Opinión

DE IDA Y DE VUELTA

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Por: Aníbal QuirogaLeón
Profesor Principal-Pontificia Universidad Católica del Perú

El viaje del presidente de la república Martín Vizcarra ha concitado un coro de críticas tan fuerte en lo mediático y en las redes sociales, que ha terminado asustando al propio mandatario —y a su estado mayor de asesores de prensa y políticos (de quienes se conoce muy poco)—, que le han obligado a contradecirse. Por un lado, Vizcarra y su entorno han justificado el viaje de Estado a España y Portugal, recalcando su omnipresencia en el manejo de la crisis climatológica en el país y, por el otro, le han hecho regresar a trompicones en vuelo directo de Madrid a Piura con una pequeña escala en Lima. Ello ha demostrado vulnerabilidad ante el susto y el cargamontón.

La Constitución pone en manos del presidente la exclusiva conducción y manejo de las relaciones internacionales. Solo a él. Por lo tanto, en el exterior el único que puede representar y simbolizar al Estado peruano en el exterior es el presidente de la República. Eso no lo puede delegar ni encargar.

Por otro lado, en una estructura estatal eficiente y democrática hay jerarquías y niveles de decisiones y ejecuciones que no requieren (más bien es un mal inveterado y un ejercicio de personalismo pernicioso) que la figura del Jefe de Estado esté presente en cada inauguración, en cada puente y en cada acequia inundada. Para eso existen niveles de ejecución y funcionarios estatales del Ejecutivo previstos y pagados para tal fin (los ministros y sus vastos funcionarios muy bien remunerados).

Es materialmente imposible que el presidente esté en la reconstrucción, en cada evento, en la crisis y cada vez que reviente un cohete; y que además gobierne la nación al mismo tiempo, con toda su complejidad. ¿Para qué tiene subordinados bien pagados entonces?

El viaje de Estado a la Península Ibérica estuvo bien estructurado y ejecutado. El Perú debe tener también trascendencia internacional y no quedar arrinconado en la margen occidental del subcontinente americano.
Por eso mismo Martín Vizcarra debió apechugar y enfrentar con estatura de estadista la decisión y llevarla hasta el final, y no asustarse por una grita tan barata como incontestable. Pero al volver a trompicones tan abruptamente, no sólo contradice su versión inicial de omnipresencia, sino que termina dando la razón a tanto ayayero reclamón. Ni chicha ni limonada. Es que a Vizcarra —y a sus asesores— no les preocupa ni la historia ni la paga, les aterra las encuestas de fin de mes.

COMENTARIO: “Jesuitas en tiempos de violencia (1980 – 1992)” del P Emilio Martínez, SJ.

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