CulturaPor los Caminos

LLÁMAME QUETA, SIMPLEMENTE

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Por: Eduardo Abusada Franco

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Conocí a Julio en unas correrías políticas en las que me metí pensando que podíamos construir un mundo mejor. Aunque no se le nota, pues tiene una energía inacabable, ya es un tipo mayor, de más de ochenta años. Me llamó tras buen tiempo sin vernos, antes de los años de la peste. Me dijo que quería que conozca a alguien. A una mujer. Una que quería contar su historia. Le dije que ya no escribía para otros, sino solo en mis proyectos personales. Los cachuelos del oficio de los llamados “negros literarios” no me seducían por su bajo precio. Pero lo que me adelantó Julio sobre el personaje me llamó la atención. Y aunque estaba decidido a no hacer su libro —la autobiografía que supongo era lo que quería que le escribiera—, quería conocerla.

Subimos a un segundo piso de un edificio en Miraflores. En su cama, echada cuan larga era, estaba ella. En un inicio pensé que estaba enferma. Al ver a Julio, su viejo camarada, estiró ambos brazos, y con voz diáfana, potente y con un toque ligeramente ronco, le dijo “tovarisch”. A lo que mi acompañante contestó idénticamente: “tovarisch”. Y la abrazó. Francamente quedé algo impresionado por la escena. Era el término con que se saludaban los viejos camaradas soviéticos. Lo recordaba vagamente de alguna película rusa, pero no había visto a ningún político peruano saludarse así. Eran, en aquella habitación, dos viejos compañeros en retiro, encontrados en las memorias y nostalgias de sus años de militancia. Estábamos allí, prestos a abrir el añoso baúl de los recuerdos sin término.

Me senté en una silla al lado de Enriqueta Rotalde Ramos, tal es su nombre, pero ella desde la primera sílaba me pidió que le diga ‘Queta’. Ni “señora”, ni “usted”; sino solo ‘Queta’. A pesar de estar en cama, su voz era fuerte y de una vocalización clarísima; y aunque estaba echada aquella vez, podía notar que es mujer bastante alta. En mi inicial timidez, algo sí sabía de ella, que fue la histórica directora de la Escuela Nacional de Folklore en sus mejores tiempos.

Arrancó la charla de los antiguos amigos; en la que empecé a participar poco a poco, hasta que acabó en un interrumpido diálogo entre Queta y yo. Conversamos bastante sobre el poeta-guerrillero Javier Heraud, quien fue su amigo y vecino, y sobre la ínclita Chabuca Granda y su ancho amor. Queta tenía aquel día 88 años ya. Entre la inocencia de Javier Heraud y demás temas que iban y venían, se me fue la tarde conversando con ella: Velasco, Arguedas, Cuba, Barbarroja, Fidel, la Escuela de Folklore, el violín indómito de Máximo Damián, el carácter de Martha Hildebrant, la inteligencia de Federico More, la pluma de Mariátegui (el bueno, el de la silla), la Reforma Agraria, golpes, Luis de la Puente Uceda (comandante y político), la pasión de Chabuca Granda, más golpes, más generales, China, el corazón de Rusia, Polonia, los errores que nunca faltan (los imperdonables y los subsanables), los amores perdidos, los destierros, el tiempo, la vida, la muerte… cardo o ceniza; en suma, la revolución.

Pocos años luego decidía hacer este proyecto editorial y se me metió la idea fija de que tenía que ser necesariamente Enriqueta Rotalde quien abriera el libro. Quedé fascinado por todo lo que me contó. Me pareció una mujer de ua bagaje cultural y memorioso riquísimo. Además, de alguna manera, le debía sus memorias, que ella, aquella tarde miraflorina, me confió. No es este el libro sobre su vida que pensó mi amigo Julio cuando me llevó a conocerla, pero es el fin de una charla que tenía que continuar. El círculo se ha cerrado. Sirvan pues estas páginas, también, para registrar parte de la biografía de una mujer que fue testigo en primera fila de un tiempo que quemaba, los mediados del convulso siglo XX.

Enriqueta Carlota Rotalde Ramos. A.K.A. ‘Queta’.

EL REENCUENTRO

Me enteré que Queta había viajado a los Estados Unidos. Pensé que no regresaría y que mi proyecto quedaría trunco. Luego llegaron los fúnebres años del virus. Iba contra el tiempo y contra la pandemia. Millones de personas mayores cayeron ante el implacable Covid-19. Como siempre me pasa: llegó tarde a las cosas que más quiero, como el amor. Julio me contó que Queta estaba de vuelta. No se acostumbró a vivir en EE.UU. Difícil para cualquiera que ya esté por encima de los 90 años.

Entonces me puse a preparar la entrevista. Leí toda la obra de su madre, Ángela Ramos, tratando de encontrar temas relacionados la vida de Enriqueta. Ángela fue una de las leyendas de la prensa nacional. Le llamaban también la primera “reportera del Perú”. Cultísima y aguerrida chalaca, quien fue una de las primeras mujeres en desarrollar a tiempo completo y con fanática pasión el ejercicio periodístico. Fue amiga de José Carlos Mariátegui y militante del Partido Comunista fundado por el Amauta. Destacó también como escritora y luchadora social por los desposeídos, marginados y los derechos de la mujer. Dos veces conoció el encarcelamiento por motivos políticos. Cuentan que en una manifestación con sus propias manos le quitó el arma un policía que quería pegarle. Pero no era de Ángela de quien quería hablar, sino buscaba encontrar en sus textos algo que me llevara a Queta. No encontré mucho, a decir verdad, así que debía empezar la conversación básicamente con lo que recordaba, donde nos quedamos hace 5 años. Un poco, como Fray Luis de León al retornar a su cátedra tras varios años de prisión injusta por la Inquisición, quería empezar diciendo “Dicebamus hesterna die” —“como decíamos ayer”—, y seguir nuestra charla donde nos quedamos.

