Memoria

POR ALGUNAS DE LAS VIEJAS LIBRERÍAS DE LA DÉCADA DEL VEINTE Y ANTES

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Por: Ana María Malachowski Rebagliati

En 1840, en pleno mandato de don Agustín Gamarra, existía en Lima la ‘Gran Librería Peruana’, ubicada en el Portal de Botoneros. Los diarios de la época, el recién fundado El Comercio, La Antorcha Peruana o quizás El Amigo del Pueblo anunciaban la venta de libros de religión, de instrucción, de legislación, de cirugía, medicina y literatura; pero no sólo eso, anunciaban también, sin tanta pompa y adorno, la venta de manuales de guerra, obras de táctica, de estrategias, de maniobras, etcétera. Eran, pues, libros como para las épocas que se vivían. Épocas de revueltas, de inquietudes y zozobras, de encerronas y de complots de café. Épocas en que, ¿quién no era militar? En setiembre de 1843 ocupaba de facto el Caserón de los Caudillos, don Manuel Ignacio de Vivanco, conspirador y a la vez un personaje encantador.

Fue en aquellos días que El Comercio anunciaba que se podía recoger la primera entrega de la obra “Poesías de don José Zorrilla” en la librería de un caballero de apellido Poppert, que estaba en la calle Mercaderes, a unos metros de la Botica Francesa. La simpatía por Zorrilla fue grande en Lima, en donde sus poesías aparecían publicadas en El Comercio dos veces al mes. Los libros contaban “con lindas tapas en papel de color” al precio de seis reales. Y el francés Carlos Prince Letcher fue considerado como el gran editor del siglo XIX. Estableció en 1870 “La Librería e Imprenta de Carlos Prince” que más tarde, en 1879, se convierte en Casa Editora. En esta imprenta vieron la luz Ña Catita o la Peli-muertada, entre otras obras de Manuel Ascencio Segura y las Tradiciones de don Ricardo Palma.

En los primeros años del siglo pasado, las librerías en Lima estaban mejor organizadas que la misma Biblioteca Nacional; y no por sus catálogos científicos, ni mucho menos, sino, porque poseían fondos variados. No se trataba de vendedores de volúmenes, se trataba de verdaderos amantes de los libros: eran bibliófilos, no comerciantes de papeles escritos e impresos.

Por aquellos años existían en Lima las peñas literarias. Aunque aun estaban abiertas las puertas de Renacimiento situada en el Portal de Escribanos, de propiedad de don Felipe Pró —un español especialista en suscripciones a revistas españolas—; y en la calle Minería la de Granda, de tinte católica; dos eran las más conocidas, eran dos lugares muy cerca uno del otro, lugares donde se llevaban a cabo las infaltables conversaciones del mediodía, conversaciones que reemplazaban a las amenas tertulias en los cafés de Madrid, París o quién sabe hasta de Berlín. Una era la Librería Francesa Científica, y la otra La Aurora Literaria. La Aurora Literaria, que el nombre ya es encantador, estaba ubicada en la calle Baquíjano, casi frente al edificio del diario La Prensa y a unos pasos del antiguo Teatro Excélsior. La librería era de propiedad de un catalán, Juan Boix, que se la traspasó a otros españoles de apellidos Lorenzo y Rego. Para el que buscaba lo hispano, allí se podía consultar incluso las pesadas ediciones de la Espasa-Calpe.

Fue por los años 1922 o 1923 que Angela Ramos, llamada Sor Presa, y Vallejo se hicieron amigos en La Aurora Literaria. Vallejo era su amigo pero no su confidente. Podía ser camarada, pero no íntimo. “Mis recuerdos de Vallejo —menciona Angela— se perdían allá, en los días de mis días”. Una tarde la encontró llorando. Lloraba cosas de amor y él lo sabía:
“- ¡No me mires que estoy llorando y me pongo muy fea!, le dijo Angela.
Y Vallejo, al hilo, y con inolvidable ternura, respondió:
– Nunca es tan bella una mujer como cuando ha llorado.”

“Si las estanterías domésticas la dejaban insatisfecha, no dudaba [María Wiesse] en visitar la Librería Francesa Científica”. En la Librería Francesa Científica de madame Mercedes Rateri viuda de Rosay —por cuyas venas en vez de sangre “corría tinta”— se podía encontrar el último libro de París casi al mismo tiempo de aparecer la edición. Era un diario entrar y salir de profesores, escritores y alumnos universitarios. “Parecía un mentidero, una academia y un club”. Estaba ubicada en el mismo jirón de la Unión frente a la iglesia de La Merced. No era extraño ver allí en las mañanas a don Manuel González Prada buscando algún libro entre sus oscuras estanterías de añosa madera. Lo mismo hacía Alfredo, su hijo buen mozo. Y por las tardes se podía ver allí a los historiadores Carlos Wiesse o a Horacio Urteaga, y de vez en cuando al matemático Enrique Guzmán y Valle.

Cuando falleció madame Rosay se hicieron cargo del negocio dos de sus cuatro hijos: Fernando y Emilio. Valdelomar no iba tan frecuentemente, pero sí Vallejo y Mariátegui. Unos preferían las revistas, mientras que otros buscaban los libros en inglés; y otros tanto, pues, no tenían paciencia para devorar pesados volúmenes de más de trescientas páginas. Habían días en que acudía don Antonio Miró Quesada de la Guerra, al que le gustaba pasarse largo rato revisando los libros de los anaqueles. Luis Alberto Sánchez, un día de curiosidad, le pregunta a Fernando —una vez que se retiró don Antonio— qué libro había comprado: “¡Ah!”, le respondió, “don Antonio ha comprado Los caballeros las prefieren rubias de Anita Loos.”

Lima contaba con el Bazar Pathé, que pasó de manos de un francés, Henri Santex, a las “de un criollo, letrado y abogado” llamado Hernán C. Bellido. Bellido era amigo de Valdelomar y de todo su grupo de amigos con los que se juntaba cada tarde en el Palais Concert, y con ellos participó en el libro Las Voces Múltiples; pese a que, como Bellido menciona, “yo hace cuatro años que sólo estudio códigos”. Pathé era una librería grata y amigable ubicada a unos cuantos pasos del Palais. Vendía obras latinoamericanas; sobre todo, las que eran vanguardia en México y Argentina. Causó gran impacto en la ciudad la vez que importó la novela No todo es vigilia la de los ojos abiertos, escrita por Macedonio Fernández, considerada como una “mala novela” con una prosa caótica y profunda que aquél que la leía terminaba desilusionado.

Los libreros discutían con sus clientes y les abrían amplios créditos, pero muchos negocios quebraron a raíz del crac de la Bolsa de Nueva York; y sumado a ello, la caída del régimen leguiísta. Para esos días, estas librerías estaban saturadas de deudores, los cuales tenían sus cuentas en el Banco del Perú y Londres, el primer banco que quebró.

Habían, claro está, las librería informales pero esa es otra historia…

Fuentes:
– Barranco la ciudad de los molinos/Vallejo y Barranco, M. Gonzalo Bulnes Mallea
– Lima a fines del siglo XIX, Víctor M. Velásquez Montenegro
– Letra y Música de María Wiesse, Ricardo Wiesse
– La Literatura Peruana, Luis Alberto Sánchez
– Historia de la Prensa Peruana 1594-1990, Juan Gargurevich

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