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Una mancha de grasa

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No te queda otra opción que hacer prevalecer tu ley, la ley del más fuerte. Ahí donde nadie sabe lo que vives, donde nadie sabe “lo que es la vida”, ahí donde todas las pesadillas y los sueños son los mejores amigos. ¿Escuela? ¿El otro? ¿Tener educación para ser un hombre o mujer libres? ¿Qué es eso? ¿Con qué se come? Vayan con ese cuento al otro lado, porque desde aquí no hay más vida que la imposibilidad; y si hay una posibilidad, esta solamente existe cuando mis puños, al mismo tiempo que sirven para hacerme respetar —o salvar a los míos—, son útiles para cargar un saco de polvo y llevar un pan grasiento a mi casa. Y déjame correr, porque hasta para correr, los niños de mi barriada debemos tener más energía que todos los niños que viven en Disney. Porque nos persigue el colapso y peleamos por encontrar un lugar donde ser nombrados.

Podemos resumir así buena parte de la historia que nos trae Una mancha de grasa (1985), una película del director costarricense Víctor Vega. Rogelio (Lito) es un niño sumido en condiciones de miseria, con una familia que alza el brazo solamente para comer y vender empanadas, con las miradas al piso, rogando que el suelo no se agriete más. Su madre cree mucho en él, quiere que estudie. Se revienta los sesos y se parte la columna para mantener a su familia. Duermen tres en una cama, los tres sueñan lo mismo. El papá de Lito parece que renunció a todo, es el ‘Otro, la sociedad punitiva’ que está ahí para recordarnos que tú no eres para esto, que jamás seremos otra cosa. Pero ¿cómo condenar al vanidoso y sádico padre? La vida real no es una hazaña, no siempre es una épica de buenos contra malos. Cuando eres parte de la grasa de las capitales, no eres ni bueno ni malo, simplemente no eres.  Lito, su madre y su hermano viven en una covacha, comparten una mesa que sirve para amasar empanadas, para hacer las tareas y manchar el cuaderno con grasa, la misma mesa sobre la que su madre sepulta su cabeza cuando llega al fin de la agotadora jornada.

La película ha sido utilizada por diferentes generaciones de educadores para problematizar el lugar que cumple la educación en nuestras sociedades, a través de la figura del maestro. La vida de Lito es el encuentro y desencuentro en una sociedad desigual, que se construye sobre cimientos movedizos, y que tiene en la Escuela un espacio de integración espeluznante.  Se toma como referencia a Lito, niño trabajador, que después de su faena siempre sale corriendo en dirección a su escuela. En el mundo de los “condenados de la tierra” (Fanon), no hay tiempo libre ni millas disponibles para dibujar castillos en el aire. En el aula le espera su profesora Elena, gallarda exponente del sistema educativo elitista de nuestros países. Ella lleva sus moldes pedagógicos a cualquier lugar, porque para Elena la educación es la misma y el método también. Para Elena, Lito es un problema, no una posibilidad pedagógica. El niño, lejos de encontrar un espacio que lo acoja, encuentra en su aula, y en su maestra, la misma castración de la que escapa en su casa y en su barrio. En su casa no debe estudiar porque no hay futuro; en su barrio, sus amigos le espetan la consigna de que no hay futuro; en el colegio, su profesora lo remata: nunca haces nada bueno, no tienes futuro. ¿De qué futuro nos puede hablar la educación?

Pero estamos en los años ochenta en Latinoamérica, y los profesores todavía cuentan con un contexto que les permite poner en cuestión sus taras. Se vive el auge de las pedagogías críticas. Centroamérica es el epicentro de las guerrillas de liberación, el espíritu sandinista estaba rodeando los montes; el Monseñor Romero se batía a cuerpo y hostia en su iglesia: la teología de la liberación no llenaba cafés de la clase media, sino capillas, mercados y colegios. Había, pues, un escenario para la reserva crítica y la posibilidad de la transformación social y personal. Lito decide abandonar la escuela e ingresa, ahora sí, con todos los méritos, a la universidad de la vida. Se entrega a las fauces de los suyos, vuelve a la calle, la vida no vale nada. Pero al mismo tiempo, mientras Lito desguaza a sus compinches en una pelea, la profesora es asaltada por una serie de contingencias que le permiten vivenciar una realidad que no conocía, o que veía siempre desde la ventana de su auto. De la mano del Padre Vicente, que parece estar tomado por el espíritu de Paulo Freire, Elena entra al umbral de la transformación, porque se acerca a la miseria, conoce la casa de Lito, se introduce a la nada. Lito, a un lado, en el baile de los que sobran; ella, al otro lado, tenía que dejar su fiesta minué.

Así, Vicente, Elena y Lito construyen la ‘Pedagogía del oprimido’, y reconocen que educar no es un ejercicio bancario y mecánico; sino, en los contextos populares, educar es generar las condiciones para que el estudiante sienta que tiene dignidad, que tiene algo que decir; y que quienes acompañen este proceso, sepan muy bien que para que la dignidad se mantenga viva, hay que remar juntos para cambiar cosas mayores. Este es el giro que define la trama, y que hace que el espectador, lejos de los discursos de autoayuda, se vea forzado a reflexionar no solo en la finalidad de la educación escolar, sino en ver si hay lugar para todos esos jóvenes… tanto en el sistema educativo, como en la vida misma.

Victor Vega —el director del cortometraje— se caracterizó por una producción audiovisual que podría llamarse realista y comprometida. Quiso reflejar la historia de los de abajo, de aquellos que, como Lito, sus amigos, los profesores y los curas, tratan de hacer una vida digna en un desmonte de desgracias. Vega es consciente de la realidad latinoamericana. En los ochenta se empieza a instalar la promesa de la educación como camino redentor; pero el director centroamericano juega con esta promesa falaz y le da vuelta: muestra que una educación, a secas, puede ser el arma para roer aún más la esperanza de los de abajo, pero a la vez, bien encausada, puesta al servicio de los subalternos, puede ser un canal para la transformación de nuestras sociedades. La educación, pues, puede ser una vía de escape en la medida que se sostenga en una realidad que demanda un piso mínimo de igualdad; de lo contrario, es solo una mancha de grasa que se consume los cuadernos.

Una mancha de grasa es una historia que vale la pena volver a ver, porque ante la hecatombe que nos está dejando la pandemia, parece que estamos descubriendo que nuestro continente se había precarizado más de lo que muchos imaginaron. La ideología del emprendedor había desplazado los cuadros reales de miseria y marginalidad. Los pronósticos para los próximos cinco años nos hablan de ingentes porciones de la población que saldrán del sueño ilusorio de la clase media y caerán en la pesadilla de la pobreza. Lito nos habla de una realidad palpable hace cuarenta años. La COVID-19 nos habla de una realidad que está afuera de nuestra casa, que corre detrás de nosotros y nos toca la puerta para ofrecernos sus empanadas. La historia no siempre es un eterno retorno, pero siempre es una manera de contarnos de qué estamos hechos.

Por: Elvis Mori Macedo

Ver Una mancha de grasa acá: https://www.youtube.com/watch?v=I3t9vTMaRQE

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