Ciencia

Lancetgate: la rectificación más importante de la historia moderna

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La hidroxicloroquina es otra de las sustancias que han sido internacionalmente descartadas para tratar el Covid-19. En este artículo nos referiremos al fraude detrás del estudio científico que publicó la prestigiosa revista médica The Lancet el pasado 22 de mayo, ocasionando que la Organización Mundial de la Salud (OMS) descartara abruptamente el uso de hidroxicloroquina (HC) como potencial tratamiento para el virus y sus síntomas.

Como informó The Guardian (04/06/20), el estudio, luego rectificado, fue liderado por Mandeep Mehra, reputado científico de Harvard, y tuvo una influencia inusitada: a menos de 24 horas de su publicación, la OMS “detuvo las investigaciones del brazo que estudiaba la hidroxicloroquina” (que se llevaban a cabo en una treintena de países simultáneamente), decretando que ya no valía la pena hacerlas debido a los hallazgos de Mehra y su equipo. Ellos concluyeron que el medicamento usado para combatir la malaria desde 1955 –de libre producción pues ya perdió todo derecho de autoría hace buen tiempo– no solo era inútil para tratar el Covid-19, sino que podía ocasionar males cardiacos y aumentar la mortalidad del virus.

Pero las críticas al estudio no tardarían en llegar: a siete días de la publicación, más de un centenar de médicos y especialistas le escribirían una urgente carta a The Lancet cuestionando la autenticidad de los datos usados para el estudio. La información médica y estadística que lo respaldaba había venido de una misteriosa institución llamada Surgisphere, que decía contar con un sistema revolucionario de recopilación de información basado en inteligencia artificial y el acceso a 1,200 hospitales en una docena de países de varios continentes. Pronto quedaría claro que la información no era auténtica y que la ahora desaparecida Surgisphere –se esfumó en medio del escándalo– difícilmente contaba con tal tecnología.

El científico de Boston James Heathers le dijo a The Guardian (05/06/20) que, debido a las consecuencias y a la seriedad del asunto, nos encontramos ante la rectificación científica “más importante de la historia moderna”.

A pesar de ello, poco se ha hablado del asunto en la prensa del primer mundo y mucho menos en la de nuestra región. Usted podrá encontrar un par de notas informativas superfluas –que no permiten entender la gravedad y significado del evento– en El Comercio, por ejemplo, pero sin un correlato editorial, sin opiniones o comentarios al respecto por parte de sus periodistas, editores o colaboradores. Nada que ponga el asunto en relieve y señale que merece ser observado, comentado, discutido, subrayado.

Eso tiene una consecuencia natural: el fraude en cuestión no formará parte de la narrativa mediática a futuro ni será citado para explicar nada, como si jamás hubiera sucedido. No se señalará que hay argumentos para desconfiar de la versión oficial, difundida por una prensa presta a señalar “teorías de conspiración” con respecto a todo lo que involucre a la élite. Así se ensancha el abismo entre el segmento “biempensante”, crédulo y confiado, que sin necesidad de investigar nada por sí mismo, sigue a rajatabla lo ordenado por las autoridades internacionales y trata con desdén a todo aquel no lo hace y quienes ya no confían en ellas. El “biempensante” no ve razones para desconfiar de las versiones oficiales porque sucesos como el relatado aquí son pasados por agua tibia sistemáticamente y porque sus consecuencias no son tan nocivas para quienes ocupan estratos sociales privilegiados, que pueden darse el lujo de hacerse de la vista gorda y pagar los carísimos medicamentos que empobrecen al resto de la sociedad.

Muchas veces, el ocultamiento se hace, justamente, para no “minar la confianza en las instituciones tradicionales”, lo que “fomentaría el caos”, “debilitaría la democracia”, etc. Así razona la élite en sus diarios, también quienes se identifican con ella, aspiran a integrarla o trabajan para ella.

Debido a lo explicado, mientras la primera noticia sobre la alegada inefectividad y peligrosidad de la hidroxicloroquina dio la vuelta al mundo rápidamente y sin dejar muchos resquicios, gracias los grandes conglomerados mediáticos, la apurada OMS y el Dr. Anthony Fauci, la vergonzosa retractación del artículo científico fraudulento de The Lancet no corrió la misma suerte. Así, destapado el fraude científico, la narrativa mediática y la política internacional con respecto a la hidroxicloroquina prácticamente no varió.