Esta vez me costó un poco coordinar la cita. Edita, la chica que cuida a Queta, tiene su carácter. Se molestó porque tuve que cambiar la hora. Llegué al mismo lugar de nuestra primera reunión. Al verme acompañado, Edita se incomodó de que no le dije que éramos dos. (ni ella ni yo sabríamos en ese momento lo que esa persona significaría para mí, sino otro hubiera sido el cantar… pero eso será parte de otra historia).

Nuevamente allí estábamos. Queta me recibe en bata. Le incomoda un poco usar la mascarilla, pero no se la quita. Me pregunta “¿qué es?”, por mi grabadora digital. Le explico lo que es y le cuento sobre una entrevista que le hice a César Lévano, cuando el viejo periodista aún trabaja en la revista Caretas, y vi entonces que tenía en su escritorio, en años ya de la era digital, una enorme grabadora mecánica con cables que parecía un Betamax. “¿Se acuerda de Lévano?”, le pregunto. “El cojo”, me contesta. Me queda claro entonces que su memoria aún funciona bastante bien. Se lo hago saber.

“Yo, imagínate, con 93 años, ya muy vieja estoy”, dice y le confieso que yo la veo muy bien. “Porque tengo la mascarilla (puesta)”, y ríe con fuerza de su ocurrencia. Mucho aire le queda a esta a esta infatigable mujer.

Le cuento del proyecto, del libro de entrevistas que hice con abogados[1] y que acabamos de publicar y que quiero abrirme camino en el campo de la escritura… “Del periodismo”, me corrige ella.

Aquella vez que vine con Julio fue en agosto de 2017. Me contaron que te fuiste luego a Nueva York

– A Nueva York no, a Connecticut, que es donde vive mi hija.

¿Pensabas quedarte por allá?

Nunca he querido extraditarme. Mi hija vive allá en un sitio precioso, allí tengo mis nietas, nietos; teniendo todas las comodidas que tiene mi hija, hay un bosque… pero yo quiero mi país. Pobrecito, cochinito, pero este es mi país.

Lima es una ciudad agresiva, pero termina por encantarnos. ¿Por qué uno siempre regresa a Lima?

Pero no es que se regresa a Lima, uno regresa a sus orígenes. Por ejemplo, para mí: yo nací en Lima, en la calle la Colmena, en una clínica muy buena que era la clínica del Dr. Febres. Pero me crie en el Callao porque mi mamá es [era] chalaca, mis abuelos chalacos, y estudié en el Colegio Americano, el Callao Highschool. Estudié inglés, que según me han dicho cuando he conversado en Estados Unidos, que lo hablo muy bien.

Queta con Edita, quien la cuida.

GÉNESIS: “EL VIEJO PUERTO VIGILÓ MI INFANCIA”[2]

¿En qué año nació Ud.? [me cuesta aún tutearla o no llamarla ‘doña’ Queta, sino simplemente Queta,  como todos la llaman]

En el 29. Aunque en la RENIEC figura el 30. Me han quitado un año. ¿Qué vamos a hacer pues? [ríe traviesamente, como si le jugara a favor un año menos]

Quiso el destino que Ángela Ramos, reconocida como feminista, solo tenga hijas mujeres…

Un matriarcado. Bueno, mi mamá tuvo varios hermanos, pero también sus hermanas Rebeca, Gabriela… Pero fuimos mi mamá, mi hermana y yo.

¿Hasta qué edad estuvo en el Callao?

Creo recordar que cuando nos mudamos del Callao y nos vinimos para la Av. Arenales tendría unos 12 o 14 años. Era niña.

¿Recuerda en qué zona del Callao vivía?

Sí, cómo no. Primero vivíamos en unos altos, en la calle Buenos Aires, en la casa de mi abuelo, que era una casa de dos pisos, que la otra vez vi en la televisión que la declararon patrimonio. Ahí está todavía. Después nos mudamos con mi mamá, mi hermana y yo a un departamentito, a la siguiente cuadra, no me acuerdo el nombre de la calle…

Supongo que en ese tiempo el Callao era más tranquilo. Ahora tiene fama de ser bravo…

Uy, no. El Callao era otra cosa. Yo recuerdo que caminaba libremente. Era chiquita y mi mamá me mandaba [tose fuerte, me habían pospuesto la entrevista porque Queta estaba recuperándose de una gripe] a comprar solita a la panadería, que estaba a dos cuadras, tendría yo 7 años. Iba solita y regresaba y no pasaba nada.

¿Hasta cuándo estuvieron ahí?

¡En Guisse! Así se llamaba la calle. Primero vivíamos en el 290 [en Guisse, no era Buenos Aires] y luego en el 310 [también en Guisse]. Luego vino el terremoto del 40 y mi mamá se asustó tanto… decían que el mar se iba a salir. Mi mamá decidió que nos fuéramos a vivir a Lima. La gente estaba asustadísima porque el mar se iba a salir, iba a tapar todo el Callao y se iban a cumplir las predicciones de Santa Rosa de Lima de que el mar iba a llegar hasta la Plaza San Martín.

¿Cómo fue ese terremoto? ¿Muy fuerte?

Terrible.

[Vuelve a toser y me dice que si está hablan de más, si se excede, que se lo diga. Empieza a repetirnos que la casa la declararon patrimonio, algunos datos empiezan a cruzarse, sobre todo a repetir lo que ya nos contó. Es como si los recuerdos más antiguos se fijarán con más ahínco y se cuelen una y mil veces. La memoria de los primeros años persiste, y lejos de desaparecer, busca la forma de matizar el presente. Es la circularidad de la vida. Ya de viejos, queremos ser niños nuevamente].

