Por los Caminos

LAS CREENCIAS SUPERAN A LA VERDAD

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Hace unas semanas terminé de leer el libro ‘El etorno retorno. La derecha radical en el mundo contemporáneo’, de Farid Kahhat. De interés para cualquiera que quiera ver cómo funciona la geopolítica actual. Tiene muchas ideas a rescatar, pero deseo insistir en un punto: en la psicología de masas las noticias falsas o ‘fake news’, que se aborda en el capítulo VII. El autor aporta teorías, de especialistas en psicología, de por qué las noticias falsas son tan efectivas. Yo diría que son también ruidosas. Justamente buscan eso, hacerse notar.

Parte de la armazón en la que descansan las fake news está en el desencuentro entre hechos y creencias, entre razón y emoción. El famoso intelectual Noam Chomsky, decía hace pocos años en una entrevista: “La gente ya no cree en los hechos”. Así pues, la gente cree en lo que quiere creer, en lo que en su psiquis se ha instalado como tal. Transforman sus sensaciones, subjetividades, emociones, opiniones, en hechos. Este proceso es a nivel mental, pero es tal la metamorfosis operada, que la gente cree realmente que sus opiniones son hechos palpables, pues su cerebro les indica ello.

Se puede pensar que fácilmente pueden rebatirse estos argumentos mostrando la verdad “real”, las pruebas. Sin embargo, opera en lo que en psicología social se llama ‘disonancia cognitiva’. Pese a la evidencia verificable, muchos se niegan. Kahhat cita en su libro un ejemplo esclarecedor. En la asunción de mando de Donald Trump en EE.UU., el republicano decía que fue la más concurrida en la historia de ese país. Sus seguidores repetían lo mismo. No obstante, las fotos aéreas demostraban que la toma de mando de Barack Obama tuvo mucha más gente. Confrontados con esa verdad, un 15% de los seguidores de Trump insistía en lo que aseguraba su líder, cuando era evidente la mentira. En esos casos no calza la palabra con los hechos, hay una disonancia cognitiva. Cito al autor: “Según este, cuando se produce un conflicto entre nuestras creencias previas —sobre todo cuando las hacemos parte de nuestra identidad personal, como las creencias religiosas— y nueva información, buscamos de manera inconsciente reducir ese conflicto. Y tendemos a hacerlo ignorando la nueva información o distorsionándola para que coincida con nuestras creencias previas”.

Por lo anterior es que mucha gente con prejuicios muy instalados en su mente toma la verdad, cuando son confrontados con ella, como un insulto; pues ese hecho real ataca ideas que hacen la base de su existencia: su raza, su género, su condición sexual, su idea de lo divino. En un plano sin subjetividades, serían solo hechos, verdades. Pero esa verdad puede vulnerar la espina dorsal sobre la que descansa el ser de alguien. Por ejemplo, puede existir gente que en su mente cree realmente que los blancos son superiores o que la homosexualidad es un mal de Dios o algo similar. Así, esa persona ha construido su identidad cultural con base en sentirse superior por el solo hecho de ser blanco y heterosexual… algo meramente circunstancial, pero simbólicamente poderoso. Entonces, cuando le muestras estudios, estadísticas, datos, historia, de que ser blanco o heterosexual no te hace mejor ni superior, esa persona puede tomarlo de manera muy ofensiva, pues atacas su esquema de existencia. Ejemplos miles vemos en las peleas rabiosas de redes sociales a diario.

Por lo anterior, es que en otro capítulo del libro, Kahhat explica que las creencias culturales son incluso más fuertes en la mente de las votantes que valoraciones más tangibles como los programas económicos. En consecuencia, los votantes hacen su elección considerando más sus prejuicios o “tradiciones” culturales o mentales, que su propia conveniencia económica.

Quiero citar un ejemplo que puede ser ilustrativo de una película. Se trata del film La Reina, con Hellen Mirren interpretando a Isabel II, con el que obtuvo el Oscar a Mejor Actriz. La princesa Diana había muerto en el recordado atroz accidente, y el entonces primer ministro británico, Tony Blair, le exigía con insistencia a la reina una serie de actos de duelo. La soberana, cuya distancia con Diana de Gales no era un secreto, mantenía una criticada indiferencia ante esa muerte; pues el pueblo exigía de Isabel II una actitud más triste y realizar los funerales con toda la pompa real, aunque a Diana, la ‘princesa del pueblo’, no le correspondían. Ante la insistencia de Blair, el secretario de Isabel II llama al primer ministro y le dice algo así como esto —hasta lo que recuerdo, pues la vi hace años y no logro encontrar la escena en YouTube—: “Le pido que deje de presionar a la reina de esa manera. Ella no es como usted o como yo. Ella en verdad cree que está ahí porque Dios así lo ha decidido”. Hacía referencia pues al mandato divino, al derecho divino sobre el que se asienta la autoridad de los monarcas como toda legitimidad. Visto de tal manera, para la reina, esa creencia, que para cualquier puede resultar una fantasía, era algo sobre lo que reposa su ser, su existencia y su corona. Por lo tanto, decirle a alguien que eso no es verdad, es como insultar su razón. Peor aún, si le pruebas con evidencias que eso no es verdad. La persona interpelada puede reaccionar de muy mala manera en una actitud hasta entendible, pues es la defensa de su esencia.

El tema no es fácil de resolver. Por mi parte, muchas veces, prefiero no discutir.

Por: Eduardo Abusada Franco

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