Por los Caminos

LOS ‘ANTIFÚTBOL’

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Perú perdió con Australia. Se fueron nuestros sueños de llegar a Qatar. El hecho está consumado. Yo vi el partido en casa con familia y un amigo. A pesar del mal trago, pasamos un buen rato en compañía. Otros salieron a almorzar (lo que dinamiza la economía), muchos lo siguieron en la pantalla gigante que ponen en el parque de Miraflores, otros se reunieron en casas de amigos, etc. Desde la mañana veía a gente con sus camisetas, caras pintadas, alegres, con ánimos y mucha fe. Fue una jornada alegre, pese a la derrota.

¿Hay algo de malo en ello? Personalmente, nada. Pero hay un género de personas que pareciera que les molesta ver a la gente alegrarse con el fútbol. Los llamamos los “antifútbol”. El antifútbol cree —sin ningún estudio que lo respalde— que el fútbol te quita conciencia social, o algo así. En la época en que hacía política y me gustaba conversar con líderes sociales, teníamos buenas charlas de fútbol. Les dejo una cita del historiador sociólogo argentino Pablo Alabarces, que me pasó un amigo quien, por cierto, también es luchador social, historiador marxista, político, y barra del Alianza Lima: “Nadie se ha animado a afirmar nunca que alguna insurrección o protesta popular dejó de producirse porque los sujetos estaban demasiado ocupados viendo los juegos de Pelé.”

El antifútbol, además, parece considerar que nuestro querido deporte es una cosa de mentes simplonas. Claro, el antifútbol habla desde su atalaya de soberbia intelectual. Lo curioso es que estos antifútbol dicen que critican al balompié por ser un distractor de masas, y ellos dicen —o creen luchar— por aquellas masas, a las que llamamos el pueblo. Los antifútbol seguramente nunca han jugado al fútbol, por lo que no pueden saber que el ‘deporte rey’ está íntimamente vinculado al pueblo. Allí, en la canchita de pista de los barrios está el fútbol; allí, en el colegio fiscal, están las pichanguitas en los recreos; allí, en las grandes unidades escolares, están los encuentros de fútbol entre colegios; allí, en las unidades vecinales, están los partiditos hasta la madrugada a la luz de un poste; allí, en las canchas de tierra en las punas, hay unos muchachos jugando contra unos tíos. Y, también, ya lo juegan muchas mujeres.

Porque el fútbol, les guste o no, está en el corazón del pueblo. Está en la carita del niño de barrio y del niño rico que sueñan con ver a Perú en un Mundial. De alguna forma, el fútbol también nos amalgama como país. Es lo único con la capacidad de superar nuestros enormes abismos. Es uno de los pocos momentos donde la élite blanca y privilegiada se pone de rodillas ante muchachos cholos, morenos, sin apellidos aristocráticos. Aunque sea durante dos tiempos de 45, el fútbol nos permite subvertir el orden de los siglos.

Por su puesto que se puede usar de maneras perversas, como se puede usar la religión, la política, la salud, etc. Pero el fútbol, en sí mismo, no es una evasión. Es una integración, una alegría, y también una esperanza para varios chiquillos que pueden ayudar a sus familias soñando con ser jugadores profesionales. Es la posibilidad y lo tangible.

El antifútbol es, pues, ese ser amargado, que le molesta la felicidad de otros. Solo les dejo la cita de Maradona, “para los que no creyeron, …”.  Ya saben cómo sigue. Lo saben los que aman el fútbol.

Por: Eduardo Abusada Franco

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