Política Global

Noam Chomsky: “Julian Assange no está siendo juzgado por su personalidad, pero así es como el gobierno de EE.UU. quiere que lo veamos”

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Por Noam Chomsky y Alice Walker:

Al desviar la atención de lo esencial del caso, la obsesión por el carácter (de Assange) pretende evadir la significancia de las revelaciones de WikiLeaks.

El lunes, Julian Assange fue llevado al Old Bailey para continuar su lucha contra la extradición a Estados Unidos, donde la administración Trump ha lanzado el ataque más peligroso contra la libertad de prensa en al menos una generación, al acusarlo por publicar documentos (secretos) del gobierno estadounidense. En medio de la cobertura de los procedimientos legales, los críticos de Assange inevitablemente han comentado sobre su apariencia, los rumores de su comportamiento mientras estaba aislado en la embajada ecuatoriana y otros detalles salaces.

Estas distracciones predecibles son emblemáticas del lamentable estado de nuestro discurso político y cultural. Si Assange es extraditado para enfrentar cargos por ejercer el periodismo y exponer la mala conducta del gobierno, las consecuencias para la libertad de prensa y el derecho del público a saber serán catastróficas. Sin embargo, en lugar de abordar seriamente los importantes principios en juego en la acusación sin precedentes de Assange y los 175 años de prisión que enfrenta, muchos preferirían centrarse en perfiles de personalidad intrascendentes.

Assange no está siendo juzgado por andar en patineta en la embajada ecuatoriana, por tuitear, por llamar a Hillary Clinton un belicoso halcón o por tener una barba descuidada cuando fue arrestado por la policía británica. Assange enfrenta la extradición a Estados Unidos porque publicó pruebas incontrovertibles de crímenes de guerra y abusos en Irak y Afganistán, avergonzando a la nación más poderosa de la Tierra. Assange publicó pruebas contundentes de “las formas en que el primer mundo explota al tercero”, según la denunciante Chelsea Manning, la fuente de esa evidencia. Assange está siendo juzgado por su periodismo, por sus principios, no por su personalidad.

Probablemente hayas escuchado el estribillo de expertos bien intencionados: “No tiene por qué agradarle (Assange), pero debe oponerse a las amenazas de silenciarlo”. Pero ese estribillo pierde sentido al reforzar el mensaje manipulador desplegado contra Assange.

Cuando se desea sentar precedente ominoso, los gobiernos no suelen perseguir a las personas más queridas del mundo. Se dirigen a aquellos que pueden ser retratados como subversivos, antipatrióticos o simplemente extraños. Luego, distorsionan activamente el debate público al enfatizar esos rasgos.

Estas técnicas no son nuevas. Después de que Daniel Ellsberg filtró los Pentagon Papers a los periodistas para exponer las mentiras del gobierno de Estados Unidos sobre Vietnam, los “plomeros” de la Casa Blanca de Nixon irrumpieron en la oficina del psiquiatra de Ellsberg en busca de material que pudiera usarse para desacreditarlo. El denunciante de la NSA Edward Snowden fue retratado falsamente como colaborador de los chinos y luego de los rusos. La obsesión por la salud mental y la identidad de género del analista de inteligencia militar Manning era continua. Al demonizar al mensajero, los gobiernos buscan envenenar el mensaje.

La fiscalía estará muy feliz cuando la cobertura de la audiencia de extradición de Assange se convierta en difamaciones irrelevantes y tangenciales. Poco importa que la barba de Assange fuera el resultado de la confiscación de su kit de afeitado, o que se haya probado que los informes de que Paul Manafort (consejero de Donald Trump) lo visitaba en la embajada eran falsos. Para cuando estas pequeñas afirmaciones sean refutadas, el daño está hecho. En el mejor de los casos, el debate público sobre los problemas reales se descarrilará; en el peor de los casos, la opinión pública será manipulada en favor del establishment.

Al desviar la atención de lo principal del caso, la obsesión por la personalidad (de Assange) evade la importancia de las revelaciones de WikiLeaks y la medida en que los gobiernos han ocultado la mala conducta a sus propios ciudadanos. Oculta cómo las publicaciones de Assange de 2010 expusieron 15.000 víctimas civiles previamente no contadas en Irak, bajas que el Ejército de Estados Unidos habría enterrado. Oculta el hecho de que Estados Unidos está intentando lograr lo que los regímenes represivos solo pueden soñar: decidir qué pueden y qué no pueden escribir los periodistas de todo el mundo. Oculta el hecho de que todos los denunciantes y el periodismo en sí, no solo Assange, están siendo juzgados aquí.

 

Este artículo fue escrito por Noam Chomsky y Alice Walker, copresidentes de AssangeDefense.org, para The Independent, 09/09/20 (traducción para Plaza Tomada de Daniel Espinosa).

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