Luego de la interrupción abrupta de los estudios internacionales ocasionada por el estudio de The Lancet y la posterior rectificación, la OMS retomó los experimentos con HC solo para pararlos nuevamente a las dos semanas, decretando que los abandonaba definitivamente sin haber encontrado resultados positivos. Desde entonces, muchos doctores han salido públicamente a hablar de sus experiencias positivas tratando pacientes con HC, solo para ser automáticamente censurados por redes sociales como YouTube y Facebook, en un ataque abierto a la libertad de expresión e información de esos doctores y los miles de millones de usuarios de esas redes sociales.

Sundar Pichai, de Google, le dijo el 29 de julio pasado a un comité del Congreso norteamericano sobre prácticas monopolísticas que los doctores que contradigan a la CDC –Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades de EE.UU.– serán censurados. Pero la CDC y otras instituciones públicas estadounidenses vienen siendo secuestrada por el lobby más poderoso del mundo, el de Big Pharma, desde hace décadas, lo que convierte a Google y a Facebook en simples voceros y representantes de intereses corporativos que hace mucho dejaron de esconderse entre las sombras.

Detrás del fraude: Surgisphere

Surgisphere fue creada por un médico con un historial de mala praxis y proyectos opacos llamado Sapan Desai, coautor de los estudios científicos que usaron la información falsificada de su empresa y fueron publicados en The Lancet y otras revistas científicas de peso (Desai fue el único de los especialistas que nunca rectificó nada, además). Pero Surgisphere no poseía una oficina propia ni un equipo calificado (contaba con un escritor de ciencia ficción, una modelo de contenidos para adultos y otros 3 o 4 empleados sin preparación).

La empresa aseguraba que su sistema informático, “QuartzClinical”, reunía información en tiempo real de 1,200 hospitales y clínicas del mundo entero, un logro que especialistas en información y bancos de datos consideran demasiado difícil de creer debido a las importantes limitaciones técnicas y legales involucradas. Más de un estudio importante, basado en la información supuestamente recopilada por Surgisphere, sería liderado por el reconocido médico y científico de Harvard Mandeep Mehra, mencionado arriba. De acuerdo con la revista Science, la presencia de Mehra le dio al estudio sobre Covid-19 e hidroxicloroquina el peso necesario para ser publicado rápidamente en un medio de divulgación científica como The Lancet.

Otro estudio basado en la “data” trucha de Surgisphere se referiría a la ivermectina y concluyó que dicho medicamento sí tenía potencial en la lucha contra el Covid-19, suscitando su promoción en varios países, incluido el Perú. Como explica The Guardian (04/07/20):

“El 2 de mayo, dos semanas luego de que el estudio apareciera en línea, un doctor en Perú escribió un reporte para el gobierno sobre el uso de ivermectina para el tratamiento de Covid-19, citando extensamente (los datos) de Surgisphere como evidencia… Menos de una semana después, el gobierno peruano incluyó la ivermectina en sus lineamientos terapéuticos nacionales. Alrededor del mundo, proyectos que incluían la ivermectina recibieron miles de dólares en subsidios”.

El Ministerio de Salud del Perú emitió su resolución validando el uso de la ivermectina como tratamiento para el Covid-19 el pasado 8 de mayo. Su par boliviano haría lo mismo unos días después. Pero el estudio hacía agua por todos lados, ocasionando que científicos y especialistas hallaran “anomalías” inexplicables que no tardarían en denunciar. Un doctor de Barcelona, Carlos Chaccour, leyó con asombro que el estudio hablaba de 52 pacientes de Covid-19 que habían recibido ivermectina, cuando en ese entonces dicho medicamento veterinario aun no era discutido como potencial tratamiento contra este mal. El estudio también mencionaba tres casos de pacientes de Covid-19 recibiendo respiración mecánica e ivermectina, al 1 de marzo, en África. Pero para esa fecha “solo se conocían dos casos de Covid-19 en todo el continente, y ninguno en ventilación”, explica el español.

Con experiencia en África, Chaccour asegura que es difícil creer que los hospitales africanos estén conectados a una base de datos como la que Surgisphere aseguró tener, pues no cuentan con equipos tan sofisticados. Habiendo estudiado la ivermectina por 12 años, Chaccour le escribió a Desai un correo con varias dudas sobre el estudio mencionado, recibiendo por respuesta una carta llena de elogios e ideas para colaborar en proyectos futuros, pero nada sobre sus cuestionamientos.

