Cultura

JUSTO APU SAHUARAURA INCA: SU TIEMPO Y SU OBRA

Por: Eduardo Abusada Franco

En el presente ensayo comentaré el libro Recuerdos de monarquía peruana o bosquejos de de la historia de los Incas de Justo Apu Sahuaraura Inca. La edición que he utilizado es una versión facsimilar del manuscrito que se encuentra en la Biblioteca Mindlin de Brasil. Por lo tanto, comentaré también las versiones del libro, así como las influencias que pudo tener el autor en el contexto de las corrientes historiográficas de su época. Veremos también cómo influye en la obra la vida del autor, los sucesos del tiempo agitado en que vivió y sus estudios. Finalmente, haré especial énfasis en la parte pictórica que constituye gran parte de su libro, y que es un verdadero legado para el arte peruano.

El autor: vida y estudios

Fue Justo Apu Sahuaraura Inca Ramos Titu Atauchi Yaurac de Arisa Titu Condemayta el nombre completo que se le dio al nacer en 1775, en el Cusco, y es también el nombre que el propio autor suministra para, tal vez, la edición más célebre de su obra magna. Fue el menor de tres hermanos. Según las detalladas investigaciones genealógicas de Ella Dunbar Temple su linaje se remontaba hasta el hijo de Huayna Cápac, Cristóbal Paullu Inca, y hasta la familia de Pachacútec (Temple, 2009). Su padre, Pedro Apu Sahuaraura Ramos Tito Atauchi era cacique de Cachona y Choco; mientras que su madre, Sebastiana Bustinza Yaurac de Ariza Titu Condemayta, fue cacica de Oropesa. Los Sahuaraura fueron, en un inicio y durante mucho tiempo, leales a la Corona; tal es así que el padre fue muerto por las huestes de Túpac Amaru en la Batalla de Sangarará, en 1780, contra quienes encabezó un batallón de indígenas.

Destaca en Sahuarara, o mejor dicho, lo distingue sobremanera del resto de cronistas de su época, su linaje. Al respecto, dice Alfonso Bustamante y Bustamante: “Sahuaraura, canónigo cusqueño y descendiente directo de los Incas Huayna Cápac y Pachacútec, considerado el último Inca de estirpe real, representó durante su vida la tradición imperial que se negaba de desaparecer. La vigencia del pasado incaico se mantuvo gracias a que un amplio sector de la población cusqueña en realidad mayoritario, la asumió” (Bustamante y Bustamante, 2001, p. 9).

Pero ser de la nobleza indígena no era solo una cuestión de reputación. También tenía beneficios prácticos. Así, ser curaca en el virreinato era una cuestión de gran importancia, pues además de tener el estatus de nobles, no pagaban tributos.  Desde la Real Cédula de 1691 ya la Corona había aceptado ello, pero pasarían muchos años para que tal reconocimiento tengo efectos prácticos, cuando el Virrey Castelfuerte, en 1725, recién implementó la mencionada cédula, hecho que repercute directamente sobre la familia Sahuaraura. “Por ejemplo, la condición de nobles de las familias Sahuaraura y Titu Atauchi —emparentadas entre sí— fue reconocida veinte años más tarde, en 1745, con lo cual obtuvieron sus respectivos escudos de armas, el derecho a vivir en una ‘casa de cadena’ y que se les abrieran las puertas de las carreras eclesiástica, universitaria y militar” (Flores, 2001, p. 20). Así por ejemplo, Nicolás Sahuaraura Inca —abuelo de nuestro autor— llegó hasta ser comisario general de caballería y gobernador de las armas del gremio de nobles.

Don Justo.

Por dichas acciones en favor del Rey, los Sahuaraura piden para Justo una beca y una pensión en el Real Convictorio de San Bernardo Abad del Cusco, donde fue discípulo de Ignacio de Castro, uno de los intelectuales más prominentes de la época. Allí, el joven Justo estudió derecho canónico y teología. Obtuvo el doctorado en 1808. También estudió latín y filosofía. Se ordenó y fue cura de Cuhuasa (Carabaya), Pachaconas y Soraya (provincia de Aimaraes) (Gisbert, 1980). Fue alcanzando poco a poco importantes grados eclesiásticos, y estuvo a punto de ser canónigo en las Sillas de las Iglesias del Perú. De llegar a este cargo, uno de los más altos en el clero, tendría abierta la posibilidad poder tener a su cargo una diócesis de producirse la muerte de un obispo o arzobispo. No obstante, el propio Sahuaraura dice que se le hizo a un lado por respaldar la causa patriótica:

«El Exelenticimo é Ylustrisimo Señor Doctor Don Bartolome Eras, y el Ylustricimo Señor Doctor Don Jose Peres y Armendares informaron al Rey para que fuera colocado en uno de los Canonicatos en las Sillas de las Yglesias del Peru. Su adhecion a la causa de la Patria paralisó las sanas intenciones de los Señores mencionados. Los Certificados existen en poder del referido Señor Sahuaraura Ynca. Pero hoy se halla colocado de Canonico Dignidad de Tesorero, y condecorado con la Medalla del Livertador por sus heroicas virtudes, y sacrificios hechos en favor de su Patria» (Sahuaraura, s.f., p. 96).

Una historiografía para una identidad: la historiografía decimonónica

En el siglo XIX, se aprecia de modo general en una influencia de la historiografía europea en la latinoamericana pues, entre otros razones, los historiadores tuvieron la oportunidad de leer en sus lenguas a originales a los autores más importantes de su época como el alemán Leopoldo von Ranke, los franceses François Guizot y Jules Michelet o el británico Thomas Carlyle.

Hacia inicios de siglo XIX, las colonias empiezan a romper su sometimiento a la Corona. Estas nuevas naciones que van surgiendo precisan de una identidad propia por cada país, una que explique sus orígenes y coadyuve en forjar el futuro de las nuevas naciones. Es acá que surge la historiografía latinoamericana propiamente como tal, de manera más profesional, como la conocemos hoy en día. Esta tendencia a la generación de la memoria e identificación de las nuevas naciones se desarrolla también en Europa. En tal sentido lo deja ver el catedrático español Anaclet Pons cuando comenta el desarrollo y creación de los archivos nacionales en el siglo XIX como repositorios de la memoria nacional que se quiere generar y perpetuar. Al respecto y citando a Jacques Le Goof dice:  “Es en ese siglo cuando «se acelera el movimiento científico destinado a suministrar a la memoria colectiva de las naciones los monumentos del recuerdo»”.

De igual manera, profundiza Pons que:

“Pero esa voluntad, la de acumular el rastro de tal ejercicio, dará paso en el ochecientos [siglo XIX] a otros sentidos, que son resultado de la «combinación de un grupo (los ‘eruditos’), de lugares (las ‘bibliotecas’) y de prácticas (copiado de información, impresión, comunicación, clasificación, etcétera)» [Michel de Certeau,  La escritura de la historia. Citado por Pons]. El primero de esos sentidos tiene que ver con la voluntad de justificar una memoria nacional, acorde con la legitimidad que se le supone al nuevo Estado-nación. (…) La identidad, la ciudadanía o la solidaridad nacionales descansan en esos fondos. Como diríamos ahora, sin ellos no hay posibilidad de imaginar la nación y de hacerla posible”. [negritas son mías] (Pons, 2013).

El célebre Jules Michelet, que ya mencionamos entre los autores europeos que pudieron ser leídos por los autores latinoamericanos de entonces al tener a disposición en este siglo sus libros en idioma original, señala en su Histoire de France, respecto a los archivos surgidos en esa época y la historiografía que en ellos se va depositando que “estos documentos no son documentos, sino la vida de los hombres, de las provincias, de los pueblos. En primer lugar, las familias y los feudos, blasonados en su polvo, reclamaban contra el olvido” (Michelet, 1833). Asimismo, Ranke, también mencionado entre los europeos que influenciaron a los latinoamericanos, igualmente va hacia el mismo derrotero que Michelet en un breve texto de 1831, destacando la importancia de la historiografía para la construcción de la conciencia colectiva.

