Por los Caminos

EL QUECHUA ES RESISTENCIA

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Todos vimos o escuchamos, hace unas semanas, como el primer ministro empezó su intervención en el Congreso en quechua para solicitar el voto de confianza. Si lo hubieran dejado terminar, sin toda la polémica que se armó luego y durante, con las protestas de varios parlamentarios, quizás el hecho no habría tenido el potente simbolismo que desencadenó.

Cuando empezó a esta campaña, si bien no había logrado avistar a Pedro Castillo, vi que algo, aunque leve, se estaba moviendo desde los cimientos del ande. Es más, desde antes de que gane Castillo, tenía claro que se lo iban a tumbar, sumado a sus debilidades propias. De hecho, está durando más de lo que pensé. Y algunos familiares me decían que alentaba la división, pero no querían ver lo real o, creo yo, simplemente ignora lo real. Y es lo que subyace en este país desde hace siglos: la temida guerra de castas: el blanco/criollo contra el indio/campesino/cholo; Lima y parte de la costa norte, contra el ande y el sur. Ojalá algún día se supere ese miedo y esa división, y realmente nos integramos con tolerancia, respeto y hasta amor; pero prefiero los diagnósticos reales, y, por lo pronto, sigue la guerra de castas, al menos su impronta.

Hacia 1742 el mítico Juan Santos Atahualpa se levantó en la selva central. Decenas de expediciones fueron a exterminarlo, y derrotó a todas. El temor de que cargue sobre Lima revolvía el sueño de los virreyes. Por 1756, el escurridizo líder, aún invicto, simplemente se esfumó. El mito dice que se elevó a las cielos en cuerpo y alma envuelto en humo blanco. En 1750 la conspiración de los indios olleros de Huarochirí, a puertas de la ciudad, remeció el orden colonial. ¡Una rebelión prácticamente dentro de las murallas de Lima! Luego vendría la Gran Rebelión de 1780 con Túpac Amaru II, encendiendo todo el sur andino. Estas son de las más resaltantes, pero hubo muchísimas rebeliones indígenas que cuestionaron la bota española y criolla.

Ya no bastaba solo ejecutar a los rebeldes —llamados siempre “subersivos”— y colgarlos en las puertas de entradas a Lima, sino dominar culturalmente. Las representaciones en ceremonias públicas sobre el Tahuantinsuyo eran frecuentes. Pero, entendió la aristocracia española, que lo andino, la nostalgia al pasado incaico, era peligrosa para el statu quo: la memoria —y la Historia— es levantisca. Así también lo comprendió el virrey Manso de Velasco, Conde de Superunda, quien hacia mediados de ese siglo XVIII escribió: “No me parece conveniente que en las públicas solemnidades de proclamación y nacimiento de Príncipes se distingan los indios en gremio separado, sino que entren en aquel á que estubiesen agregados por los oficios que ejercitan, y muchos menos que se les permita la representación de la serie de sus antiguos Reyes con sus propios trajes y comitiva: memoria que en medio del regocijo los entristece, y pompa que les excita el deseo de dominar y dolor de ver el centro en otras manos que las de su nación”.

Había pues que someter esa cultura para someter la voluntad andina. En el clima de las estrenadas Reformas Borbónicas se ejecutaron algunas medias de “control social”. En tal sentido, hubo quien incluso llegó a prohibir el quechua, justo como lo planteó el importante funcionario español Alonso Carrió de la Vandera, con el pseudónimo de ‘Concoloncorvo’. Pero la administración colonial nunca se atrevió a tanto. Más de 270 años después, hay voces que proponen cosas similares. Pero el quechua es resistencia. La guerra de castas, por otras formas, sigue vigente.

Por: Eduardo Abusada Franco

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SACCO Y VANZETTI. A CASI 100 AÑOS.

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