¿Pero qué tanto, cómo recuerda ese momento?

Vivíamos allí en un departamentito, en el segundo piso. Mi hermana estaba todavía en el Colegio. Yo acababa de salir del colegio, porque a la mitad del día salíamos, a las 11.30 am, regresábamos a almorzar y luego retornábamos a clases de nuevo a las 3 de la tarde. Mi hermana, como ya estaba entrando a secundaria, estaba en el mismo colegio, pero en otro edificio, que quedaba en la calle de Teatro. Ella era mayor, Susana, nacida en el 24. Mi colegio quedaba en Colón. Acababa de llegar del colegio, que en ese época se podía ir sola; subí las escaleritas, que aún me parecen ver. Abrí la puerta y mi mamá empezó a renegar “¡quién camina en el techo!”. Y era el terremoto que empezaba. Entonces yo era chica y muy ágil. Bajé las escaleras de cuatro en cuatro. Al cruzar la calle quedaba una lechería, a la que se le cayó la pared. Como mi mamá me vio cruzar, creyó que la pared me había aplastado [ríe]. Yo seguí caminando a la calle Buenos Aires, que era ancha, porque por ahí había pasado el tren, entonces dije “acá me paro”.

Lo tiene bien marcado. Ese recuerdo aún no se le borra.

Nunca. Lo tengo vívido. Lo estoy viendo.

Doña Queta… [me interrumpe]

¡… Queta!

Queta, siente que la figura enorme de su madre… pues Ángela Ramos, fue una periodista, escritora de teatro, prolífica…

[Me interrumpe de nuevo] … luchadora social!

Claro, hizo campañas desde el periodismo.

Y además la primera militante, con José Carlos Mariátegui, del Partido Comunista.

Por cierto, estuvo en actividad hasta bastante avanzada edad. Le he leído incluso artículos en el tema de la matanza de El Frontón[3].

En esa época no había esas lanchas que hay ahora, eran botecitos de remo. Hay un sitio en el Callao, en El Frontón, que cuando cruzas por el mar hay una parte que se llama El Camotal, el mar es muy bravo. Y por allí iba mi mamá en botecito de remos a ver a los presos.

Pero a lo que voy, ¿siente que la figura de su madre, que era tan conocida, ha sido una sombra o un peso muy grande en su vida?

No, no, ningún peso. Porque mi mamá era incapaz de estar sobre nadie. Era una luchadora. Admirable, sí. Yo la admiraba, sí. Pero nunca fue un peso, sino una ayuda, un ejemplo.

Y hablando de otros parientes suyos, leí que su abuelo estuvo en la Batalla de Miraflores. ¿Es correcto?

Francisco, mi abuelo Panchito. Mi otro abuelo, que era médico, fue doctor en el Huáscar.

[Le enseño mi tatuaje del Huáscar y me dice “Ahí está pues”… De alguna manera siento otro vínculo con mi personaje]

Otra cosa que leí, ¿es cierto que el poeta César Vallejo quiso enamorar a su mamá?

[Sonríe traviesamente] Nooo, eran muy amigos. Lo que pasa es que han confundido la historia que contaba mi mamá siempre. Eran tan amigos que caminaban juntos todo el tiempo. Y cuando César Vallejo decidió irse a París le dijo “Ángela, este mundo es muy pequeño para ti; vámonos a París”. Y mi mamá en ese momento le dijo “ay, yo quisiera irme contigo, cholo, pero ya estoy enamorada de Rotalde”.

O sea, que su mamá rechazó a uno de los poetas universales más grandes de la lengua castellana.

Sí, pero eran muy amigos.

LA ESCUELA NACIONAL DE FOLKLORE

Hay personas quienes tienen claro, desde siempre, el derrotero de su vida. Con la fe de un curandero, siguen ese camino de línea recta. Saber desde muy joven cuál es tu destino, es un golpe de suerte, un tesoro enterrado en el patio de tu casa. Pero no es lo habitual en la mayoría de seres comunes. Lo normal —parece ser, en mi experiencia— es que divaguemos, que andemos de tumbo en tumbo buscando aquello que creemos es nuestra misión. A veces nunca lo sabemos. Y, visto de alguna manera, quizás algo conveniente, esa incertidumbre, el hecho de andar siempre buscando y empezando de nuevo, puede ser también una bonita forma de vivir. El flaco Ribeyro reflexionaba sobre ello. Así lo escribió el querido Julio Ramón en 1954: “El gran error de la naturaleza humana es adaptarse. La verdadera felicidad estaría constituida por un perpetuo estado de iniciación, de sucesivo descubrimiento, de entusiasmo constante. Y aquella sensación solo lo producen las cosas nuevas que nos ofrecen resistencias que aún no hemos asimilado. El matrimonio destruye el amor, la posesión mata el deseo, el conocimiento aniquila el placer, el hábito la novedad, la destreza, la conciencia. Ser el eterno forastero, el eterno aprendiz, el eterno postulante, he allí una fórmula para ser feliz.”

Dejemos a los oráculos las sentencias sobre los destinos. Sea así o no la naturaleza humana y sus sinos, lo cierto es que hay personas que definen también sus proyectos de vida cómo le van cayendo. Hacen lo que pueden y no siempre lo que quieren. Aprenden a ser jinetes sobre el caballo y no sobre el sillín de entrenamiento. Doman a la bestia y con ello su existencia, y la existencia toda. En buena cuenta, lo que llamamos casualidad. Y se convierten en los mejores.

De tal guisa, así se fueron trazando los caminos de Queta, por azar, por cruce de sendas, por encuentros repentinos, por conversaciones espontáneas, por amores olvidados y aparecidos de pronto… de pura casualidad. Empero, para algunos, la casualidad es un arte que dominan bastante bien.