De tal manera, vemos pues que para Sahuaraura, imbuido como intelectual que era de las corrientes de pensamientos de su época, se hace necesario rescatar la memoria de sus ancestros y hacerla libro para coadyuvar en la construcción de la identidad del nuevo Perú. O mejor dicho, para rescatar una antigua identidad: la incaica, y con ella la suya. Como sea, resulta evidente que Sahuaraura, dado el periodo en el que escribe sus memorias, ya bien entrado el s. XIX (se calcula que hacia 1838), conocía estas tendencias en la historiografía. Esta “recuperación” de las identidades —ya yéndonos a la historiografía analizada modernamente— es, en parte, de lo que escribe Sidi M. Omar en su libro sobre lo postcolonial al señalar que existen, obviamente, identidades pre existentes a la sujeción extranjera, y que, como Sahuaraura, pretenden recuperar dicha identidad. Cita Sidi a Childs y Williams, quienes son elocuentes al respecto:

“El post-colonialismo tiene mucho que ver con la experiencia dolorosa de resistir el deseo de recuperar las identidades pre-coloniales «perdidas», la imposibilidad de realizar este empeño, y la tarea de construir una nueva identidad de esa imposibilidad”. (Omar, 2008, p. 24)

Aunque me aleje un poco del tema, insisto en lo postcolonial, pues de acuerdo a algunos periodizaciones, don Justo escribe cercano al tiempo en que muchos consideran que se inicia la postcolonialidad; es decir, la caída del dominio del dominio imperial europeo, específicamente la perdida de dominio de los Borbones. En tal sentido, este postcolonialismo también se interpreta, ante el enfrentamiento con lo europeo, como un “sitio de protesta radical y de radicalismo resistente” (Omar, 2008, p. 51). Moore-Gilbert (citado por Sidi M. Omar) diría que se trata del retorno de los oprimidos, del nativo e incluso del retorno de clase. Para el caso acá comentado, Sahuaraura quería el retorno de la clase Inca y su nobleza.

Ahondando en esa característica emancipadora y justificadora de las nuevas naciones del siglo XIX y la historiografía correspondiente, Alfredo Ávila explica cómo se crean los relatos patrióticos de aquella época:

“Desde el mismo siglo XIX, los relatos sobre las emancipaciones se habían enfrentado a la necesidad de explicar —y justificar— el surgimiento de naciones en territorios que habían formado durante siglos parte de una misma monarquía y, al menos por unos pocos años, de una misma nación, la española. El objetivismo de la ciencia histórica decimonónica contribuyó a resolver con relativa facilidad ese problema. Si el tema de estudio eran las naciones (mexicana, argentina, venezolana, etcétera) había que contar la historia de esos objetos desde que se tuviera registro” (Ávila, 2008, p. 13).

Así, don Justo Apu Sahuaraura se remontó hasta el incanato. No obstante, en el mismo artículo aclara Ávila que la ideología nacionalista viene en realidad con las independencias, y no antes. Pero es precisamente que Sahuaraura escribe luego de la fractura definitiva con la metrópoli.

Llegado a este punto, y dado que en este subtítulo tocamos el tema de la historiografía y sus corrientes, hay que rescatar que las genealogías, que es uno de los gran temas de la obra se Sahuaraura, estuvieron de moda desde el siglo XVIII. Desde luego, la geneología que hace Sahuaraura termina en él, queriendo así legitimar su derecho real. Así lo señala Claudia Rosas Lauro:

“Sahuaraura traza una genealogía, de acuerdo con la ‘fiebre’ por las genealogías desatadas en el siglo XVIII, remontándose a la etapa de la Conquista; presenta a Huáscar como el legítimo heredero de trono inca, explica cómo se dio el fin de la estirpe de Manco y prosiguió la de Paullu, de la cual, evidentemente, descendía el ilustre linaje de los Sahuaraura. Al lado de la exaltación de la figura de Paullu como arquetipo de nobleza y heredero del trono, señala que a la muerte de este, dicho honor recaía en sus descendientes. Don Justo se muestra, entonces, no solo como el legítimo descendiente de los incas, sino como el heredero de la borla imperial” (Rosas, 2003, p. 267-268).

De todos modos, pese a las intenciones puras o nostálgicas que pueda albergar un autor y a la credibilidad que pueda tener, todo cronista debe ser tratado con pinzas y debe ser visto en su contexto, pues es difícil decir que uno es más veraz que otro. De una u otra manera, todos están influenciados. Hay que tener en cuenta que también hay distintos tipos de memoria: la primaria o vivencial; y la secundaria. Asimismo, hay, a su vez, la historia inmediata (el momento actual) y la historia presente (en la que uno ha participado). En tal sentido, hay que entender que don Justo vivió casi 80 años, por lo que fue testigo de un largo proceso de profundos cambios que culminan con la caída del virreinato. En consecuencia vivió una historia inmediata y presente; aunque la obra que acá comentamos, Recuerdos…, trata también de evocar las vivencias de un pasado imperial inca, entre otros temas que veremos más adelante.

