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La cuarentena: alternativa de la precariedad

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La múltiple crisis que atraviesa el mundo debido al Covid-19 nos llama a debatir algunas cuestiones fundamentales: ¿se exageró el peligro?; ¿fueron las medidas tomadas proporcionales a la magnitud de la pandemia?; ¿traerán las cuarentenas mayores desgracias que el virus mismo? Y en cuanto al Perú, dadas las lamentables condiciones estructurales: ¿teníamos otra opción que cuarentenas generalizadas?

Como veremos, las respuestas a estas preguntas –por el momento, tentativas y parciales– van abriendo otros espacios de debate igualmente relevantes. Si bien vivimos en sociedades que se ven a sí mismas como democráticas, en las que la discusión debería ser rica, pública y constante, la realidad es algo distinta. Por lo general, las decisiones más importantes suelen tomarse a puertas cerradas, entre pequeños círculos de gente muy poderosa (recordemos las negociaciones secretas y antidemocráticas de varios tratados de libre comercio firmados en este siglo, por ejemplo).

Mientras esos señores importantes toman las decisiones –y se esfuerzan por llevar la autoridad del ámbito nacional y gubernamental al ámbito supranacional de sus organizaciones globales–, las masas son arreadas por la propaganda, en muchos casos mediante la producción deliberada de miedo.

Fue en medio de terrores colectivos como los que crea la propaganda que hace unos cuantos siglos se quemaba viva a la vecina emancipada –y luego a medio pueblo– tras acusarla de brujería. Hoy le sumamos a esos miedos arcaicos las fobias cultivadas por una prensa corporativa cuyo eje es la ganancia, una prensa completamente alineada con el poder económico (sus grandes anunciantes) y su ideología, el neoliberalismo. Le tenemos miedo al cambio político que conduce irremediablemente al chavismo, a armas de destrucción masiva que no existen, a terroristas escondidos en cuevas miserables y polvorientas en Afganistán, a inmigrantes que caminan mil kilómetros solo para violar y a que doctores cubanos lancen arengas al Che Guevara en el Perú.

El miedo, desgraciadamente, ha probado ser la herramienta más efectiva para inducir a grandes grupos de seres humanos hacia una determinada línea de acción (o hacia la pasividad y la obediencia).

Medidas desproporcionadas

Un gobierno autoritario puede quitarnos nuestra libertad individual de un momento a otro. Un gobierno presuntamente democrático también, pero para hacerlo necesita la emergencia correcta y una justificación convincente. Debemos saludar el escepticismo de quienes cuestionan las políticas implementadas alrededor del mundo para paliar la pandemia de Covid-19, después de todo, gozamos de una serie de libertades esenciales que estamos dispuestos a ceder y hemos cedido –al menos en parte– por una causa mayor (algo que podría ser muy loable o inmensamente estúpido, de acuerdo a las circunstancias).

En Alemania, un grupo de doctores liderado por Heiko Schöning y Bodo Schiffmann sostiene que lo que estamos haciendo (o permitiendo que hagan) es inmensamente estúpido. Los mencionados, junto con otros miles de alemanes, han organizado una comisión de investigación civil y extraparlamentaria, pues tienen serias dudas de que las medidas de cuarentena hayan sido proporcionales al problema sanitario producido por el Sars-Cov-2. Además de hacer hincapié en la obvia catástrofe económica, los doctores Schöning, Schiffmann y compañía se preguntan si era realmente necesario impedir que los niños salgan a la calle, jueguen entre ellos o asistan a la escuela. También si era necesario impedirles a los adultos visitar a sus padres ancianos en los asilos (donde se ha dado un porcentaje enorme de los fallecimientos de Europa y Norteamérica). Imaginemos por un instante la soledad y desesperación de esos ancianos y el nocivo efecto psicológico del encierro y el aislamiento en quienes hoy son niños.

No se trata de que alemanes o peruanos no podamos hacer esos sacrificios pensando en el bien común, sino de que cualquier recorte de nuestros derechos elementales debe estar sólidamente justificado. Cuando se evalúan críticamente las cualidades de algún régimen político, se observa precisamente eso: el respeto de ese gobierno por las libertades de sus ciudadanos. Esa vigilancia democrática no puede reducirse ni anularse debido a que la causa del recorte de nuestra libertad sea sanitario y no político (o que así se presente).

Los alemanes contrarios a las cuarentenas señalan también que una gran cantidad de especialistas bienintencionados –algunos bastante reputados, además–, provenientes de campos como la epidemiología, la virología, la bacteriología o la química, han sido ignorados por su gobierno. En algunos casos hasta se les ha llamado mentirosos, charlatanes y “teóricos de la conspiración”. Esta renuencia al debate dice mucho del talante democrático de las instituciones a la cabeza de la salud globalizada. Resulta que quienes han dirigido la respuesta al Covid-19 se han dado el lujo, incluso, de ignorar los consejos de una reunión de ganadores del Premio Nobel, ¡imagínese!