La página de Surgisphere desaparecería de internet poco después de que empezaran los cuestionamientos sobre su estudio sobre hidroxicloroquina.

El fraude había sido urdido sin mayor cuidado. La información médica que Surgisphere dijo haber recopilado de Australia, por ejemplo, mostraba cifras de muertes por Covid-19 superiores a las registradas en ese país en ese momento. Cuando The Guardian (03/06/20) preguntó a siete hospitales en Sydney y Melbourne, importantes ciudades del país oceánico, si sabían algo al respecto, todos negaron tener cualquier tipo de conocimiento. Entre otros detalles, la información médica de Surgisphere incluía la raza del paciente, un dato ilegal en muchos países y no recopilado en muchos otros.

La putrefacción lo explica

The Guardian sugiere que el fraude podría atribuirse al deseo de figuración del dueño de Surgisphere. Nosotros no. El efecto concreto del estudio, con su inmediato correlato mediático e institucional, sería la exclusión de un medicamento barato y potencial competidor de otros proyectos de Big Pharma en la lucha contra (o por lucrar de) la pandemia.

El pasado 15 de abril, una congresista estadounidense llamada Jan Schakowsky  quiso ponerle coto al lucro farmacéutico durante la pandemia, haciendo que las compañías que integran lo que se denomina críticamente “Big Pharma”, vendieran los medicamentos que están desarrollando para el Covid-19 a precio “razonable”, haciendo públicos sus costos de investigación y producción. Lobistas y grupos conservadores financiados por la industria farmacéutica no permitieron que la legislación al respecto incluyera esas demandas. Como informa The Intercept (13/03/20), cuando se negociaba el financiamiento público para un remedio para el virus, la congresista Schakowsky le remitió sus observaciones y solicitudes a Alex Azar, Secretario de Servicios Humanos y de Salud nombrado por Donald Trump. Pero Azar había llegado al gobierno luego de ser el lobista más importante de la gigante farmacéutica Eli Lilly.

“Todas y cada una de las drogas aprobadas por la Administración de Alimentos y Drogas (FDA, por sus siglas en inglés) entre 2010 y 2016 usaron ciencia financiada con dólares del contribuyente a través del NIH (Instituto Nacional de Salud, EE.UU.)”, explica The Intercept. Por ejemplo, “…el antiviral sofosbuvir, usado para la hepatitis C, surgió de estudios clave financiados por el NIH. La droga es hoy propiedad de Gilead Sciences, que cobra $1000 por píldora”. Gilead también tiene a uno de sus lobistas más avezados dentro del gobierno de Trump gracias a la proverbial puerta giratoria que ha convertido a funcionarios de distintos gobiernos en empleados y representantes de ventas de Big Pharma.

Esta degeneración de la medicina y la ciencia debido a la influencia de poderosos intereses comerciales no es cosa nueva, pero sí ha sido sistemáticamente ocultada por la prensa corporativa y las instituciones que desean estabilidad para un mundo cuyas bases están podridas y no tardarán en desplomarse. Su mensaje tradicional de que “todo está bien” y no hay nada fundamental que cambiar, nos está matando. Detrás de esa defensa del statu-quo se encuentran sus privilegios, no los intereses comunes que dicen proteger.

En 2001, Richard Horton, editor de The Lancet, escribía lo siguiente: “La influencia comercial y maligna sobre la investigación es complicada (aún más) por los conflictos de interés de los propios investigadores… las fuerzas del sesgo comercial amenazan con ensuciar de manera permanente la integridad de la medicina… Los Gobiernos, a nivel nacional y regional, han fallado consistentemente (en su deber) de poner el interés de la gente por delante del dinero”. Por su parte, las instituciones académicas, una “posible solución al problema, se han convertido ellas mismas en negocios”.

Catorce años más tarde, el mismo Horton escribiría: “El caso contra la ciencia es muy sencillo: mucha de la literatura científica, quizás la mitad, podría simplemente ser falsa. Afligida por estudios de muestra pequeña, efectos diminutos, análisis exploratorios inválidos y flagrantes conflictos de interés, junto con una obsesión por perseguir modas de dudosa importancia, la ciencia ha dado un giro hacía la oscuridad” (The Lancet, vol. 385, 2015).

Por Daniel Espinosa. Publicado en Hildebrandt en sus trece el 7 de agosto de 2020.

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