 Sahuaraura y sus tiempos convulsos

De tal manera, para entender a este autor en su real dimensión, hay que comprender el contexto, espacio y tiempo en el que vivió, así como en el que hizo su libro, que también son una suerte de memorias. Tal escenario eran los Andes del sur, y específicamente el Cusco de la segunda mitad del siglo XVIII y hasta bien entrado el siglo XIX.

Clements Markham contaba en sus diarios sobre sus viajes por el Perú en su vista a la ‘ciudad imperial’ en 1853, esta era una urbe ya “en decadencia”. En efecto era así. Al contraerse la producción minera de Potosí y Huancavelica, y con ello diezmados los indios por la mita y las enfermedades, la demanda por productos agropecuarios y artesanales de la otrora capital del Imperio se redujo considerablemente. Ello ocasiono el declive de la economía cuzqueña.

Asimismo, en 1766, cuando el Alto Perú pasó a formar parte del estrenado Virreinato del Río de la Plata, por obra de las Reformas Borbónicas, el Perú pierde dos tercios de su producción de plata. En tales circunstancias, el motor de la economía peruana empezó a correrse del sur hacia el centro y el norte, donde estaban las minas de Hualgayoc y de Cerro de Pasco, respectivamente. Las reformas de la nueva casa de Borbón impusieron restricciones que minaron todo el conjunto social. El sur andino se mostró especialmente rebelde y se desató la rebelión de Túpac Amaru en 1780. Con el fracaso del sublevado, se aprovechó para poner más mano dura en el ámbito local y los curacas indios (como los Sahuaraura) fueron reemplazados por otros de más confianza como mestizos o españoles. Además, el tributo indígena empezó a ser cobrado con más eficiencia, perjudicando cada vez más a los cusqueños. Por si poco fuera, los incesantes y posteriores enfrentamientos armados de 1814 a 1824 entre bandos independistas y realistas acabaron por devastar el sur andino.

Precisamente, durante la rebelión de Condorcanqui, los Choquehuanca y los Sahuaraura, poderosas familias nativas de curacas, permanecieron del bando de la Corona. Por ello, los curacas esperaban ser reconocidos, pero como se mencionó, las reformas borbónicas, que amainaron hacia el final de la colonia, los fueron postergando favoreciendo a “extranjeros”. Consideraban que había mayor lealtad de los peninsulares para poder cobrar sin piedad los tributos indígenas, algo que por lealtad a su raza sería más difícil para los curacas indios. Así, por ejemplo, al hermano de Justo, Pedro Apu Sahuaraura, no se le otorgó el ansiado cacicazgo (como ya se llamaba para la época al cargo) de Oropesa.

De otro lado, se produjo la expulsión de los jesuitas y a la Iglesia, a la que pertenecía Justo, se le tenía a rienda corta.

Hacia 1808 se produce la invasión napoleónica de España. En ese momento, las colonias aprovechan para desarrollar la meta separatista. Sin embargo, en el Perú había mucha diversidad regional como para constituir un único movimiento separatista. Latía aún el Cusco la idea del retorno del Inca, algo difícil de articularse luego de la gran represión al levantamiento de Túpac Amaru. Se hacía cada vez más evidente la rivalidad del regionalismo cusqueño y de otras partes con el centralismo limeño. Prueba de ello son los levantamientos en Tacna de 1811 y 1812, que esperaban recuperar el poder regional.

Fue en tales circunstancias que hacia 1814 surge la rebelión de Mateo Pumacahua, que anteriormente batalló por el bando realista. Como sea, dicha rebelión cundió rápidamente por el sur andino, y nuestro autor, Sahuarara, se unió a ella. Puso sus bienes a disposición de los rebeldes, pero jugó mal sus cartas. Así, sofocada la rebelión, Justo pasó un año en la cárcel. Ya su destino estaba decidido, y de allí en más apoya cuando puede la causa de la independencia llegando a participar, a pedido de Sucre, en la batalla de Ayacucho (Temple, 2009).

