Pena máxima

La telenovela de Messi y el fútbol-negocio

0

UNO

El negocio entró al fútbol un par de décadas después de la institucionalización de este deporte. Dejó de ser un hobby de los señoritos de los colegios privados ingleses, y pasó a ser una práctica de los obreros industriales. Varios de estos últimos, en especial provenientes de Escocia, se convirtieron en los primeros ases del balón. Así, empezaron a recibir compensación económica por parte de los clubs que iban apareciendo. En 1885, cuando se llevaban más de diez ediciones de disputada la Football Association Cup, el fútbol se profesionalizó de manera oficial en Inglaterra. El clímax llegó con la fundación de la First Division tres años después. Ser futbolista era el nuevo oficio rentado en la última etapa de la Inglaterra victoriana.

Aunque existiera el negocio, que luego se amplió con las compras de los pases de los mejores jugadores, este convivía con valores como el amor a la camiseta y a la misma práctica del fútbol. Fueron los clubes italianos los primeros en llevarse a futbolistas sudamericanos (argentinos, para ser más precisos). Estos terminaron jugando para la selección italiana y salieron campeones en la Copa del Mundo de 1934. Pero la mayoría prefirió volver a su país y seguir jugando en el club de sus amores.

El negocio en el fútbol comenzó a escalar luego de la Segunda Guerra Mundial. Los clubes colombianos pagaron buenas cantidades de dinero para contratar futbolistas argentinos, uruguayos y peruanos. La “era del Dorado” produjo equipos legendarios como el Millonarios de Bogotá, conocido en el mundo como el Ballet Azul y comandado por un tal Alfredo di Stéfano. La fama del juego de este futbolista argentino trascendió el Océano Atlántico. Clubes españoles como el Barcelona y el Real Madrid se interesaron en contratarlo. El último ganó tras una larga batalla judicial y mediática. Con Di Stéfano, el Madrid terminó de convertirse en grande. El conjunto blanco no solo empezó su hegemonía en el fútbol español, sino que puso su sello en el otrora Viejo Continente, al ganar las primeras cinco ediciones de la Copa de Europa, hoy Champions League.

Di Stéfano abrió las puertas de Europa a muchos futbolistas sudamericanos. Clubes de España e Italia se llevaron a jugadores argentinos, brasileños, uruguayos, peruanos, paraguayos. Pese a ello, cuando competían en la Copa Intercontinental, los equipos de América del Sur desafiaban el poderío europeo reforzado con foráneos. El Santos de Pelé no tenía nada que envidiar al Madrid. Lo mismo pasaba con el Peñarol uruguayo o el Independiente argentino. Y en las Copas del Mundo para selecciones, ese equilibrio se mantenía. El fútbol era ese deporte en el que no importaba si eras de un país subdesarrollado del hemisferio sur. Si eras bueno, te imponías a cualquiera. Y en la misma Europa, clubes de Rumania o Yugoslavia podían ganar cualquier campeonato continental sin importar que el Madrid, la Juventus o el Bayern Múnich estén al frente.

DOS

Del negocio en el fútbol se pasó al fútbol-negocio. En junio de 1990, el belga Jean-Marc Bosman terminaba su contrato con el RFC Lieja de su país. Este equipo le ofreció renovar por un año más. El jugador no quedó satisfecho con la oferta. Bosman llegó a un acuerdo con el USL Dunkerque de la segunda división francesa, que le ofreció algo mejor. El club belga exigió a su par francés el pago de una millonaria indemnización para ceder al futbolista, lo que no fue aceptado. Bosman presentó una demanda ante el Tribunal Europeo de Justicia por ver vulnerados sus derechos al trabajo y a la libre circulación, como ciudadano de la Unión Europea (UE).

Cinco años después, el Tribunal Europeo de Justicia declaró ilegal la indemnización por traspaso que pretendía el RFC Lieja, y que cualquier futbolista de un país de la UE podía jugar en otro club de otro país del mismo bloque. Esto generó que, por ejemplo, un futbolista holandés no ocupe plaza de extranjero en España. Así, empezó un carnaval de contrataciones, especialmente de los equipos más importantes de España, Italia e Inglaterra, en desmedro de otros clubes europeos. Para asegurar la tenencia de los mejores jugadores del planeta, dejaron que grandes corporaciones y jeques árabes inviertan millones de euros, y que incluso compren sus clubes. Esas ligas pasaron de ser torneos en los que cuatro o cinco equipos disputaban el título, a ser conversaciones de a dos y hasta monólogos. Los demás miraban sin sitio en la mesa, por no tener el mismo peso económico. Eso también generó que clubes sin ninguna tradición, como el Chelsea y el Manchester City, alcancen de pronto los primeros planos.