Ese extraño método, dejado a las fuerzas inasibles del universo, la llevó a ocupar el cargo con la que sería recordada, dejaría su legado y su impronta, y con el que haría los amigos más intensos de su vida: directora de la Escuela Nacional Superior de Folklore ‘José María Arguedas’.

Quiero entrar en un tema particular en su biografía e importante para la historia de la cultura del este país, el de la Escuela Nacional de Folklore…

Ah, esa en que fui directora por accidente…

A eso vamos, ¿cuéntame como llegaste a la Escuela y cómo se hizo directora?

De la forma más increíble. Porque el ministro de Educación, que era el menor de los De la Puente, que yo le decía “el gordito”,  y vivían en Miraflores… eran muy amigos míos, íbamos a los toros juntos. Entonces Raul [hermano del ministro] me dice “a mi hermano, al gordito, lo han hecho ministro de Educación y quiere hablar contigo porque la Escuela de Folklore se ha quedado sin directora”. Yo le dije que de folklore no sé nada. “Pero tú bailas marinera”, me dijo. “Yo bailo marinera de Lima, eso no es folklore”, le decía. Y así llegué a ser directora, por  pura casualidad. Méritos no tenía, pensé que los cultores del folklore, los compositores, me iban a matar. Iban a decir “qué hace esta advenediza metida aquí”.

¿Qué edad tenía entonces?

Unos 29 años.

¿Y sintió ese rechazo que temía?

No, tal vez un poco de algunos viejos que había allí. Pero nos hicimos muy amigos con los chicos.

¿Y cómo es que sin conocer mucho del tema se convierte en la directora histórica de la Escuela?

Yo no sé cómo. Todas las cosas que me pasan en la vida son de pura casualidad [acá me vuelve a contar la historia del gordito ministro de educación, la memoria se superpone a veces] (…). Se había ido Victoria Santa Cruz de la Escuela. Yo me pasé una hora discutiendo con De La Puente, pues una cosa era ser campeona de marinera limeña y otra cosa es saber sobre el folklore. Yo había trabajado en energía y minas, en agricultura; pero no tenía nada que ver con el folklore ni educación. “Yo sé que tú lo vas a hacer bien”, me dijo el ministro.

Disculpa que te interrumpa, por cierto, ¿cómo así aprendiste bailar marinera limeña?

[Ríe. Una vez más.] Yo tenía idea de lo que era la marinera porque veía. Y una prima mía que bailaba me enseñó los pasos principales. Pero yo dije “ésta no es la marinera limeña; la marinera limeña debe ser diferente, como la bailaba Bartola Sancho Dávila”[4]. Entonces decidí irme a Lima, a La Victoria, a ver cómo bailaban, como era la jarana, cómo era todo.

¿Por Barrios Altos?

No, no, por el Callejón del Buque, y Renovación, que venía detrás. Allí bailaba la hija de un cantor de marinera que se llamaba Augusto Ascuez, que eran dos hermanos, los hermanos Ascuez[5]. Nicolasa [Ascuez] bailaba lindo la marinera. Era esposa de un cantante de música criolla y de marinera. La marinera limeña no es como la norteña, que una la baila al compás de la música, sino que te tenías que saber la letra, para saber en qué momento comienza, en qué momento entra y en cual sale. Aprendí la (llamada) marinera de término. Fui tres veces campeona nacional de marinera con Enrique Aramburú, Enriquito [su compañero de baile].

Bartola Sancho Dávila (ver pie de página)

Hay quienes dicen que el folklore no es arte, o es un arte popular. ¿Podría definirlo brevemente o es algo muy complejo de decir?

Es la manifestación de un país. La manifestación real. No es ni danza clásica, ni danza moderna; sino todas las manifestaciones populares. No solamente la danza, también los bordados, los tejidos, las pinturas, todo lo que hace el folklore de un país.

La escuela se llamaba José María Arguedas en homenaje al gran amauta. ¿Llegó a conocerlo?

Sí, pero muy poco. Pero él sí era amigo de mi mamá. Al lado del Teatro Segura había un cafecito y él se sentaba ahí. Allí lo conocí, pero muy brevemente.

A Máximo Damián, el del violín indómito y amigo de Arguedas, sí tuvo que conocerlo. Él ensañaba en la Escuela Nacional de Folklore.

[La sonrisa de un recuerdo alegre ilumina sus ojos. Aun sobre la mascarilla se nota] Ah, claro [dice con un tono de cariño]. Máximo me decía “mamá Quita”. Yo lo quería mucho. Él sí era amigo de Arguedas. Era una persona muy especial. Tengo un libro lindo que se escrito sobre Máximo. Él sí era amigo de Arguedas. Creo que tocó en su funeral. Él hablaba así bien serranito y me decía “yo fui puisss mama Quita, fui puiss allá y me dejeron toca porque teness que tocar, yo… y toqué”.

El violinista ayacuchano Máximo Damián Huamaní. Sus notas hacían llorar a las montañas.

Bueno, entonces, una vez en la Escuela, tuvieron que impulsar el folklore…

Yo había ayudado a Ricardo Roca Rey[6] a organizar espectáculos de folklore, que eran de mucho nivel. Y después yo hice esos espectáculos de folklore. Poniendo (en alto) el nivel del folklore. Porque antes se creía que había solo ballet, las bellas artes, el conservatorio. ¿Y la Escuela de Folklore? Era vista como una escuelita de menor categoría. Yo les decía, “mira, no tenemos acá ni Beethoven, ni Brahms, ni Chopin; no tenemos pintores, con excepción de Sérvulo, Dávila y otros; pero en el mundo, nuestro folklore es tan rico como el folklore ruso”. No hay ningún país en América Latina, ni en Europa, que tenga la riqueza del folklore peruano.