No obstante, existían aquellos quienes tenían otros planes diferentes a los de los independistas. “Los nativos fieles a la corona veían desvanecerse sus esperanzas en estos años de crisis, a medida que se afianzaban las de aquellos indígenas que habían optado por un sistema autonomista. Estos hechos explican, en cierto modo, la actitud de Pumacahua y la de algunas estirpes indias como la de los Sahuarara”,  escribe Gisbert. A este respecto hay que tener en cuenta que en el imaginario andino, principalmente en cuanto a la tradición religiosa, pese a la fractura de la monarquía y la irrupción de las ideas liberales, aún persisten las formas tradicionales o continuidades culturales del régimen anterior, que aún en su mayoría es monárquico, católico y tradicional, o pre moderno si se quiere. Eric Van Young, citado por Ávila, refiere a esto como el “milenarismo”.

En cuanto a lo que señala Gisbert sobre el sistema autonomista, quiere decir que existían grupos que no necesariamente querían un rompimiento radical con la Corona, sino que simplemente reclamaban más derechos y decisiones en cosas de su territorio. Ávila desliza la idea de que incluso existió un proyecto alternativo: “No obstante, tampoco ha faltado quien plantee que los campesinos y los indígenas (en especial en México y Perú) tenían un proyecto alternativo de ciudadanía y de nación al de las élites; hipótesis que, sin duda, es muy atractiva, pero que ya ha comenzado a ser cuestionada”.

Hay que tener en cuenta e insistir en que en esta región, y particularmente en la ‘ciudad imperial’, se desarrolló un “regionalismo cusqueño” que se oponía al centralismo limeño. El Cusco era sede de muchas de las familias nobles indígenas, y también de estirpes españolas como los Valle Umbroso, que también reivindicaban la cultura quechua e incluso la hacían suya. Resurgió entonces un sentimiento favorable hacia lo incaico en busca de un pasado imperial. Es en este Cusco, que había sido símbolo y resplandor del poder imperial Inca y que ya hacia mediados del siglo XIX se mostraba herido de muerte, en que el viejo cura Sahuaraura miraba quizás con amargura lo perdido. En dicho mundo que extrañaba un pasado mejor, rumiaba sus nostalgias y esperaba el reconocimiento que creía merecer por parte de la nueva patria. No encontrando el anciano canónigo respuesta a sus demandas, espera que estás llegaran del norte, allende de nuestras fronteras. Así lo narra el historiador Javier Flores Espinoza:

“Pero ya para ese entonces se encontraba totalmente desengañado de las promesas republicanas. La única esperanza de su pueblo —o tal vez sólo de sí mismo— yacía en el mundo anglosajón. En una carta que dirigiera a Zacarías Taylor, el Presidente de los Estados Unidos, este anciano le recordaba una vieja predicción según la cual el reino de los Incas sería restablecido ‘por la ayuda de un país llamado Inglaterra’. Como la profecía no especificaba si se trataba de los ‘anglo-europeos o anglo-americanos’, le parecía a este anciano que los ‘Hijos del Sol’ podían ‘seguir sus propias inclinaciones’, por lo cual él se ponía ‘bajo la protección y amparo de esta república y de la vuestra que no desdeñará recibir a un desgraciado príncipe como yo’”.

Es más, en el manuscrito de la obra de Justo que se mantiene, aunque dañada, en la Biblioteca Nacional, hay una página suelta que hace referencia a ese mito. A dicha profecía vuelve el autor en su libro más de una vez. No obstante, hay que tener en cuenta que la carta a Taylor la escribe ya sobre el final de su vida, luego del manuscrito. Sobre esa hay que agregar que “fue recogida por Sir Walter Raleigh de labios de su prisionero Berreo, y después De Brye incorporó a su América, de donde la tomó Gabriel de Cárdenas para su prólogo a la segunda edición de los Comentarios Reales, publicada en Madrid en 1723” (Rosas, 2003, p. 267).

Es importante notar en la cita anterior en que se hace referencia a la profecía, que denota lo que es uno de los temas centrales y recurrentes en libro comentado: la reivindicación del autor por su linaje y derecho a ser soberano Inca. Para que no quepan dudas del reclamo a su linaje real, Sahuaraura lo deja también por escrito en su manuscrito de puño y letra, pues en la sucesión de retratos de los Incas [en la edición parisina] se coloca el mismo.

