Opinión

Retrato de días agitados

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Por: Umberto Jara

Algunos políticos peruanos han leído El príncipe de Maquiavelo y no lo han entendido. Los fujimoristas son más singulares: no leen; y si leen, no entienden. Si Keiko Fujimori y su pandilla se hubiesen tomado el afán de pedirle a alguien que les explique alguna de sus páginas, habrían hallado una lección esencial: cuando generas el odio de los ciudadanos, generas la pérdida del poder que te entregaron. Jamás supieron de esa enseñanza y en apenas tres años devolvieron a prisión a Alberto Fujimori, su lideresa también ingresó a encierro en medio de la algarabía ciudadana y el Congreso, que dominaban por apabullante mayoría, está disuelto mientras las gentes celebran con justa razón.

El registro que deja el fujimorismo parlamentario es de oprobio: blindaban delincuentes, generaban comisiones “investigadoras” para liberar culpables, fungían de lobistas encubiertos, se auto-otorgaban privilegios que el servicio público no concede y lo hacían, además, con prepotencia, vulgaridad e ignorancia.

Hemos soportado (y pagado sueldos) a personajes que normalmente habitan en los albañales de la sociedad: ¿de qué casting inverosímil surgieron Héctor Becerril, Rosa Bartra, Yesenia Ponce, Karina Beteta, Bienvenido Ramírez, Esther Saavedra o Moisés Mamani? Despojados de poder y de honra, algunos, como Pedro Olaechea acaso nublado por la abundancia de sus cejas, todavía insisten en exhibir sus miserias. Eso anuncia que no los cubrirá el silencio. No en vano tienen una lideresa ajena a las ideas pero colmada de rencores.

Para algunos la disolución del Congreso parece ser el anuncio de un nuevo país. A no engañarse. Ha caído un bastión de la miseria moral, pero la política peruana tiene un severo problema: es un circo de varias pistas con personajes siempre dispuestos a dar función. Una muestra es el unipersonal que estuvo a cargo de la Sra. Mercedes Rosalba Aráoz Fernández, desesperada por no abandonar las luces que la encandilan decidió ofrecer al país un espectáculo fatal: el suicidio político ante las cámaras de televisión. Con el tiempo, alguna estadística recogerá que en la turbulenta política peruana, en apenas un año, ocurrieron dos suicidios. No fue casual que ambos fuesen tan amigos.

Aráoz arribó a ese destino por su notoria afición a la frivolidad política (no es la única). Se entregó a un absurdo juego de apariencias y quedó convertida en un holograma como justo castigo por el indignante cambio de titulares que propició con su liviandad: la prensa internacional en lugar de divulgar la disolución del Congreso, difundió la noticia de un ridículo país que tenía dos presidentes. La Sra. Aráoz nos vistió de vulgar paisillo. Luego, veleidosa como es, dijo que ya no jugaba y se marchó a casa. A ella no la envuelve el odio sino la burla, esa otra desventura para el político: que nadie lo tome en serio.

En el denso tráfico de las redes sociales, existe otro personaje, un hombre temeroso al que están vistiendo de héroe temporal: Martín Vizcarra. Oficialmente tiene el cargo de Presidente de la República pero, él, aun no lo sabe a ciencia cierta. Su secretaria y cinco amigos moqueguanos tratan de ayudarlo a descifrar en qué consiste tal función. Para disimular su incompetencia, Vizcarra recurrió al juego efectista de pelearse con quien odiaba todo el mundo. Es una estrategia muy usada en la farándula para ganarse efímera simpatía. En política es un juego peligroso, más aún si el rival tiene la esencia irracional del fujimorismo. Cuando le cerraron las puertas a su primer ministro y a todo su gabinete para evitar el pedido de Cuestión de Confianza, condujeron al timorato Vizcarra a una situación límite: o disolvía el Congreso o el fujimorismo lo despojaba de toda autoridad. No es, entonces, el héroe que algunos desean dibujar.

Ahora, está obligado a una tarea que nunca quiso asumir: gobernar. Es el único caso de un Presidente de la República que ha olvidado que la economía de un país es la tarea esencial. Hasta el momento es un tema que no le interesa, del que nunca habla y sobre el cual no existe una, una sola medida coherente. Mientras tanto, el país, por vez primera en muchos años, crecerá, con suerte, un minúsculo 1.5% y eso significa que los desempleados ya suman cuatrocientas veinte mil personas.

La rencilla no es buena consejera, genera pasiones y resta serenidad. El rencor al fujimorismo y la alegría por su necesario destierro, está haciendo olvidar lo central: el país está en crisis. La economía está estancada. Lo urgente es trabajar. Pero en Palacio de Gobierno hay un hombre gris y pusilánime. No olvidemos que hace muy poco anunció que deseaba irse a casa y, ahora, el destino lo está obligando a una tarea que no le agrada: gobernar. Digamos en tono de humor que hay otra señal de peligro: Mario Vargas Llosa le ha dado su respaldo y ya sabemos que el inmenso escritor es fatídico cuando asume de garante político.

Entonces, volvamos a la realidad, cesemos el ambiente festivo y pongamos el foco en solucionar los problemas.

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