Vidas e Historias

Las zapatillas de una niña en los andes peruanos

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Por: Umberto Jara

Un par de zapatillas. Esa era toda su ilusión. Un par de zapatillas para ganar una carrera. Concluía el siglo XX y en ese año de 1999 —al igual que ahora— habían peruanos que no podían tener un par de zapatillas. En la ciudad de Junín, a la jovencita Gladys, una vecina le prestó un par para que pudiese anotarse en la competencia escolar. Llegó en segundo lugar. No por falta de velocidad ni resistencia. En el pueblito todos la veían pasar corriendo, siempre. No caminaba. Corría. Al colegio, a la bodega, a la placita. Llegó en segundo lugar porque las zapatillas prestadas le quedaron un tanto flojas. Tenía 14 años y en la meta se abrazó a la mamá, muy triste. No por el segundo lugar sino porque se había esfumado el premio: una cocina para la casa. Su madre la abrazó pensando en que tenía que conseguir un par de zapatillas que calzaran bien en los pies de su niña.

La señora Marcelina Pucuhuaranga, viuda con nueve hijos, alentó siempre los sueños de su última hija. En 1996, mientras miraban en un pequeño televisor los Juegos Olímpicos de Atlanta, la niña le alcanzó un sueño: “Me gustaría participar”. La respuesta de mamá Marcelina fue prágmática: “Prepárate”. Y Gladys Tejeda empezó a madrugar para entrenar a las cuatro y media antes de ir al colegio.

En ese tiempo, en un pueblito que no llegaba a los 20 mil habitantes, a 4 mil metros de altitud en la olvidada sierra, un peruano cualquiera habría dicho, con la tendencia a la burla que padecemos, que era un disparate pensar que podía llegar a una Olimpíada esa niña flacucha que no tenía ni un par de zapatillas. Han pasado veinte años. Todos llenos de sacrificios y voluntad indoblegable y Gladys Tejeda Pucuhuaranga ya logró participar en las Olimpiadas de Londres (2012) y Río (2016). Siempre ha tenido que comprarse un par de zapatillas como aquellas Nike amarillas que las conserva porque le recuerdan que clasificó con ellas a los Juegos Olímpicos de Londres.

Este sábado 27 de julio, al cruzar victoriosa la meta de la Maratón ganando la medalla de oro en los Juegos Panamericanos Lima 2019, Gladys Tejeda se abrazó con un amor infinito a su mamá Marcelina. Ambas consiguieron esa medalla. Ambas saben todo lo que costó el camino a esa victoria; todo lo que cuesta empezar a correr las maratones de la vida desde una provincia olvidada. Ellas saben que su mayor victoria es haber entregado, desde su modesta condición de peruanas laboriosas, una maravillosa y emocionante enseñanza: tal vez no se tenga un par de zapatillas pero si existe voluntad, sacrificio y perseverancia se puede convertir un sueño, que parece imposible, en realidad.

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