Esperaba quizás don Justo que la nueva República traería tiempos mejores. Al inicio fue así. En 1825 alcanzó diversos cargos. Fue vocal de la Junta Calificadora y diputado al Congreso Constituyente. Se le dio la Medalla del Libertador y llegó a ser arcediano y dignidad de tesorero en la catedral del Cusco. En 1834 fue examinador sinodal del obispado, y en 1838 oficial de la Legión de Honor Nacional Sud-Peruana, entre otros cargos. Pero pronto habría de acabar ese oasis de reconocimientos pues empiezan las tensiones con la Iglesia; y Bolívar, en 1824, ya había decretado el fin de los cacicazgos, con lo que Sahuaraura dejaba definitivamente de ser noble.

Entendería Justo que el reflorecimiento del Cuzco y el poder imperial ya no sería posible. Es así que, más o menos pasado el primer cuarto de siglo del XIX, se dedica a redactar sus memorias, en las cuales suele acusar a España como culpable de los males peruanos, y específicamente a los conquistadores. Es más, lo pone desde el primer párrafo de la obra:

“Una ambición desmedida, adquirida por noticias vagas, de las casi increíbles riquesas de los Soberanos, y Señores Naturales del Ymperio, Reynos, y Provincias de la vasta Monarquia del Peru. Yncitó a tres hombres codiciosos, á apoderarse del mismo Ymperio, de su Soberano, vasallos, y riquesas, con el Sagrado nombre de la Religion de Christo Cruficificado, dando el aspecto de conquista, á una invacion descarada, sangrienta y feros. Ó Cruz de mi Señor Jesu Christo, seais infinitamente adorada por toda la eternidad. Ó Cruz bendita instrumento de la Redención del mundo, cuanta Sangre de los Yncas, deramada por los Españoles habies costado, para conoceros, adoraros y bendeciros!”

No obstante, hay que tomar en consideración lo que Teresa Gisbert nos hace recordar: que Justo escribe el libro en los tiempos de la Confederación Perú-Boliviana, en cuyo contexto era plausible la restitución del Imperio Incaico, y sobre lo cual se rumoreaba que Andrés de Santa Cruz sería Inca. De hecho, la victoria de Santa Cruz —quien fuera jefe de Estado Mayor del Ejército Libertador en la campaña del Alto Perú que dirigió Sucre— sobre Salaverry animó a los cusqueños que añoraban volver al pasado; y poco antes, Sahuaraura fue convocado por el mismísimo Sucre (refiere Gabriel Moreno, citado por Temple) “para aprovechar su influencia cerca de las indiadas”.

Como sea, la indolencia de los autoridades de la joven República, así como la intensa nostalgia que sentía por su pasado real, es lo que anima al anciano a escribir sus memorias que resultan en el libro que acá comentamos, las cuales Flores califica como “un manifiesto de su alcurnia y de la nobleza de su familia que él dejaba para la posteridad”.

Algunos aspectos y temas del libro

Con ocasión de la restauración de la Catedral del Cusco luego de cinco años de trabajos, en 2001, Fundación Telefónica publicó una versión facsimilar de la obra de Sahuaraura, que es con la que estoy haciendo estos comentarios.

No se tiene un registro exacto de cuándo se firmó el libro, pero los investigadores calculan que el libro debió ser terminado y firmado en 1838. Sin embargo, el libro ha corrido extraña suerte. Fue publicado en París en 1850 con el título “Recuerdos de la Monarquía Peruana o Bosquejo de la Historia de los Incas”. De acuerdo al historiador Rafael Varón Gabai “la publicación del texto de París, realizada cuando aún vivía Sahuaraura, debió haber sido ordenada o por lo menos aprobada por el autor y está basada en una versión de la Biblioteca Mindlin”. El de París se trataría de otra edición o versión. Sobre el particular hay que aclarar que la Biblioteca Mindlin —en Sao Paulo— es de propiedad de la familia Mindlin. Fue el propio José Mindlin, su fundador —fallecido en 2010—, considerado el más importante bibliófilo brasileño, quien prestó el manuscrito para la edición facsilimar.

Imagen de Justo Apu Sahuaraura Inca en el manuscrito.

