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Profecías de Davos

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“Bienvenidos al 2030. Soy dueño de nada, no tengo privacidad y la vida nunca fue mejor”, así se titula un reciente artículo publicado en la web de Davos, como también se conoce al elitista Foro Económico Mundial. Por la prominencia de este oráculo, la sola frase debería traer a la mente imágenes de futuros distópicos, posapocalípticos, como las que abundan en la literatura y el cine contemporáneos.

Después de todo, por ideales o humanitarias que pudieran sonar, las “soluciones” globales de la oligarquía de Davos no tienen ni pizca de democráticas (y esa es la clave a observar). Durante décadas, la élite neoliberal ha impuesto su voluntad sobre el mundo de manera vertical, tal como se maneja todo en la gran corporación. Los organismos internacionales sobre los cuales la oligarquía occidental extiende sus tentáculos no consultan con la plebe ni respetan el mandato de ninguna ciudadanía. Sus representantes más encumbrados –como George Soros o Bill Gates– se mueven por el mundo sin restricciones y son recibidos como grandes dignatarios.

Lo cierto es que muchos de esos superricos consiguieron su fortuna en colaboración con algún poderoso gobierno. La estrategia de expandir la influencia imperial a través de compañías privadas tiene cientos de años, desde la East India Company hasta la United Fruit y, más recientemente, Google y Facebook, que las agencias de inteligencia estadounidenses usan para espiar al mundo y “regular” el discurso público.

De oligarquías –vale la pena anotar–, la prensa corporativa solo conoce la variedad rusa. A los integrantes de la occidental les llama simplemente “multimillonarios”. A principios del siglo veinte pasaba algo parecido: grandes oligarcas estadounidenses como Carnegie, Rockefeller o Mellon, se hacían llamar –por la prensa, claro está– “capitanes de la industria”. La gente les llamaba de otra forma.

El poderoso foro de Davos ya había advertido el pasado 3 de junio, además, sobre el “gran reseteo del capitalismo”, que habrá de implementarse sobre las ruinas de la pandemia. A ello debemos sumar un anuncio casi idéntico del Fondo Monetario Internacional (FMI), emitido solo días después, el 9 de junio, y titulado: “De la gran cuarentena a la gran transformación”. El lenguaje usado en ambos casos incluye conceptos más relacionados con la izquierda socialdemócrata que con la derecha liberal, como “estados de bienestar”, “economía verde” y “redes de protección social”.

Ahora, los integrantes del foro completan el panorama con su visión de un futuro colectivista –“soy dueño de nada” – y carente de privacidad, pero en apariencia feliz y lleno de bienestar, en el que “la vida nunca fue mejor”. A nosotros nos suena a mente-colmena y a la rendición de nuestros derechos elementales, pero ¿a cambio de qué?, ¿con que terrores justificarán, esta vez, el control total?

Antes de analizar más a fondo esta distopía ambientada en el año 2030, recordemos que Davos representa a una élite que se hizo superrica y obscenamente poderosa durante las últimas cuatro décadas de fundamentalismo de mercado, aumento radical de la desigualdad y destrucción impune del medio ambiente.

El “hombre de Davos”

Esta variedad de homo sapiens fue clasificada por el famoso politólogo y académico norteamericano Samuel Huntington, quien lo definió así: “tiene poca necesidad de lealtades nacionales, ve las fronteras como obstáculos que por suerte se están esfumando y los gobiernos nacionales como residuos del pasado, que solo tuvieron utilidad para facilitar las operaciones globales de la élite”.

La publicación se hizo, para colmo, en una revista estadounidense llamada The National Interest (“el interés nacional”). Huntington resaltó el abismo entre ese cosmopolitanismo de élite y el sentir del estadounidense de a pie, marcadamente nacionalista.

El “hombre de Davos” prototípico sería Klaus Schwab, el multimillonario que fundó el foro a principios de la década del 70 para reunir a directores de grandes corporaciones europeas y a la vieja élite aristocrática (el príncipe Carlos de Inglaterra es uno de sus voceros). Con el tiempo, el foro empezó a incluir a toda clase de figuras influyentes de la economía, la política y el espectáculo. El alemán Schwab es el autor del nuevo Manifiesto de Davos “para un mejor capitalismo”.

En él se señala que las compañías privadas deben pagar su cuota justa de impuestos, barrer con cualquier forma de corrupción y defender los derechos humanos. En el Perú, eso significaría el fin de varios dinosaurios sin capacidad para un cambio de tal magnitud.