Los “Lindau Nobel Laurate Meetings” se dan cada año (desde 1951) para reunir a la crema y nata del intelecto y la ciencia mundial con estudiantes de pregrado y jóvenes investigadores, como una suerte de encuentro intergeneracional de genios de diversos campos. Este año, la reunión fue virtual. Según Michael Levitt, ganador del Nobel de Química en 2013 y participante del mitin, “los datos estadísticos (sobre la pandemia) tenían algo muy claro que señalarnos”, pero no hicimos caso.

Su opinión es que “nunca debimos escuchar a los epidemiólogos”, pues no centran sus esfuerzos en obtener una lectura precisa de la situación, sino en prevenir una epidemia a toda costa, lo que los lleva a “sobrestimar la amenaza”. “Han causado cientos de miles de millones de dólares en sufrimiento humano y daños, sobre todo a la generación más joven… esto hará que el 9/11 se vea como un cuento para niños”.

Según el científico, “una o dos voces” dominan el debate sobre la pandemia, en lugar de que un comité de expertos aconseje toda política y guíe el debate. “… hemos dejado que la economía y la política dicten la ciencia”, asegura Levitt.

Sucharit Bhakdi, otro médico alemán (de origen tailandés), formó una asociación de profesionales de su campo y científicos “para la salud, la libertad y la democracia”, justamente para investigar a fondo el asunto. Bhakdi resalta el hecho de que fueron cifras infladas las que llevaron a los políticos del mundo a decidirse por prolongadas cuarentenas generales y a los medios masivos a producir pánico mundial (hablando mucho de la cantidad de infectados, pero sin notar que la gran mayoría son asintomáticos o sufren síntomas leves), e insiste en que el Cov-Sars-2 es comparable a la influenza.

Entonces, ¿por qué las cuarentenas?

Un reciente titular de Ojo Público (05/07) nos da una pista: “Cuarentenas evitaron el rápido colapso de hospitales”. En el tercer mundo y parte del primero, las pésimas condiciones sanitarias estructurales eliminaron cualquier otra opción que pudiera haber estado sobre la mesa, dejando solo el remedio más costoso (que, encima de todo, resultó poco efectivo), una cuarentena de toda la población y la consiguiente condena a la pobreza para millones. Nuestras limitaciones de larga data nos obligaron a elegir entre salud y economía: o seguíamos con nuestras vidas y los hospitales colapsaban de inmediato –con el caos y la desesperación consiguientes–, o nos recluíamos en nuestros hogares, tanto los que podíamos darnos ese lujo como los que no, mientras se caía la economía.

Eso explica, en parte, la controversia entre científicos y políticos: la única opción viable se presentó al mundo como la alternativa “científica”, cuando en realidad era lo que la precariedad nos imponía. Ahora resulta obvio que un modelo político-económico que “ahorra” mucho donde no debe –como en los servicios públicos de salud y educación– termina pagando un precio infinitamente más caro. La evidencia no se limita a la presente catástrofe y sus efectos a futuro, pues ya sabíamos que la desigualdad resultante de la lógica neoliberal también fomenta el subdesarrollo, como muchos estudios han confirmado en el pasado reciente. Las políticas progresistas que buscaron cambiar este panorama fueron tildadas, durante décadas, de ser “poco realistas”, económicamente contraproducentes o reñidas con la libertad de mercado. Hoy, el neoliberalismo peruano se escuda diciendo que el dinero para una infraestructura pública digna estaba ahí, gracias al crecimiento económico, pero el gobierno no lo supo usar. Mienten, pues sus diarios fueron el muro contra el cual chocó toda política reñida con su estrecho concepto de “disciplina fiscal”, uno de los elementos centrales del dogma resumido en el Consenso de Washington (¡que no se hagan los locos!).

En países como Suecia o Japón, el gobierno pudo darse el lujo de no enviar a sus jóvenes y adultos sanos a un encierro innecesario y peligroso, pues cuenta con la capacidad de ir tratando a los infectados que presentan síntomas conforme vayan llegando a los hospitales, sin temor de verlos copados y sin intentar infructuosamente dosificar o detener un contagio que parece inevitable. A diferencia de lo que sucede en EE.UU. o aquí en el Perú, los servicios de salud en los países mencionados más arriba (entre otros) no están segmentados y divididos de acuerdo a la capacidad adquisitiva de sus diferentes castas.

El debate fundamental para los tiempos poscoronovirus debería ir por esa línea: ¿por qué, en 2020, vivimos aún en sociedades tan profundamente desiguales? ¿Por qué no contamos con servicios de salud lo suficientemente competentes como para lidiar hasta con la mismísima peste negra? ¿Cómo fue que un tal Sars-Cov-2 destruyó la economía de un mundo que se ve a sí mismo como moderno, avanzado y desarrollado? Ojalá las próximas generaciones no nos juzguen con demasiada dureza.

Por Daniel Espinosa. Publicado en Hildebrandt en sus trece el 10 de julio de 2020.

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