Fue Recuerdos… la única obra que Sahuaraura publicó mientras vivió. Otro manuscrito (uno de los tres que he podido rastrear: el otro es el que se publica en París en 1850, como mencioné en el párrafo anterior), que se guarda en la Biblioteca Nacional del Perú, de la Av. Abancay (Lima), lleva por larguísimo título original el siguiente:

Compendio de las principales noticias del Inca Garcilaso, ruina de Imperio peruano por los españoles, gobierno político y civil del Inca, entrada de los españoles a la capital del Cuzco y su destrucción. Succesion de los Soberanos Incas: descendencia de estos que acreditan las Reales Cédulas del Emperador Carlos V, de de Felipe II y  de Carlos III. Las declaraciones de los Tribunales, de las Reales Audiencias de Charcas y Lima anotadas con sus fechas de meses, y nombres, según las Reales Executorias. / Por el Sr. / Dr. D. Justo Apu Sahuaraura Inca, Canónigo Dignidad de Tesorero, en esta Santa Iglesia Catedral del Cuzco; Examinador Sinodal, y Visitador General de Obispado. Doctor graduado en Sagrada Teología, y condecorado con la medalla del Libertador Simón Bolívar. Año de 1838.

Dicho manuscrito se dañó en el incendio de 1943, y solo quedan 125 páginas. No obstante, Temple da cuenta de las partes del contenido, las cuales son:

1) «Compendio de las principales noticias del Inca Garcilaso…» (sigue tal cual el título transcrito líneas atrás).

2) «Tradición de la Rebelión del General Ollantay y acto heroico de fidelidad del General Rumiñahui ambos del tiempo de los Emperadores Incas Soberanos en el Perú».

3) «Artículo remitido sobre el entierro de Viracocha».

4) «Comedia trágica que intitula los rigores de un Padre y generosidad de un Rey».

5) «Auto sacramental El Patrocinio de Nta. Sra. María en Copacavana»,

6) «Noticia importante para el conocimiento de la posteridad» (sobre Túpac amaru).

7) «Relación sobre los sucesos de la campaña de Ayacucho».

8) «Apunte sobre cronología incaica»

No obstante, como ya lo indiqué, se conserva el libro escrito a mano en la Biblioteca Mindlin. Al parecer, dicho manuscrito fue robado de la Biblioteca Nacional por algún oficial durante la ocupación del Ejército chileno en la Guerra de Pacífico o Guerra del Salitre. El libro fue vendido de coleccionista en coleccionista, de tal suerte que José Mindlin pudo adquirirlo a través de un libro de Buenos Aires en la década de 1970. En la ficha mecanografiada escrita por Mindlin y que antecede dicho manuscrito para clasificarlo y a manera de ayuda memoria sobre su origen, señala el finado bibliófilo:

“La adquirí de un bibliófilo chileno que la tenía de su familia, por intermedio del librero Pardo de Buenos Aires, en 1922 a 24. La familia del citado bibliófilo la había adquirido a un antiguo coleccionista que a su vez la había comprado a un oficial de la guerra Chilena-Peruana. Se sabe que entonces fue saqueada la biblioteca de Lima y que los libros quedaron en Chile como consecuencia del tratado de Paz”.

Por lo tanto, el texto acá reseñado en edición facsimilar es el de la biblioteca de Sao Paulo, y consta de 17 acuarelas y 96 páginas. Los dibujos o acuarelas son el gran valor agregado de este manuscrito, de especial belleza. Según Flores, por el estilo de las acuarelas “es claro que también fueron hechas en el siglo XIX”. Con relación al tercer manuscrito que fue el enviado a Francia para la publicación del libro de 1850; según parece, de ese texto ya perdido (es decir, el original de donde se hizo la impresión), se cortaron las leyendas de debajo de las acuarelas y fueron pegadas en las correspondientes de la publicación de 1850. Como sea, cálculos más, cálculos menos, Sahuaraura debió escribir entre 1836 y 1838.

Del manuscrito Mindlin, Flores distingue cuatro partes: “Un relato de la invasión española y la derrota de los Incas, teniendo como fuente principal a Garcilaso; La profecía de Manco Cápac que anunciaba la derrota final de los españoles y su cumplimiento en Ayacucho; Una descripción de las grandezas del Cusco, tomada de Ignacio de Castro; y, La relación de los Incas y sus descendientes, que culmina en el mismo Sahuaraura”. Cabe señalar que Ignacio de Castro, humanista autor de la Relación del Cuzco, fue rector del Colegio de San Bernardo, donde estudió el joven Justo.