Volviendo a una anécdota que me contaste en nuestro encuentro anterior. También conociste al poeta Javier Heraud.

Lo que pasa es que yo vivía en la calle San Martín, en Miraflores; y unas cuantas casas más allá vivía el Dr. Heraud, el papá de Javiercito, que vivía con su familia. Todas las mañanas veía salir al Dr. Heraud. El pobre tenía un auto que todos los días no caminaba ni pa’ atrás ni pa’ adelante, había que empujarlo. Y salían todos los hijos, y salía Javier con su uniforme del Markham. Me parece verlo con su gorrita del Markham, empujando todos el auto del papá.

Pero, ¿conversaba con él, era su amigo?

Sí, despúes  Javier cuando estaba ya más jovencito venía a mi casa. Yo siempre estaba en el segundo piso, tenía mi dormitorio allí, y se ponía a conversar. Un día me dice: “¿Sabes una cosa, Queta? Me voy a ir a Cuba”.

¿Iba a irse ya a preparar para la Revolución?

“Me voy a Cuba a estudiar”, me dijo. Le dije que muy bien. En esa época no era como ahora irse a Cuba, estaba vedado; nadie así nomás podía ir. Pero no se iba a Cuba, se fue pues a ser guerrillero. Ahí murió.

Hay una carta muy bonita que le deja a su mamá cuando se va a incorporar a la guerrilla…

Sí, sí, y el poema muy bonito donde dice “no tengo miedo de morir entre pájaros y flores”.

Hacia esta parte de la conversación, he tenido que hacer un trabajo de edición muy fino. Me he tomado la libertad de reconstruir algunas declaraciones, pues salta en sus ideas, datos y recuerdos. Del presenta hacia el pasado, y vuelve otra vez al presente, y de nuevo a relatos de su infancia. Es como si la memoria a largo plazo, la de sus primeros años, fuera indeleble. Los amigos están allí, los personajes que conoció, la familia que amó. No se quieren ir. Le hablan. Queta los escucha. Los abraza. De razón escribió Benedetti:

“El olvido no es victoria

sobre el mal ni sobre nada

y si es la forma velada

de burlarse de la historia

para eso está la memoria

que se abre de par en par

en busca de algún lugar

que devuelva lo perdido

no olvida el que finge olvido

sino el que puede olvidar.”

No sé me mal entienda. Queta no vive en el pasado. Está acá, atenta, mira mi grabadora, me corrige, me interrumpe, habla de actualidad política. No  es, entonces, que esté anclada en un tiempo ido; sino que es un pasado que está presente. Como Funes, no puede olvidar. A fin de cuentas, ¿no dicen que todo tiempo pasado fue mejor?

Otro personaje que era amigo de su mamá, y supongo que tal vez lo conoció, fue el célebre y erudito Dr. Hugo Pesce, quien fue también amigo del Che Guevara.

Claaaro, mi mamá lo quería tanto a Hugo. Cuando murió Hugo Pesce le avisaron a mi mamá y ella corrió. Me acuerdo porque yo la acompañé. Todavía no lo habían puesto en el cajón y estaba en su cama echado. Y mi mamá entró y se abrazó de Hugo Pesce porque lo quería y lo respetaba tanto.

Vivía en una casa en Breña, donde estuvo hospedado Ernesto Guevara, ¿no?

Donde estuvo el Che, sí. (Yo) Sabía del Dr. Hugo Pesce y de la amistad con mi mamá. Inclusive le hicieron un homenaje a Hugo Pesce en el… me parece que fue… no fue en el Instituto Nacional de Cultura, que no había en esa época, pero bueno, la llamaron a mi mamá y ella dijo “¿cómo voy a hacer un homenaje a Hugo Pesce?, ¿quién soy yo para homenajearlo?”. Y le insistieron que ella fuera.

A otro personaje que recuerdo, y de quien sí tuve ocasión de conocerlo, pues iba a visitar a sus tías al edificio donde yo vivía en Jesús María, era Alfonso Barrantes. Ese sí fue su amigo, ¿no es así?

Ay, Alfonso, ‘Frejolito’. Era íntimo amigo mío. Era muy agudo y muy gracioso. Yo le organicé lo del Vaso de Leche [se refiere a la presentación del programa]. Llamé a Susana Baca, llamé a uno, a otro. Invitamos a todos los niños, por distritos. Todos con sus banderitas. Susana Baca tenía que cantar la canción que decía “tomo mi vaso de leche todas las mañanas para crecer sano y fuerte como mis hermanos”. Susana la cantó en Acho. Alfonso no tenía la menor idea. Yo le dije “tú llega nomas Alfonso con tu banderita”. Y cuando él entró todos los niños empezaron a cantar.

Nos desviamos un poco del cuestionario y empezamos a recordar a don Alfonso en su viejo Volkswagen escarabajo celeste, todo destartalado, al que llamaba “el taca taca”, porque todo le sonaba. Y, de pronto, me vuelve a contar lo del auto del papá de Javier Heraud. Desde el inicio.

MAESTRA VIDA

Dicen que los años enseñan, que el paso del tiempo nos va volviendo sabios. Pero, en mi experiencia, la misma vida me ha mostrado lo contrario. He visto más que la gente suele cometer los mismos errores una y otra vez, incluso llegados a ancianos. Hay quienes, incluso, de viejos acaban siendo personas viles y amargadas. No me siento tan resuelto para afirmar que los años enseñan. En todo caso, me permito citar al popular boxeador argentino, el gran Ringo Bonavena (asesinado de un balazo, que le dio justo en el corazón —en un corazón enamorado—, a las puertas de un burdel en Las Vegas), quien solía decir: “La experiencia es un peine que te dan cuando ya te quedas calvo”.

