La Contraria

“Q”, el culto a Donald Trump

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“Q-Anon” –o simplemente “Q”– asegura que el presidente de Estados Unidos habría sido elegido por una élite del ejército de su país para barrer con el “Cabal”, la élite satánica que gobierna Estados Unidos desde las sombras. En esa batalla silenciosa y solitaria se encontraría el republicano desde su elección, hace ya casi cuatro años, ¡y nosotros ni enterados!

Durante el pasado mes de junio –siempre según “Q”–, Trump habría liberado a 35 mil niños de túneles subterráneos bajo el famoso Central Park, en pleno corazón de Nueva York. Los prisioneros eran usados en sacrificios rituales, abuso sexual y experimentación biológica. 

Además de “informar” sobre este y otros crípticos incidentes (Reuters buscó evidencias de los miles de infantes abusados y no encontró ni una sandalia), “Q” también ha interpretado los cuatro años de gobierno republicano para sus seguidores, siempre cuidándose de representar las políticas y declaraciones públicas de Trump de manera que parezca que el republicano realmente sigue la misión publicitada anónimamente por “Q”.

Cuando Trump parece ir en contra de lo anunciado o profetizado, el informante explica a sus seguidores que el republicano estaría jugando al “ajedrez de 4 dimensiones”, obrando en contra de sus propios planes solo en apariencia, ante las cámaras, para engañar al enemigo. El mensaje es que hay que seguir a Trump de todos modos, haga lo que haga. 

Tampoco es raro que señas manuales y gestos hechos por el presidente de Estados Unidos en sus redundantes ruedas de prensa sean interpretados como mensajes secretos dirigidos a los seguidores del culto de “Q”, lo que los mantiene atentos a las redes, interactuando. Sin embargo, Trump sí ha reconocido abiertamente la existencia del movimiento, llegando incluso a felicitar a sus miembros por su amor al país (y a él mismo, claro).

“Q” apareció en el foro “4chan.org” en 2017. “4chan” es una web de discusión en línea, abierta a la imaginación y fantasías de sus jóvenes usuarios. Desde su aparición y primeros mensajes, en los que hablaba del inminente arresto de Hillary Clinton por diversos crímenes –cosa que jamás sucedió–, el usuario “Q” nunca ha revelado su identidad (de ahí “Anon”, del inglés “anonymous”). Sin embargo, se alega que estaría integrado, o al menos conectado, con elementos del Pentágono estadounidense –los “sombreros blancos”, los “chicos buenos” del ejército–, y que tendría acceso a información militar secreta de grado “Q”, con lo que terminamos de explicar la etimología del acrónimo.

Sin mucha originalidad, este fenómeno de redes sociales ha hecho una suerte de “antología de la conspiración”, aglutinando elementos provenientes de teorías de nuevo y viejo cuño, pero relacionándolas siempre a la figura de Donald Trump, que es elevado a la de figura salvador mesiánico. Hasta las fantasías “New Age” de un súbito despertar espiritual global encuentran cabida en la figura de “Q” y su buena nueva trumpista, que promete la llegada de una era de paz y avances tecnológicos revolucionarios, como la “energía libre”. 

Pero todo eso sucederá después de “drenar el pantano”; mientras tanto, los norteamericanos deben votar una vez más por el candidato republicano y esperar las noticias de arrestos masivos de pedófilos y otros criminales de la élite. Es por eso que las noticias de operaciones policiales contra redes de pedófilos hacen la comidilla de los grupos de chat relacionados a “Q”, que interpretan cada arresto como una confirmación. Dichos grupos existen hoy por todo el mundo. 

De esta constante interacción e interpretación de lo que el presidente norteamericano hace y dice, viven decenas, quizás cientos de “influencers” de todo el mundo, quienes repiten y explican los mensajes de “Q” para distintas “congregaciones” virtuales.  

El supuesto acceso a información militar confidencial ha hecho que los seguidores de “Q” se consideran a sí mismos los depositarios de información “privilegiada”, algo así como los exclusivos confidentes de algún “insider”. Como podemos observar fácilmente, muchas religiones se fundaron sobre mensajes divinos igualmente “exclusivos”, enviados a un grupo excepcional de creyentes a través de un supuesto profeta. 

El matiz religioso de algunas de las teorías de conspiración de “Q” –y de los mensajes que constantemente dirige a sus seguidores en redes sociales– no es de extrañar, pues comparte con ellos un marcado sesgo cristiano y conservador, el que lo relaciona, a su vez, con grupos internacionales de similares inclinaciones. La guerra entre el bien y el mal es representada en todo este tinglado de manera poco sutil, con un líder idealizado combatiendo a satanistas sacrificadores de niños (¿qué podría ser más malvado?). 

