresco. Era silencioso, apacible y rústico. Sus alamedas tenían un halo de poesía. Miraflores estaba lleno de rumores y la bajada a los baños “estaba llena de sorpresas”.

La estación guardaba un encanto especial con sus vidrios de colores y “sus torrecitas ojivales”, con su reloj que marcaba las horas siempre atrasadas y sus banquitas para los dormilones y los demorones que nunca faltaban. Miraflores era el “pueblecito preferido por los extranjeros” y por las gentes que buscaban el descanso.

Gentes que podían ser los mismos presidentes de la República como Andrés A. Cáceres, a quien sus conocidos apodaban “El Tuerto”, porque uno de sus ojos tenía una cierta tirantez a causa de una herida que sufrió en Arequipa a mediados del siglo diecinueve. Cáceres tenía un aire marcial. Era imponente en su figura y llevaba desde siempre las patillas abiertas. A inicios del año siguiente de asumir la presidencia, en 1887, fue invitado por don Pedro Elguera, hombre de mucha fortuna y cacerista hasta los huesos, a pasar una temporada en su quinta de la calle Schell; la misma que años más tarde ocuparía el Mariscal Benavides. Temprano en las mañanas, Cáceres bajaba a los baños acompañado de su esposa, la señora Antonia Moreno, y sus tres hijas Hortencia, Zoila Aurora y Rosita. Por entonces, la bajada era una rústica quebrada de muros muy altos pero inestables. Muros que al primer soplo del viento hacía que un fino polvillo volara por los aires logrando que desde lo alto cayeran centenares de guijarros; pero era poética y pintoresca, con su muralla de “roca blanda”, tapizada de musgo de distintos tonos de verdes, desde el claro y el esmeralda hasta un dorado con tonos de verde. En el camino habían pequeñas grutas con sus bóvedas decoradas “con estalactitas de cristal y frescas hojas de helechos” donde destilaban las aguas, las cuales descendían formando gotas y delgados hilos que formaban un arroyo que rodaba por el camino.

La vida en Miraflores era monótona pero no en la quinta de Schell, donde las hijas del general ponían el toque de alegría con sus cantos, su poesía y sus bailes que hacían mover el cuerpo hasta a los más encopetados ministros que llegaban de visita. Pero un día cesaron las risas. Rosita, la menor de las hermanas, enfermó de tifoidea. Desde ese día el doctor Lino Alarco, el “monarca de la medicina”, no dejó de visitar a la enferma. Todo fue inútil. Una mañana, Rosita, “la muchacha de los ojos color caramelo”, con apenas doce años, murió.

Era el verano de 1905 cuando una tarde llegó a Miraflores don José Pardo y Barreda. Llegó para ocupar un enorme y vetusto rancho de propiedad de don Mariano Jiménez. El rancho, entre la Esperanza y la Alameda, tenía una huerta que “cerraba la callejuela del Centro”. En la huerta había decenas de frondosos ficus de espesas copas que se entrelazaban entre sí y bajo su sombra se mecía una solitaria hamaca.

Joven, buen mozo y elegante en el vestir, de ojos oscuros y llenos de luz (decían que era difícil sostener su mirada). Pardo es, tal vez, el presidente “que ha aspirado más incienso”. Muchos, emocionados, exclamaban: “¡Hoy lo he visto y me ha mirado!” Muchos sentían emoción cuando el Presidente, a su paso por el viejo jirón, les respondía el saludo. Muchos, después de estrecharle la mano enguantada, dejaban de lavársela por unos días, para “retener su aura”. Pardo, con su sombrero “Catacaos” en la cabeza y trajeado de lino blanco, bajaba a los baños trepado en su caballo “Tripartito”, curioso nombre alusivo a los tres partidos: Civil, Constitucional y Liberal, que lo llevaron a ocupar la presidencia. Se bañaba durante diez o quince minutos ante la mirada curiosa de los que disfrutaban en esos momentos de las agitadas olas.

Durante todo su periodo presidencial, José Pardo pasó en Miraflores todos los veranos, lo que fue de provecho para el pequeño balneario que comenzó a transformarse en una elegante villa. Su presencia también dio lugar a la apertura de la avenida que lleva su nombre.

Muy distinto era un “bussines man” como Leguía, que hacia el año 1907 decidió lanzar su candidatura para la Presidencia de la República. Había renunciado a la cartera de Hacienda para dedicarse de lleno a la tarea política y tomó un antiguo rancho en la Alameda Palma, muy cerca a la estación del tranvía, de propiedad de la “testamentaria de don Gabino de Menchaca”. Pequeño y fino, a Leguía, de ojos oscuros y mirada de águila, no le gustaba bajar a los baños y, pese a que caminaba con andar resuelto y “alardes de gallo de raza”, tampoco gustaba pasear por la frondosa alameda. A diferencia de Leguía que se concentraba en la política, el coronel Oscar R. Benavides había llegado a Miraflores, poco tiempo después de contraer matrimonio con una bonita miraflorina, doña Francisca Benavides Diez Canseco. Llegó para habitar la antigua Quinta Humberto, que luego fue llamada Quinta Alfredo Benavides, en recuerdo de su último propietario y padre de Francisca.

Por su parte, “El Collota”, como le llamaban en Arequipa a Sánchez Cerro vivía modestamente en Lima en casa de un amigo. Corría el año 1931 cuando ganó las elecciones presidenciales. Sus partidarios le proporcionaron una residencia más acorde al cargo que ocuparía, en la avenida 28 de Julio. Sánchez Cerro, pequeño y de tez oscura, pasó algunos meses en “la ciudad de los pinos y las madreselvas” pero sin disfrutar ni mucho ni poco de sus encantos: corrían tiempos difíciles y como presidente electo, el tiempo le quedaba corto para disfrutar de los baños. Aunque oficialmente residía en el viejo Palacio, en las noches se trasladaba a Miraflores. Católico “sincero y fervoroso”, escuchaba misa todos los domingos en la Iglesia Matriz, y fue allí donde una soleada mañana de marzo de 1932 recibió varios balazos de sus enemigos políticos, pero “el destino y sólo el destino, no permitió la consumación del asesinato”.

Fuentes:
Historia y Romance del Viejo Miraflores, Luis Alayza y Paz Soldán
– José Gálvez, Obras Completas
Crónicas Sabrosas de la Vieja Lima/La Vieja Estación, Edgardo Rebagliati
Sánchez Cerro y su Tiempo, Carlos Miró Quesada Laos
Los Señores, Luis Alberto Sánchez

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