En el caso de Queta la experiencia parece haberle llegado a tiempo. Comprendió a sin demora que el mundo es lo que es, con sus altos y sus bajos. Y entendió, por sobre todas las cosas, que el amor, aún con el peso terrible de su fin, existe. Que por ello, por los momentos gratos, vale la pena vivir… hasta el fin.

¿Qué tanto o cómo ha cambiando el mundo desde su juventud? ¿Pensó que el futuro iba a ser esto, que la tecnología iba a llegar a este punto?

[Voltea y rié y dice “¿Con quién hablas, oye?”. Y nos presenta a su hijo, que acaba de entrar a la sala.]

Claro que ha cambiado. De lo que yo era niña a ahora, enormemente. En primer lugar, ya le digo, una de las cosas que recuerdo así… hoy día los niños no pueden salir a ninguna parte solos. Los niños no son libres. Yo recuerdo que mi mamá me mandaba a comprar el pan cuando era chiquita, era a tres cuadras de la casa, iba con mi bolsita.

En esta vida, ¿cree que ha hecho todo lo que quiso hacer o queda algo pendiente?

No, creo que he hecho en la vida todo lo que no pensé que podía hacer [ríe].

¡O sea que hizo más!

Nunca soñé, nunca pensé que podía hacer varias cosas, cosas increíbles. Aprendí cosas que ni por acá se me cruzó que podía aprender. Hice más de lo que imaginaba, porque yo era una persona normal. Era una muchacha normal y corriente. Nunca pensé, por ejemplo, que podía estudiar cursos, pero cursos serios, como de Inteligencia… en el Servicio de Inteligencia de la Escuela Militar. Todo en mi vida me ha llegado de pura casualidad. (Por ejemplo) estaba yo por el Hotel Bolívar y me saludé a un amigo de mi hermana. Me dice “Tú eres Queta, la hermana de Susana”. Me dijo que trabajaba en Naciones Unidas y me preguntó si hablaba inglés y si estaba trabajando en ese momento. “¿No quieres ayudarme porque viene el maestro Stravinsky[7] y necesito una persona que esté con él, que lo acompañe?”, me dijo. Y al día siguiente estaba tomando desayuno con Stravinsky y con su esposa. Fuimos juntos a Pachacamac y toda la semana que él estuvo acá, estuve con él.

Con el poeta Arturo Corcuera.

Vaya, así conoció al legendario Stravinsky…

De pura casualidad.

Y si pudiera regresar en el tiempo, ¿en cuál época de su vida quisiera estar de nuevo?

A esa época. Porque no había tanto conflicto, el mundo no era tan malo. No se había corrompido ni pervertido de la forma que es ahora. Es mucho más moderno, mucho más científico; pero antes era más puro. Había mucho de solidaridad humana, de amistad, se respetaban valores. Era otro mundo.

Ud. ya tiene 93 años. Uno cuando llega a esa edad, ¿se arrepiente de algo o piensa que ya no vale la pena, que ya vivió lo que quiso?

[Se detiene unos segundos para pensar]. Sí y no. Me arrepiento de haber sido tan dispersa. Pude haber sido más disciplinada, y haber estudiado metódicamente. Pero era muy dispersa. Estaba en una cosa, en otra. Iba como saltaperico de aquí para allá. Pero eso (también) me dio muchas oportunidades en la vida. No económicas, porque eso nunca me interesó.

Ribeyro escribió que una forma para ser feliz es ser “el eterno aprendiz”…

El eterno aprendiz. Así yo fui siempre la eterna aprendiz. Todo era nuevo para mí.

¿Cuántos hijos tiene?

Dos. Ese que anda por ahí [lo busca con la mirada], y una mujer que no vive acá, que vive en Estados Unidos. Ella se llama Nancy, y él Luis Ernesto, Lucho, pero popularmente le decimos ‘Poqui’. ¿Dónde está Poqui? [ríe]. Eso le puso su papa cuando era bebito. “Ay, una poquita cosa así, poquito”, así decía, y se quedó con ‘Poqui’ para toda la vida.

Por cierto, su esposo ya no está en este mundo. ¿Cómo aceptar la partida de la persona amada?

Ah, bueno. Quizá del que más he sentido fue con el que me casé por segunda vez. También, claro, me dio mucha pena el primero, que era aviador y fue el papa de mis hijos; pero yo me casé muy jovencita. Me casé en el 46. ¿Tú eres del 46, no Poqui? [se dirige hacia su hijo que está atrás, en una mesa, escuchando a su madre]. Pero el segundo matrimonio que tuve fue con un hombre muy bueno, de una calidad humana extraordinaria. Su muerte me afectó bastante.

¿Pero cómo superar que el amor se acaba, que la persona amada ya no está? Uno piensa a veces que si la otra persona ya no está, ya no hay nada.

No me podía dar esa lujo. Tenía que trabajar y tenía la vida que seguir.

¿Qué lecciones, entonces, le ha dejado la vida?

Me ha dejado lecciones muy buenas. Algunas muy duras, muy duras. Yo no soy de esas creyentes que voy a la Iglesia a persignarme, pero sí soy creyente de algo superior. A ese (ser superior) debo agradecerle muchas cosas de la vida que me dio; inmerecidas, que me cayeron del cielo.

¿Pero siente que podría dar algún consejo? Siento que muchos se autoimponen plazos, metas que nadie les reclamó. Que a tal edad hay que tener una casa, o hijos, o casarse…

Muy planificada está la vida, primero. Y, en segundo lugar, hay muchos intereses. Antiguamente, yo no recuerdo que moría por tener una casa propia, un departamento o un automóvil. Lo que tuviera, lo tenía [hace un gesto como de conformación]. Si llegaba bien, y si no llegaba, también.