Resulta que la élite satánica tendría esa costumbre, la de sacrificar niños en sus misas negras. Pero antes de asesinarlos, los torturan y aterrorizan para que sus glándulas adrenales produzcan adrenocromo, una sustancia proveniente de la oxidación de la adrenalina. La droga así obtenida tendría un efecto parecido al de la mezcalina, pero también un componente mágico y rejuvenecedor. 

La grey de “Q” también es eminentemente patriota, diferenciándose así del carácter globalizado que le atribuyen al maligno cabal, con George Soros a la cabeza.

Aunque Facebook ha dado cuenta de miles de grupos virtuales que, según la red social, reúnen a unos cuantos millones de seguidores de “Q” –e incluso ha eliminado a varios por “fomentar la violencia”–, otras fuentes dudan de la verdadera penetración del fenómeno. Lo cierto es que encuestas como la de Pew Research (16/09/20) señalan que poco menos la mitad de la población estadounidense (47%) habría oído de “Q”, aunque los números vienen creciendo desde marzo, cuando la encuestadora registró que solo el 23% de los americanos había escuchado al respecto.

La conspiración, con matices

En un mundo en el que la confianza en las instituciones tradicionales desaparece a una velocidad de varios megabytes por segundo, la gente recurre a toda clase de fuentes alternativas en busca de respuestas. Así, narrativas situadas hasta hace poco entre la ciencia ficción y el absurdo escapan de la periferia para convertirse en fenómenos de masas. 

Por su parte, la prensa “mainstream” está interesada en asociar internet y las redes sociales –y todo lo que en ellas sucede–, con caos, conspiración y “noticias falsas”, por lo que tiende a exagerar la difusión y efectos nocivos de cuestiones como la referida en el título. Así, los grandes monopolios periodísticos invitan a quienes antes constituían su público a volver a sus honestos noticieros y diarios.   

Es inútil intentar explicar “Q-Anon” echando mano de los dudosos neologismos que esa prensa emplea para pensar en nuestros tiempos, como “posverdad”. Como ya hemos señalado en esta columna, la “posverdad” es una farsa, el lamento de un establishment que ha perdido todo crédito y que ahora sale a asegurar que la verdad misma habría dejado de existir, o importar. 

Los seguidores de cultos y conspiraciones originadas en las redes pertenecen a sociedades rotas, divididas, sumidas en profundos conflictos sociales que tienen a la desigualdad y a la precariedad por protagonistas. No, ellos no son víctimas de algún raro fenómeno psicológico ocasionado por la popularización de Facebook y Twitter, o por la enorme proliferación de mensajes y plataformas, sino de la ramplona corrupción de siempre.  

Los seguidores de “Q” tienen razones para desconfiar de las instituciones que le dan forma a su fragmentada sociedad y buscar sus respuestas en otra parte, pues su Congreso es territorio de lobistas y sus elecciones son compradas cada cuatro años con cientos de millones de dólares en contribuciones privadas; pero esas razones para la desconfianza, lejos de ser atendidas, son sistemáticamente descartadas o minimizadas por un sistema político y una prensa al servicio de una pequeñísima elite económica a la que le va mejor que nunca. 

Así, la prensa corrupta condena o, mejor dicho, desdeña que parte de la población estadounidense –los seguidores de “Q”–, crea en la existencia de una élite pedófila, pero entierra y omite antecedentes reales de tráfico sexual infantil que, en su momento, incluyeron tours de medianoche por la Casa Blanca de George H. W. Bush. Y calla escándalos investigados más recientemente por gigantes como Seymour Hersh, quien reveló el abuso sexual de niños en la cárcel de Abu Ghraib, un asunto horripilante que, nos atrevemos a adivinar, el lector desconoce por completo (infórmese en Salon.com, artículo de 15 de julio de 2004, escrito por Geraldine Sealy). Tampoco se informa del uso de menores en tramas de chantaje que apuntan a figuras en lo más alto del poder, como sugiere el caso de Jeffrey Epstein, y que tienen a servicios de inteligencia detrás. Todo eso es pedofilia “de élite” y es verificable.

El silencio institucional y mediático sobre la podredumbre real, ensancha los abismos sociales estadounidenses, haciéndole creer a un segmento significativo de esa población, liberal y demócrata, que un peligroso grupo de conservadores republicanos –armado hasta los dientes, por cierto– estaría dispuesto a creer cualquier fantasía que algún actor malintencionado vierta en las redes sociales. En ocasiones, sin embargo, existen antecedentes de sobra para echarse a investigar la teoría de conspiración de turno.  

A pesar de lo dicho, (aún) no hemos dado con evidencia de que la élite estadounidense sacrifique niños y consuma su carne en misas negras, como indica “Q-Anon”, el profeta anónimo del culto “interactivo” a Donald Trump. Lo que sí resulta evidente es que la sociedad estadounidense se dirige hacia nuevos y peligrosos estallidos de violencia política, gane o pierda el candidato republicano este 3 de noviembre, en lo que más de un reputado intelectual ha llamado “la elección más importante de la historia”. 

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