Cultura

La limpieza étnica a través de la lengua: reflexiones sociolingüísticas.

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Por: Alejandro de la Fuente “Roco”

Disloquemos, por un momento, la mirada académica multidisciplinaria (lingüística, sociológica, antropológica, etc), del reportaje “Los castellanos del Perú”. Este, incluso desde la carencia de profundización, se presenta ante el espectador con una intención noble: entender la constitución del habla en sus múltiples variedades, sin ninguna superioridad, sin ningún tipo de predominación.

Ahora bien, si nos vamos por otro flanco, este material no solo busca concientizar al receptor y llamarlo a una apertura más amplia de la lengua. Va también al emisor, al sujeto parlante de una variedad fuera de la “estándar”: busca una conciencia sociolingüística. ¿Por qué es importante esto? Pues porque busca fortalecer los vínculos y la lealtad con la lengua materna y, desde la subjetividad, otorgarle una valoración positiva a las bases de nuestra propia identidad. Tengamos en cuenta que nuestro primer contacto con la realidad es a través de las palabras; es decir del lenguaje. No es exagerado deducir que uno de los objetivos de determinada agenda política es el establecimiento de una identidad única (entre otros aspectos, a través de la lengua). ¿Alguien al fondo del salón dijo fascismo? No debemos olvidar que, aunque pareciera una mera forma cosmética (para muchos), la lengua es el puente con emociones y sentimientos muy profundos.

Pero, ¿qué sucede cuando estas agendas políticas cobran tal relevancia que se convierten en hegemónicas? ¿qué pasa cuando se perpetua una variedad estándar, en la cual un tipo de castellano se constituye como el formal y socialmente aceptado? Se genera un punto de inflexión, en el cual, en determinado momento de la trasmisión cultural algo se rompe. La cadena generacional se interrumpe. Algo ligado con lo más profundo de nuestra cultura. ¿El resultado es que alguien decide que, porque su castellano es mal visto y se burlan de él, va a cambiar de forma del habla por aquella prestigiosa. ¿A qué suena esto, nuevamente? Esto no es más que una limpieza étnica. A ese que dijo fascismo al fondo del salón una mención honrosa, por favor.

Vamos a traducir esto en un enunciado simple: esta cimentación de la variedad estándar da paso a la renuncia de lo que somos para dar paso a lo que determinado tipo de sociedad acepta que seamos. Lo que “ellos” quieren que seamos. El lenguaje se convierte en un elemento de juicio enmarcado dentro de la dicotomía bueno/malo, en las que por su puesto, la propia lengua se enarbola de forma negativa. Una decisión comandada por la motivación de un supuesto ascenso social.

Ellos (los comisarios del castellano) aducirán que un “correcto” uso del lenguaje sirve para perpetuar el idioma, para entendernos mejor. Ellos olvidan que, no siempre las formas más prestigiosas (y enmarcadas dentro de lo estándar) guardan armonía con un criterio normativo estipulado por la RAE. La valoración de prestigio fluctúa sin importar su formalidad y dependiendo del emisor del que provenga. Es decir, ni siquiera tienen a su favor un argumento formalista, pues se le otorga validez a licencias dependiendo su procedencia en determinado circuito social, tal como sugiere la lingüista Pamela Jimenez en “Si hablamos el idioma castellano, debemos hablarlo bien”: actitudes lingüísticas en comunidades afroperuanas de Chincha.

Reportajes como “Los castellanos del Perú” buscan disminuir lo que el lingüista William Labov llama “inseguridad lingüística”. Buscan erradicar episodios en los cuales voceros de esta variedad estándar discriminen a alguien por su forma de usar el lenguaje. Busca que grupos de poder (sí, eso que tanto les jode que se mencione) no se perpetúen en toda su expansión. Busca que alguien, ya sea para conseguir un trabajo o lo que fuese, no esconda su dejo, el sello de su maternidad y de su identidad por temor a ser rechazado. Y, por supuesto, busca que en la otra orilla no haya alguien que rechace todo aquello que no se asemeje a su propia variedad. Racismo nunca más.

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