Simplemente hay que vivir, entonces…

Vivir. Leer. El contacto con las personas es importante. Yo nunca pensé que podía tener amistad con gentes tan valiosas y tan importantes. [Vuelve a repetir  lo de Stranvinsky].

Creo que también llegó a conocer a algunos personajes de la Revolución Cubana.

Eso sí, he ido mucho a Cuba. He conocido a Fidel.

¿Ha conocido a Fidel Castro en persona?

Sí, yo lo conocí en persona. Tuve la suerte de que, estando yo alojada en un departamento al que los cubanos me invitaron, cual sería mi sorpresa cuando me dijeron que venía Fidel a saludarme, como si yo fuera pues un personaje importantísimo. Y vino Fidel, estuvo como una hora así, sentado ahí conmigo. Tenía, me acuerdo, el zapato así cortado y me dijo [imita el acento cubano] “chica, disculpa, lo que pasa es que he estado cortando caña y al dar el corte abajo me he cortado el zapato y tengo el pie lastimado”.

Con su hijo, el popular ‘Poqui’.

DIOS Y EL MÁS ALLÁ. REFLEXIONES FINALES

El poeta Javier Heraud, amigo de Queta como ya nos comentó, escribió en su más célebre poema: “Yo no me río de la muerte. Simplemente sucede que no tengo miedo entre pájaros y árboles”. Esta parte me costó un poco preguntar, por que quería hablar sobre el tema de la muerte. Hablar de algo así parece un tabú en nuestra cultura. Sin embargo, es algo natural, inevitable. ¿Por qué no hablar de la muerte como lo que es, como hecho de la vida, el hecho final y supremo? Dejó plasmado Publio Terencio Africano la famosa máxima que viene del latón: “Soy un hombre, y nada de lo humano me es ajeno”. La muerte, así, no puede sernos ajena.

Humedezco mis labios con mi saliva para vocalizar bien en esta última tanda. Para hablar claro, cuidar mis palabras, con un poco de temor a ofender. Mi personaje tiene las manos cruzadas.  Manos grandes para ser mujer. Las mueve en el aire cuando habla. Espera mi última batería de preguntas. No se cansa, no ha pedido pausa. Me temo, con alegría, que la impertinente parca va a tener que esperar un buen rato más.

Yo veo que se acuerda de todo. ¿Pero siente que se afecta la memoria al paso de los años, es consciente de eso?

Sí, ya no tengo la memoria que tuve. Se afecta la memoria, obviamente. No solo se afecta en cuanto que uno olvide muchas cosas, pero también de repente regresan (los recuerdos), aparecen ahí, y mucho se confunde uno.

Esto lo había señalado líneas antes. Queta se ha dado cuenta de ello, y ella lo explica mejor, con sus palabras. Los recuerdos regresan. El pasado se hace presenta. Nos llama. Para varias culturas milenarias el tiempo es cíclico y para otros circular. Nuestra “verdad” occidental no es absoluta. Pero, ¿el tiempo personal, en el cual transcurre la existencia sola de una vida humanada, puede ser también cíclico? En todo caso, somos, al final de nuestros días, la suma y resta de nuestra conducta, el balance más de lo que hicimos que de lo que pensamos. Somos nuestras acciones. Nuestros aciertos y los errores que cometimos. Somos la gente que amamos y la que hicimos sufrir. El estado de cuenta de los que a hicimos reír y de a los que hicimos llorar. Ese será nuestro juicio final. Decía bien el recordado Borges en una entrevista con el periodista César Hildebrandt: “Un rufián muerto sigue siendo un rufián. Y un cobarde muerto no es un valiente. La muerte no beneficia tanto. Aunque yo en una milonga digo: no hay cosa como la muerte para mejorar la gente”.

Pero Queta, te acuerdas de cosas que pasaron hace muchos años…

La memoria corta es la que me falla; la memoria larga, no. Esa sí, me acuerdo claramente; pero si tú me preguntas ¿qué almorzaste ayer? Ni idea.

¿Qué crees que es lo más difícil de envejecer?

Lo más difícil… carajo, perdón, que le jodan la vida a uno [ríe]. O que uno le jode la vida a los demás, también; porque se pone una vieja de mierda inaguantable.

Bueno, ¿y qué cosas has tenido que dejar de hacer por la edad? Tal vez dejar de comer cosas que le gustaban…

De comer, no tanto. Me cuido, lógicamente, por la edad; pero como de todo prácticamente. No como mucho, pero sí tengo mis horas. Antes sí me iba de jaranas criollas por el Rímac, por La Victoria, y a la una de la mañana me servían mi estofado, arroz con pollo y yo a todo atracaba.

¿Pero hay cosas que ha tenido que dejado de hacer que le gustaban, como leer?

Leer, sí…, caminar. Ahora tengo que salir acompañada o en la silla de ruedas, porque ya tengo dificultades para caminar. Me caí y me rompí la cadera.

¿Y hay algún secreto para llegar a su edad con la mente clara?

Posiblemente el estar recordando, conversando. Pero ¡el estar al día! Por ejemplo, en esa cojudez que se llama televisión, todo el día estoy mirando la televisión porque no me queda de otra [a medida que vamos conversando y agarrando confianza, suelta sus buenas palabrotas desde hace rato]. Tengo que estar mirando la televisión y me entero de todo lo que pasa en el mundo y acá.

Supuestamente la vida va enseñando. Sin embargo, veo también en políticos viejos, que gente mayor, pese a lo vivido, parece cometer los mismo errores. Por ejemplo, ahorita está de nuevo postulando Alex Kouri luego de estar preso…

[Me interrumpe] Ay, por favor, eso no se llama tener lucidez ni nada, ¡eso se llama ser un conchudo!

[Río] A lo que voy, ¿la gente se vuelve más sabia con los años —como se cree— o tiende a repetir los errores?