Esa desigualdad se trasladó a los torneos continentales. Victorias como las de Steaua de Bucarest en 1986 y del Estrella Roja de Belgrado en 1991 en la Copa de Europa eran cosas del siglo pasado. El surrealismo también se hizo presente: el Internazionale de Milán, a fines de esa centuria, no tenía a ningún italiano en su oncena titular. Y la máxima expresión de derroche económico la protagonizó el Madrid, con sus famosos galácticos. Ya no se armaban equipos, sino constelaciones de astros. Junto al Barcelona, concentró la atención mediática de la prensa deportiva dirigida a América Latina, con base en Argentina. Con dosis de marketing y publicidad, creó el relato del superhéroe en el fútbol: Messi sería el bueno (porque era argentino) y Cristiano Ronaldo, el madridista, sería el villano. La función del fútbol-negocio había empezado.

TRES

Cuando la Selección Argentina Sub-20 ganó su sexto mundial de la categoría en 2005, con Messi como emblema del equipo, los medios argentinos crearon un mito. Se obsesionaron con convertir al rosarino en el nuevo Diego Maradona. Reforzaron ese relato que dice que Argentina ganó la Copa del Mundo de 1986 gracias a un genio del balón y diez troncos. Diego fue la estrella de ese mundial, pero Argentina fue campeón en México por tener juego de equipo. Burruchaga y Valdano fueron soportes en el ataque argentino. Batista era un baluarte en el mediocampo. Ruggeri y Brown, figuras en la defensa. Y Carlos Bilardo un entrenador estudioso del rival e innovador en la táctica. Y en esa victoria del 2005, si bien Messi fue la figura, todo se debía al proyecto iniciado años atrás por José Pekerman.

En el inicio de la era dorada del Barcelona, Messi apareció a la sombra del camerunés Samuel Eto’o y el brasileño Ronaldinho, los cracks del momento. Al dejar estos dos el equipo en 2008, emergieron dos grandes jugadores españoles: Xavi Hernández y Andrés Iniesta. Los campeones en Sudáfrica 2010 fueron los soportes en el equipo, y está claro que Messi tomó el protagonismo. Pero la prensa argentina insistió con el relato del gran Barcelona solo gracias a su compatriota. Ese relato empezó a mostrar sus fisuras cuando en la Selección no pudo repetir los mismos éxitos. Entonces el discurso se acomodó: en Argentina no tiene buenos compañeros.

Todo tiene su final. Xavi Hernández puso fin a su exitosa carrera. Iniesta decidió irse a jugar a la liga japonesa, lejos de los reflectores europeos. Y si bien Messi era Messi, el Barcelona perdió mucho con la salida de estos grandes futbolistas. Aunque en los últimos cinco años el Barza ganó algunas ligas españolas, fue el Madrid el que logró la hegemonía en Europa con Zinedine Zidane como entrenador y con el enemigo favorito de la prensa argentina: Cristiano Ronaldo.

El clímax de esta crisis llegó con el 8-2 que le propinó en Lisboa el Bayern Múnich alemán, un equipo que está en las antípodas del fútbol negocio: no está en manos de un multimillonario, sino de sus socios; sus exjugadores son los dirigentes (Allofs, Beckenbauer, Rummenigge); contratan buenos futbolistas no necesariamente mediáticos (¿alguien ubicaba a Alphonse Davis? ¡Qué lateral!).

Tras el desastre en Lisboa, Messi anunció que se iba. Dijo que el Barcelona no tenía un proyecto ganador, que su presidente era un desastre como dirigente. La prensa le prestó más atención a este drama que al merecido título del Bayern Múnich en la Champions. Se concentró en su posible pase al Manchester City o al Inter de Milán. Una cláusula en su contrato, que tiene un año por vencer y que obliga al equipo que quiera su pase a pagar cientos de millones de euros, lo obligó a quedarse en el club catalán. La telenovela continúa.

Lo ideal es que si alguien está incómodo en algún lugar, no debiera tener dificultades para irse. El superhéroe Messi no pudo con la realidad. Esos cientos de millones de euros en el centro no solo son producto de una negociación entre un club y un jugador: también hay contratos publicitarios de por medio. Messi termina siendo una víctima del fútbol-negocio, que no necesariamente es la aparición de equipos de Red Bull. El fútbol negocio es aquel en el que el dinero se impone al futbolista, y el marketing del héroe individual se impone por encima del juego en colectivo. Felizmente, proyectos como los del Bayern Múnich, el Sevilla, el Liverpool y el Tottenham han aparecido en estos años para demostrar lo contrario.

Por: Víctor Liza Jaramillo

Noam Chomsky: “Julian Assange no está siendo juzgado por su personalidad, pero así es como el gobierno de EE.UU. quiere que lo veamos”

Previous article

La derecha «democrática» o del camino antidemocrático para salvar la democracia

Next article

You may also like

Comments

Leave a reply

Su dirección de correo no se hará público. Los campos requeridos están marcados *