Por los Caminos

LA VEZ QUE ME FUI DE CARA

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El destino es curioso. Un solo acto, una sola conducta, incluso una casualidad de un día o minutos, puede definir toda nuestra existencia. Ganarse la lotería, descubrir por casualidad un tesoro, salvarle la vida a alguien en un asalto en el que te encontraste por puro azar. Una caída, tal vez, puede trazar el derrotero de tu vida. A mí me pasó. Algo así. Fue una caída de cara. Digamos que no exactamente marcó mi camino, pero me evitó uno: ser galán de cine. Bromas al canto, la historia del más célebre contrasuelazo que tuve en mi vida, fue como sigue.

Contaba apenas meses de nacido. Año de la Constitución del pueblo y de la muerte de El Jefe, el viejo Víctor Raúl Haya de la Torre. 1979. Mi mamá, una madre de joven de apenas 23 años, tenía un Volkswagen escarabajo blanco que le había regalado el abuelo. No eran tiempos de pestillos eléctricos ni seguros para niños en los autos. Según me cuentan —muchos años después—, me llevaban todo emperifollado, como una canasta para obsequio, a la misa. La mamá manejaba, apenas habíamos salido de casa, y Elsa, mi nana (que hasta hoy me sigue cuidando y me cargaba en lliclla mientras cocinaba), me sostenía en su regazo. Tampoco eran los tiempos de sillas para niños. La mamá y la Elsa venían discutiendo por algo. Mientras, este nene, que desde entonces ya era fortachón —cual Hércules cuando trituró en su cuna a las dos serpientes que le mandaron con sus propias manitas—, fue abriendo la puerta del escarabajo. Mi mamá tomó una curva rápido, y luego todo fue espanto.

Enrollado como estaba entra las ropas de bebé, salí despedido como un bulto, dando tumbos en la pista. Quedé allí, inerte, sin moverme, sin llorar. Seguramente noqueado. Mi mamá no es precisamente alguien que mantenga la calma en momentos de crisis. En lugar de recogerme, salió gritando desesperadamente rumbo a la casa, a buscar a mi papá. A medida que llegaba, se le aflojaron las piernas y me contaba mi papá que la vio rampando tipo Rambo, con las rodillas ensangrentadas por los raspones en el asfalto. Desde la esquina escuchó sus gritos. Salió semicalato y en segundos tuvo que deducir la dimensión de la tragedia, pues mi mamá no estaba en condiciones de explicársela, ni atar ideas. Corrió hacia la ruta del auto, y allí seguía yo en la pista. Un grupo de curiosos ya se iba formando en derredor para ver el “cadáver”. Elsa me contaría, mucho años luego, que quería acercarse, pero alguien la atajó diciéndole: “No lo toques, está muerto. Te van a echar la culpa”. Papá me recogió con una mano, como una bolsa de pan, y me llevó al hospital, que a la sazón estaba muy cerca, en el barrio donde vivíamos (en ese tiempo, en Mollendo, todo era relativamente cerca).

Esa misma noche iban todas mis tías a casa a ver cómo estaba. Me moría de sueño, pero apenas me cabeceaba un poco, me hacían despertar las malvadas. Dicen que cuando alguien se golpea fuerte la cabeza no debe dormir. Desde entonces tengo problemas de sueño. No duermo bien en las noches y preciso parchar con siestas el incompleto sueño.

Tal fue la historia de mi más célebre caída. Según mi mamá me fui de cara, quedé todo magullado y con costras. Según mi papá no nací muy bonito que digamos, me contaba que parecía un molde de queso fresco: sin pelo, pálido y de cara muy redonda. Y que con la caída quedé peor. A medida que crecí me fui componiendo un poco (y mi mamá como que de vez en cuando me trata de enderezar la cabeza a chancletazos), pero quedé algo áspero de piel en el rostro. El acné se encargó de rematarla. Así quedaron truncas mis aspiraciones para ser galán de cine. Tal vez será por eso que hoy uso barba. Como sea, acá sigo vivo, sufro de migrañas desde adolescente, y cada vez que subo a un Volkswagen escarabajo me sujeto bien el cinturón de seguridad. Más aún si es blanco.

Por: Eduardo Abusada Franco

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