OpiniónPor los Caminos

Entre el novelista y la bala

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A fines de 1991, en Argelia, el Frente Islámico de Salvación ganó con ventaja las elecciones a la Asamblea Nacional. No había que dárselas de Hayimi para vaticinar que aquel partido musulmán ganaría las presidenciales. Ante lo inevitable, el Ejército argelino cancela las elecciones en 1992. Un golpe puro y duro. Por su puesto, como era un grupo musulmán, las grandes voces de occidente le hicieron como si vieran llover. Aquí no pasó nada. Pero había una piedra en el zapato al pensamiento hegemónico europeo. Para ser más exactos: una ‘Piedra de Toque’, como se llama la famosa columna de Mario Vargas Llosa en el poderoso diario El País de España.

Consecuente a sus principios, como una solitaria voz, Vargas Llosa blandió su pluma en rechazo a aquel golpe militar. [Columna ¿Dios o la espada?, Piedra de Toque, El País, 9 de febrero de 1992] Guste o no, el Frente Islámico ganó en buena lid. El voto del pueblo se debía respetar. Así, se supone, es la democracia. Cito algunas líneas que entonces escribió don Mario:  

“(…) Mi amigo Gabriel y yo les recordamos que esta oportunidad la tuvo, precisamente, el pueblo argelino el 26 de diciembre de 1991, en la primera vuelta de los comicios legislativos -los más libres y abiertos que se hayan celebrado jamás en un país árabe- y que su elección fue inequívoca: entre 49 partidos que competían, muchos con programas democráticos, una abrumadora mayoría de votantes escogió al FIS. Y que, al verse burlada por los tanques, la adhesión popular al movimiento integrista islámico se fortalecerá y extenderá bajo la dictadura castrense. ¿Habría, pues, que justificar una perpetua dictadura militar en Argelia para librar a los argelinos de la opresión integrista que una mayoría desea?

(…)

Su tesis es que, si los países árabes rechazan, en elecciones libres, la democracia representativa por regímenes integristas islámicos, esa decisión debe ser respetada. Yo también lo pienso así. Es una decisión lamentable, desde luego, que acarreará terribles sufrimientos a esos pueblos, pero es a éstos a quienes corresponde sacar las consecuencias del caso y corregir el daño, no a las democracias occidentales. (…) Pero no tienen derecho a prohibirle, a pueblo alguno, por primitiva y terrible que parezca su elección a la hora de votar, el régimen político que quiere darse.” (…)

Y siguiendo tales prístinas ideas el escritor marqués (o marqués escritor —aunque ese más bien sería Sade—), campeón de la libertad, guardián de la democracia, paladín del voto libre, némesis de los golpes de Estado militares, ha condenado cuanto golpe del que ha tenido conocimiento. Es más, hace poco hizo lo propio cuando se tumbaron al expresidente Martín Vizcarra. “Yo creo que la Constitución peruana es muy clara, un presidente puede ser acusado, pero solamente puede ser investigado al término de su mandato y clarísimamente el flamante Congreso ha violado la Constitución con esta medida”, dijo en una entrevista con el hogaño diario keikista El Comercio.

Sin embargo, la segunda semana de abril sorprendió a vargasllosistas y antivargasllosistas con las declaraciones del laureado escritor. No solo llamaba a votar por Keiko Fujimori —su otrora archienemiga—, sino que alertaba que un triunfo de Pedro Castillo podría acabar en un golpe militar de derechas. “Si Castillo gana la segunda vuelta y establece el modelo cubano, no se puede descartar un golpe militar de derecha. Eso nos hundiría otra vez en una dictadura militar que sabrá Ud. cuantos años duraría y devendría en un empobrecimiento del país”, dijo. A buen entendedor…

Con el correr de la vida, es normal que uno vaya cambiando sus enfoques y opiniones. Don Mario lo ha hecho varias veces. Pero, la verdad sea dicha, hay que reconocer que bien ganados tiene sus galones como defensor de los valores democráticos: uno de ellos —quizás el principal— el voto popular. Por ello, resulta por demás decepcionante que aquel que defendió el voto, incluso cuando no le gustó, ahora sugiera un golpe militar… en su propio país. Porque, entiendo, este sigue siendo su país; y nos orgullece que así sea.

Hace algunos años entrevisté al pintor Fernando de Szyszlo en su casa. Amigo personal de Vargas Llosa. Me dijo que el problema con Mario en la política era que él tenía un concepto de la verdad tan “acrisolado” (esa misma palabra usó; la recuerdo bien porque me gusta mucho), que le impedía ser un buen político. Porque en el inexacto arte de la política hay que saber jugar en los límites entre la verdad y la mentira. Pues bien, todo indica que al insigne escritor se le salió de algún rincón del alma el concepto verdadero de democracia que tiene: una que existe solo entre sus iguales. Según parece.

En este punto quiero citar lo que le dice el Guasón (el del recordado y querido Heath Ledger) a Batman en El caballero de la noche: “Su moral, su código, es un mal chiste. Te olvidarán a la primera señal de problemas. Solo son tan buenos como el mundo se los permite. Te lo aseguro, cuando haya dificultades, todas estas personas civilizadas se comerán a sí mismas”.

No se equivocaba el Joker. La ética, como en la canción de Jarabe de Palo, depende… todo depende. Así pues, don Mario, de según cómo se mire la ética de la democracia, todo depende. Solo son tan buenos como el mundo se los permite. Una bondad que se ejerce entre las fronteras marcadas por ellos mismos. Aquello que está más allá, no es democracia. Puedes votar por A o por B, nunca por C.

Y por estos cantones rojiblancos, desde luego, hizo eco de lo mismo Pablo Cateriano. La sombra de Vargas Llosa. O, mejor dicho, la sombra de su sombra. A propósito, uno de los más hermosos versos que recuerdo dice así:   Amo la rabia de perderte / Tu ausencia en el caballo de los días / Tu sombra y la idea de tu sombra (…). De César Moro, dedicado a su amado Antonio. Moro, quien, justamente, ya de que él hablamos, fue profesor de Vargas Llosa en el Colegio Militar. Pero dejemos la poesía, y regresemos a temas más simplones… de Cateriano, creo que era el asunto. Y decía, entonces, que a pesar de que ha desbarrado acá nuestro único premio Nobel, mi admiración al escritor sigue en pie. De Cateriano, no hay tanto que decir —y no necesitamos “luz verde” para escribirlo— está a años luz de distancia de la nombradía vargasllosiana. Este señor, Cateriano digo, me hace recordar cuando las madres resondran a sus hijos porque hicieron alguna travesura que todo el grupo hizo. “O sea que si fulanito se tira de un puente tú también lo haces”, les gritan. Bueno, si Mario lo hace, Cateriano lo hace. No hay más que decir de este señor.

Respecto a Vargas Llosa, la verdad, repito, sí me incomoda un poco. Muchas veces he estado en contra de sus matices políticos, pero esto ya cruza la línea. Sugerir que se levanten los cuarteles cruza todo límite para alguien que ha dedicado su vida a defender la “democracia” (concepto, que, en mi opinión, sigue siendo un cuento… que más vale como horizonte utópico).

Nos vamos quedando huérfanos de verdaderos demócratas.

Por: Eduardo Abusada Franco

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