¿Un capitalismo con conciencia social? Ver para creer. El giro anunciado por Davos, por mucho que vaya a la contra del sentido común neoliberal, tampoco es, en realidad, tan sorprendente. Un libro de 2009, escrito por el economista marxista James Petras y el sociólogo Henry Veltmeyer, contiene esta interesante observación sobre el foro:

“La respuesta de los guardianes del orden global capitalista al ‘predicamento de la desigualdad’… seguramente resultará en una nueva forma de gobernanza global y una economía mixta que combine elementos del socialismo y el capitalismo con un toque más suave de imperialismo”.

Schwab y su pandilla, según los autores, serían capitalistas keynesianos. El trasfondo del gran reseteo, pronosticado por Petras y Veltemeyer hace más de una década, sigue esa línea. Stewart Wallis, otro miembro de Davos, da cuenta de las raíces ideológicas que guiarían este potencial cambio de era:

“Necesitamos un modelo económico diferente… con eso no me refiero a capitalismo versus comunismo. Hablo de un cambio en la línea de los dos grandes cambios del siglo veinte: el keynesianismo, con su enfoque en salud y educación y un gobierno involucrado en los negocios… y luego, la reacción a eso, el neoliberalismo, con su enfoque en libre mercado, libertad individual y quitar de en medio a los gobiernos. Ahora necesitamos un nuevo sistema que nos permita satisfacer las necesidades de cada humano sobre la Tierra… ya no enfocado en el crecimiento, sino en el bienestar…”.

Ciudades amuralladas

Pero el 2030 de Davos también esconde su lado “Mad Max”. Hacia el final del artículo futurista, quien lo redacta confiesa que hay seres humanos viviendo diferentes tipos de vida, “allá afuera”.

“Mi mayor preocupación –dice el relato– es toda esa gente que no vive en nuestra ciudad. Los que perdimos en el camino, los que decidieron que era demasiado… toda esta tecnología. Los que se sintieron obsoletos e inútiles cuando los robots y la IA (inteligencia artificial) tomaron gran parte de nuestro trabajo. Ellos se enemistaron con el sistema político y se pusieron en su contra…”.

Con la pandemia de coronavirus y varios proyectos encaminados a implementar pasaportes “biológicos”, potencialmente obligatorios en un futuro inmediato para quien desee acceder a ciertos espacios geográficos, oportunidades laborales o medios de transporte, no es difícil imaginar ciudades amuralladas, reductos de bienestar a los que las personas podrán acceder a cambio de obediencia, aptas solo para quienes previamente hayan rendido varios de sus derechos fundamentales, como la privacidad o la libertad de expresión.

Todo podría ser fácilmente justificado en la supervivencia de la especie y presentando como la única alternativa.

La vida en los extramuros de esos entornos seguros –ciudades burbuja– sería efectivamente posapocalíptica, una mezcla de los filmes Mad Max y Eliseo. En el último, la élite ya ha abandonado la caótica Tierra para vivir en un idílico satélite artificial, pero regresa a ella de manera cotidiana para administrar sus grandes corporaciones terrestres. La humanidad dejada atrás, su baratísima mano de obra, está contaminada, agonizando a causa de una gran variedad de enfermedades degenerativas y condenada a vivir en un planeta convertido en una enorme y hacinada favela.

Revolución de millonarios

En uno de sus muchos videos sobre el “gran reseteo” y “la cuarta revolución industrial” –proceso cuyos inicios ya estaríamos viviendo–, los chicos de Davos alucinan con humanos integrados con robots y otras cosas que, aparentemente, deberíamos desear. También hablan de energía libre, impresoras tridimensionales y revoluciones en la medicina y el trabajo.

Más allá de sus profecías, lo que Davos tiene claro es la necesidad de contarnos un nuevo cuento: “la historia demuestra –observa cierto miembro del foro–, que un cambio en los valores es provocado por la creación de una nueva historia sobre cómo queremos vivir”.

Pero en los planes de Davos no aparece por ningún lado la palabra democracia. La historia del neoliberalismo da cuenta con lujo de detalles de que las élites no son muy adeptas a las ideas de igualdad que subyacen a un orden democrático. Finalmente, el caos actual es el producto de un orden que también se instaló prometiendo utopías que ahora sabemos imposibles. La pregunta que queda por hacer es: ¿caeremos en su plan B?

Por Daniel Espinosa. Publicado en Hildebrandt en sus trece el 28 de agosto de 2020.

 

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