Cultura

Te lo juro por la Sarita, batería.

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Escrito por Alejandro de la Fuente Cornejo

Publicado por primera vez en revista Velaverde edición 54 (Marzo 2014)

Sarita Colonia vive, no ha muerto. Vive en cada flor que los fieles llevan a su tumba – al menos donde se cree que está enterrada -, en cada pétalo. Sarita no ha muerto. Vive en cada gota de cerveza    que la gente toma en honor a ella, en la espuma del concho que arrojan al suelo y que se va evaporando en el concreto del Baquíjano. Sarita no ha muerto. Vive en la piel de muchos de sus devotos, vive trasformada en la tinta que traza su figura convertida en tatuaje en pieles surcadas por navajas. Vive en los tableros de los taxis junto al perrito que bambolea, incesante, la cabeza. Vive, te lo juro, batería, en los altares de las peluquerías de los travestis. Vive, “bróder”, vive.

Es sábado 1.° de marzo. Para muchos limeños un día más en el calendario, pero para otros –no pocos–, presentes en el cementerio Baquíjano, no lo es. Más de un millar de personas (y eso que hemos llegado tarde) se han volcado para conmemorar un cumpleaños más de Sara Colonia Zambrano, uno muy especial: el número 100. Por eso han llegado desde temprano, quieren ser los primeros en darle el saludo a la Sarita. Se lo merece. Durante todo el año ella ha escuchado sus peticiones, y todos juran que se les han cumplido aunque sea una vez. La Sarita tiene oídos, escucha todo y da lo necesario. Lo justo, pe’, varón.

Y es que los poderes mágico – celestiales de la Sarita son uno de los enigmas más raros que se conocen. Nadie sabe a ciencia cierta cómo empezó esta cadena. Unos le agradecen por salvarlos de la desolación, otros por curarlos de una enfermedad terminal. Algunos, simplemente, por protegerlos del peligro. Eso, justamente, fue lo que me contó Nora, una señora de 56 años que desde hace 50 vende flores en la puerta del cementerio.

“Antes, cuando no existía ni siquiera el estadio (Miguel Grau), que están al frente, todo era una pampa desierta; los ladrones hacían de esta zona su festín. En la noche, los pocos postes que alumbraban la avenida Colonial ni funcionaban bien, había que andar encomendado”, recuerda y hace una pausa para explicarme el “milagrito” que le hizo la Sarita: “Una tarde cuando ya habían cerrado las rejas del cementerio, se desató una balacera entre policías y ladrones. Solo estábamos mi madre, sus dos hermanas y yo. No había nadie en varios metros y venían hacia nosotras. No tenías escapatoria. Mi madre me cogió del brazo y me puso detrás de ella. Cuando llegaron los rateros uno la cogió a la volada y le apuntó con el arma para ahuyentar a los policías. Los demás ladrones siguieron corriendo. Fue entonces que yo me encomendé a la Sarita y apareció el viejito que cuidaba el cementerio y abrió la reja para que pasemos. La Sarita es grande. El ladrón se puso nervioso y apretó el gatillo en un intento de escape de mi madre, pero no se oyó disparo alguno; así fue dos o tres veces, hasta que los policías lo tiraron al piso. Luego, cuando le quitaron el arma, estaba cargadita. La Sarita intercedió”.

UNA VIDA POR LOS POBRES

Sara Colonia Zambrano, Sarita para los amigos, nació el domingo 1.° de marzo de 1914 a 408 kilómetros de Lima, en la ciudad de Huaraz. Dicen que no hubo nada extraño al momento que su madre dio a luz. Fue un parto natural, como el de cualquier otra persona. No hubo indicios de algo extrasensorial, ni siquiera las ovejas que pasteaban en los alrededores se alborotaron. Esa fecha pasó inadvertida durante mucho tiempo para toda la población. Hasta que…

Fueon diezaños los que Sarita vivió en el campo rodeada de sus padres, Amadeo Colonia y Rosalía Zambrano, y de sus dos pequeños hermanos, Esther e Hipólito. Con ellos se las pasaba corriendo y jugando por las praderas ancashinas. De pronto, su madre enfermó,  Sarita tuvo que velar por ella y hacerse cargo de algunas labores que ya no podía hacer. Fue, tal vez, en ese momento que germinó en la joven aquella “pasión” por la cocina que años más tarde me contaría Rosa Colonia, una de las hermanas menores de Sarita.