No solo tiende a repetirlos, sino que los agrande, los complica, los multiplica [ríe].

¿Piensa mucho en el pasado, es nostálgica?

No, nostálgica. Pero sí tengo recuerdos vivos. De mi niñez, dónde nací, cómo viví cuando era niña; el  Callao, porque para mí un referente importante de mi niñez es el Callao. Entonces lo sitúa a uno, es su puerto, es el Callao, es el mar, es el olorcito del mar. Por ejemplo, cuando yo viví en Estados Unidos con mi hija, que tiene una casa preciosísima y una situación maravillosa, yo extrañaba Lima, quería irme a Lima. Así cochinito es mi país y así lo quiero.

¿Y piensa mucho en la muerte, tiene miedo?

Cuando llegue la parca, me tendré que ir nomás. Pero no pierdo tiempo (pensando) en eso.

¿Cree en Dios, que hay algo más allá?

No sé si habrá un más allá; pero si hay un más allá, espero que sea mejor que éste. Me quedo con el más acá. El más allá llegará de todas maneras.

Finalmente, ¿creen que en la vida existe la felicidad, la ha conocido?

Creo que en la vida uno se hace la felicidad, uno. No es que “existe” la felicidad. La felicidad completa no hay. La felicidad está compensada con el dolor, con la pena; porque la vida está compuesta de eso. Uno es feliz porque ama a las personas, porque ama a las personas que quiere, a los padres, a los hijos, a los nietos. Pero también se van, hay pérdidas, y a uno le duele los que se van. Entonces es una con otra. Una dice “qué maravilla, ya soy madre”; pero después, cuando los hijos se van, “qué vacío tan grande”. Cuando se va la mamá, sobre todo una mamá tan importante como fue la mía… se fue. Se fue mi hermana, una mujer excepcional. Se fue mi esposo, el primero; mi esposo, el segundo, un hombre tan bueno, tan bondadoso. Y los amigos entrañables que he perdido a través de la vida. Parece que uno no lo puede soportar.

Pero al final se acepta. El tiempo cura las penas, ¿no?

Claro, de alguna manera. Le deja a uno el recuerdo. Sobre todo el recuerdo de los amigos. Porque yo he sido muy, muy amiguera. Más amiga de hombres que de mujeres. Amigas mujeres tengo pocas. El otro día hablé con una con la que tengo sesenta años de amistad. Somos los polos opuestos. Ella es gamonal y yo soy comunista [ríe con ganas]. Es como si fuera mi hermana.

Queta, otra cosita, necesito foto una foto tuya [le pregunto si podría hacer una foto actual].

¿Una foto actual? ¿A mí? ¿Para asustar a la gente? ¡Ni de a vainas! [y ríe sonoramente. A su edad su risa es aún poderosa]

UNA MÁS

Al final, ya alistando nuestras cosas y ante el intento fallido de hacerle alguna foto, hablamos al vuelo un poco de periodismo y viejos periodistas. Hablamos de diseño gráfico también, con ocasión del tema de la foto, y me dijo que tenía un amigo que era Jesús Ruiz Duran (que es diseñador gráfico y artista plástico). Y le muestro una vez más el tatuaje que tengo de Túpac Amaru, que es precisamente un diseño de Ruiz Durand. “Ah claro, ese es el Túpac Amaru de Ruiz Durand, de la Reforma Agraria”. En efecto, ese diseño sirvió como iconografía del proceso de reforma agraria en el Perú.

¿Entonces, llegó a conocer al general Velasco?

Claro, a todos los generales.

¿Cómo era?

Una persona increíble. Muy sensitiva, muy sensible.

¿A pesar de ser militar?

Tenía una sensibilidad muy especial. Por eso es que la gente lo entendió. Porque cuando murió Velasco, el entierro fue masivo.

Gracias, Queta, no te quito más tiempo.

No, qué ocurrencia. He estado encantada de la vida. ¡Qué se repita, que se repita! [y aplaude riendo].

Qué se repita, apreciada Queta. Como decían los afiches de los toros: si el tiempo lo permite.

Lima, Miraflores, abril de 2022

Sentada a la derecha, en el grupo que acompaña a José Carlos Mariátegui, está la gran reportera, luchadora, escritora y madre de Queta, Ángela Ramos. Hay varias fotos de ellas. También fue retratada por el pintor José Sabogal. “Creo ser una mujer que cumplió con su deber porque nací y moriré haciendo resplandecer la verdad”, Ángela Ramos.

[1] Relatos de Abogados, de Luis Fernando Castellanos y Eduardo Abusada Franco. Lima: Plectro Editores, 2022.

[2] Parte de la letra de la canción Valparaíso, de Osvaldo Rodríguez Musso, mejor conocido como ‘el gitano’ Rodríguez.

[3] INSTERTAR REFERENCIA SOBRE MATANZA DE EL FRONTÓN Y ANGELA RAMOS.

[4] Bartola Sancho Dávila, la reina de la marinera limeña. Nació en 1882 en el barrio de Malambo, en el Rímac. Una de las cunas de la cultura afroperuana. Fue un pilar del alma cultural limeña de toda una época. También cantante, cajonera y guitarrista.

[5] Augusto y Elías. Los hermanos Ascuez Villanueva nacieron en el viejo Malambo, en el barrio de Abajo el Puente. Famosos cantores de marinera limeña. Personajes fundamentales de la jarana y el criollismo limeño.

[6] Ricardo Roca Rey (1920-1985). Actor y director teatral. Fue también Director General del Instituto Nacional de Cultura —lo que ahora es el Ministerio de Cultura— en 1980.

[7] Ígor Stravinsky (1882-1971). Uno de las figuras mundiales más importantes de la música clásica. Compositor y director de orquesta ruso. La revista Time lo calificó como una de las personalidades más influyentes del siglo XX.

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