Opinión

Pablo Aimar o la sencillez del genio

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Por: Gianni P. Rivera

Me gustaría, en esta brevísima entrada, expresar ciertas consideraciones sobre uno de los jugadores con los que más disfrute del fútbol en mi “corta vida”. Lo vi por primera vez en el Valencia en el 2005, cuando estaba en primer grado de primaria y, aunque veía fútbol siempre, aun no reparaba —por obvias razones— en la organización táctica de los equipos ni aspectos de esa índole. Tan solo centraba mi atención en quien percibía que “destacaba” o, con el balón en los pies, “hacía cosas distintas”. Así fue cómo, en un partido que no recuerdo exactamente, empecé a fijarme en el juego de Pablo Aimar, un mediocampista con un control de balón espectacular e inteligentes movimientos por todo el terreno de juego; de pase preciso y milimétrico, este se valía de su excelsa técnica para hacer jugar a sus compañeros y construir situaciones ventajosas de ataque.

Pablo Aimar fue un creador en todo el sentido de la palabra, un gambeteador de lujo, un “10” clásico capaz de, con esa finísima visión de juego que lo caracterizó siempre, desajustar con sus pases profundos a innumerables líneas defensivas de equipos a los cuales enfrentó. No tenía un “físico atlético” ni apelaba a la fuerza para responder a las situaciones que el partido le presentaba. Su comprensión del juego le permitía, sin ser “veloz” —en el sentido convencional—, superar (gambeteando, con una pared, etc) a los contrarios y habilitar constantemente a sus compañeros. Para decirlo con claridad, tenía la virtud de “hacer juego”, inventarse líneas de pase o espacios imposibles para el remate a portería.

Alejado siempre de los reflectores y del “show” mediático que pretende convertir al fútbol en una extensión del mundo de la farándula,  el ‘Mago’ fue una rara avis en su entorno.  Lo que le interesó siempre fue jugar, divertirse, disfrutar respondiendo con espontaneidad y creatividad los retos que el mismo juego le imponía. Con esto no quiero puntualizar alguna cuestión referida a su “personalidad” o algo por el estilo, sino tan solo constatar que, realmente, en él, se evidenciaba ese vínculo tan profundo con la pelota; me recuerda a casos puntuales como los de Cruyff o Romario, por ejemplo. Ni las lesiones —constantes en su carrera—, ni los requerimientos en términos de preparación física de una época en la cual el fútbol entraba en una confusión vendida como “progreso”, lograron privarlo de su persistencia en su relación con el juego, ese que era capaz de brindarle felicidad y disfrute pleno.

Sencillo y humilde como persona, este enganche que cautivó y emocionó al mundo entero con su fútbol —no es menor mencionar que es el ídolo de Lionel Messi— fue, en pocas palabras, un crack. Su  lúcido juego y atrevimiento para crear, por si solos, cuestionaron esos lugares comunes que imperan obstinadamente en las tertulias futbolísticas actuales (ej. “correr”, “meter huevo”, etc.).

Decidió retirarse, luego de una larga trayectoria, en una primera instancia, en River el 2015. Sin embargo, el año pasado, oficialmente, fue su despedida: lo hizo en en el club donde dio sus primeros pasos, el Estudiantes de Río Cuarto. Fue una noche conmovedora, que contó con la presencia de don Marcelo Bielsa; una noche emotiva en la cual su familia, amigos, entre otros, se presentaron para acompañar –con total admiración y cariño– al genio en su último partido.

Y esto último, para mí, vale resaltarlo, pues, generalmente, se nos pretende imponer una valoración hacia los entrenadores o jugadores de carácter extremo: o es un “fracasado” porque no logró determinados títulos o es un exitoso porque se quedó con tales copas. El mismo Marcelo Bielsa ha reflexionado sobre la perversidad de esta lógica muchas veces; me atrevo a decir que esa es una de las cuestiones centrales de sus reflexiones. De modo que sería ocioso aquí explayarme sobre este punto. Tan solo busco señalar cómo, siguiendo la lógica mencionada, jamás comprenderemos la dimensión humana presente en un espacio, al parecer, tan “deshumanizado” como es el fútbol contemporáneo.

No pretendo cerrar este pequeño texto con una pseudo-reflexión cursi como muchos escritores latinoamericanos nos tienen acostumbrados. Para nada. Únicamente agregar que solo he buscado establecer un modesto reconocimiento a un jugador al que admiro mucho, a saber, Pablo Aimar. Solo me quedan palabras de agradecimiento para el “Payito” por tanto fútbol y, en especial, por hacernos recordar el porqué nos acercamos inicialmente a este juego.

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