Ya en Lima, los Colonia Zambrano se instalaron en Barrios Altos. Allí la pobreza y la marginación social era pan de cada día (a veces el único pan). Su padre –un carpintero– se las ingeniaba para mantener una casa con tres hijos y una esposa aquejada por los males respiratorios. Sarita, entonces, empezó a demostrar la grandeza de su generosidad. Era cotidiano tener al día cinco únicos platos de comida: uno para cada uno de los miembros de la familia. Sin embargo, sus vecinos eran igual o más pobres y pronto Sarita empezó a dosificar s parte y repartirla entre los que no tenían nada que llevarse a la boca.

Así, Sarita se hizo bastante querida por todos. Luego su madre empeoró, y el regreso a Huaraz se hizo inevitable. Allí falleció Rosalía. Su deseo antes de morir fue que sus restos reposaran en su tierra natal. Con el designio cumplido, regresaron a Lima y se instalaron en el Callao, sin presagiar que ese lugar sería la cuna de un legado que hasta hoy perdura generación tras generación.

En el puerto, Amadeo Colonia se enamoróy tuvo cuatro hijos más, entre ellos Rosa, que ahora, conversando, aún puede mencionarme con cierta lucidez algunas anécdotas de su media hermana. “Cuando yo era pequeña, ella trabajaba como empleada doméstica en la casa de unos italianos, muy cerca de acá en el Callao. Cada vez que la veía me encantaba jugar con su cabello; era largo y lacio, precioso”.

“EL MILAGRO PORNO”

Es en esos vaivenes porteños que Sarita es perseguida por un grupo de malhechores angurrientos por alguna moneda. La callejuela por la que caminaba Sarita era angosta y oscura. La noche cerrada no dejaba pasar la luz de la luna de un puerto sempiternamente nublado. No hubo tiempo para huir. Los ladrones la bolsiquearon y la tiraron al piso, pero no le encontraron ni un cobre. La inexistencia de algo de valor en ella los ofuscó, pero no tanto como lo que vino luego. La leyenda cuenta que, al no poseer algo que pudiera beneficiarlos, decidieron abusar sexualmente de ella. La callejuela era inhóspita. Los perros no ladraban. El silencio se convirtió en cómplice. Cuando lograron despojarla de sus ropas, la sorpresa fue tan grande que no pudieron emitir sonido alguno. Con el grito de horror atragantado, huyeron para no regresar más. Su vagina había desaparecido. “El sexo había desaparecido, aquello que llevaba entre las piernas era algo similar a un codo”, escribió sobre aquel episodio, muchísimos años después, el cronista Fernando Ampuero en su libro Gato encerrado. Sarita, sorprendida y algo asustada, llegó a su casa. Luego de unos minutos, al salir por la puerta de baño, todo había regresado a su sitio.

DEVOCIÓN DESBORDADA

De la muerte de Sarita Colonia, se han tejido mil versiones. Algunos sostienen que el episodio de la violación tuvo otro final y, viéndose acorralada por los hombres, se arrojó a la Mar Brava y murió ahogada. Otros cuentan que murió por una sobredosis de aceite de ricino, que era usado como purgante, pues siempre fue enfermiza. Con el correr de los años y los milagros seguramente surgirán muchas hipótesis, pero lo cierto es que en los registros públicos del Callao figura que se trató de paludismo.

Sea como sea Sarita Colonia falleció a los 26 años un 20 de diciembre de 1940, y fue arrojada a una fosa común en los terrenos colindantes del Baquíjano. Muy cerca, en tierra firme, se clavó una cruz de madera que la conmemoraría largos años, hasta construir el santuario de dos pisos que alberga su recuerdo hasta el día de hoy.

El recuerdo latente de la Sarita ya ha traspasado cualquier barrera. Ya no solo es santa en clases populares: se ha vuelto un símbolo de las nuevas generaciones, incluso un ícono pop. Podemos verla en el polo de algún transeúnte o dibujada en alguna pared. Podemos verla emprender viajes rutinarios, siempre pegada en la ventana  de un bus. O en el afiche artístico de una galería.

A pesar de no ser reconocida por el Vaticano ni por la parroquia del barrio, Sarita ya es la Sarita del pueblo. La ha canonizado la gente: el clamor popular; la señora que reparte chicha gratuitamente en honor a ella; Juana, la señora que me regaló un llavero dela Sarita; el “Colorao”, que vive vendiendo estampitas y poniendo agua a sus flores.  También la ha entronizado el joven que recoge las ceras de las millones de velas que se hanconsumido en su nombre, y los miles de visitantes que vienen hoy a rendirle culto y, sobre todo, a agradecer por los milagros concedidos, como los cientos de placas que atiborran su mausoleo.  Son ellos quienes la han hecho santa, y bien sabemos que la voz del pueblo es la voz de Dios. Amén.

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