El autor inicia la obra del manuscrito Mindlin relatando los primeros hechos de la Conquista, desde que los tres socios de la misma se ponen de acuerdo. Incluye el relato de la Isla del Gallo y el primer encuentro de Pizarro con Atahualpa. Es allí donde arranca para en el transcurso del libro abordar diversos temas relacionados al pasado incaico, la genealogía, literatura incásica, etc. En cuanto a la delimitación temporal, es complicado establecerla, puesto que abarca un gran espectro. De tal manera, Recuerdos…, en el manuscrito de la Biblioteca Nacional, resulta ser una suerte de hilo que atraviesa diferentes periodos sucesivos: el incanato, la Conquista, la colonia. Aunque, también se nota que salta de la Conquista a la Independencia, y tocando en el periodo intermedio solo lo referido a la literatura quechua, como la recopilación del drama Usca Paucar. Sobre esto último es importante resaltar lo que constituyó el aporte de Sahuaraura a la literatura quechua, y particularmente al arte dramático. Al respecto, señala Raquel Chang-Rodríguez en sus estudios sobre literatura colonial:

Usca Paucar, Auto Sacramental del Patrocinio de María Señora Nuestra en Copacabana fue dado a conocer y publicado en 1891 por el investigador E. W. Middenforf en traducción al alemán basada en un códice hoy extraviado (Meneses, Teatro quechua 167). Clements R. Markham, José Gabriel Cosio, Julio Pacheco Pro. Luis E. Valcárcel y Teodoro Meneses han dado a la estampa total o parcialmente otros códices de esta obra, muestra del teatro quechua culto de la época colonial. De todos estos estudios, el que con mayor constancia y dedicación se ha aplicado a esclarecer los misterios tejidos alrededor del drama, a estudiar sus cualidades lingüísticas y a difundirlo en quechua y castellano es Teodoro Meneses. Su edición crítica y bilingüe del Usca Paucar (1951), basada en el códice Sahuaraura existente en los fondos de la Biblioteca Nacional del Perú, es hasta hoy la más minuciosa y confiable” [resaltado mío] (Chang-Rodríguez, 1991, p. 211-212).

Con relación al manuscrito Mindlin, que es el que he leído, en lo temporal aborda más el periodo de los Incas y los sucesos de la Conquista, con especial énfasis en la genealogía y sustentación de su linaje. Otro gran tema que Sahuaraura trata en su obra, son la lealtad, la nobleza y el honor. Diversos párrafos en todo el manuscrito hacen referencia a ello, sobre todo en la imagen del valiente Quisquis ante los invasores europeos y en la estampa del general Rumiñahui. No obstante, aunque lo considera valiente a este último, ve que no tiene el derecho de sangre:

“Mas el General Rumiñahui, aquel que fué de parecer que no se fiase de los forasteros, sentido de ver rechazado su concejo, recogiendo toda la gente de su mando, y tomando el mal exemplo de los Españoles, y de su mismo amo Atahuallpa, formó el designio de coronarse porque vió con sus ojos que era fácil oprimir a dos Soberanos con el engaño, y la fuerza. Con estos pensamientos pasó a Reyno de Quito, donde finguiendo lastimarse, de la muerte de su Rey, juntó a los de la Sangre Real, y con ellos al hijo primogénito de Atahuallpa, y en un dia degolló á todos, y asi perecieron el Principe, el hermano del Rey llamado Quilliscacha, y el bravo maese de campo Chalcohima”.

Se desprende de la cita anterior, no solo la exaltación del derecho de sangre, el derecho a la sucesión real o incluso divina, sino que critica la deslealtad y la falta de honor. Algo que en muchos pasajes también acusa de ello a los conquistadores, dejándoles ver como indignos, deshonestos y codiciosos.

Observamos también que hace mucho hincapié en el asunto de darle carácter de majestad y derecho divino al Inca y sus leyes; así como a acentuar toda una parafernalia al respecto. De tal suerte, Sahuaraura afianza la primera hipótesis o propósito del libro: el derecho divino. Y por ello termina con su efigie retratada para la posteridad y por encima de la ley de los hombres, pues en la edición de 1850 incluye al final de la sucesión de los incas su propia efigie. Con relación a la magnificencia real de los Incas, y sin duda influenciado por el sentimiento del regionalismo cusqueño que comentamos anteriormente que cundía en la época en que vivió y escribió Sahuaraura, vemos cómo evoca, con exagerada grandeza, a la ciudad del Cusco en el siguiente pasaje:

“Mas siguen ellos su camino a la capital de uno de los mayores Ymperios que há conocido el mundo, legan a la deceada ciudad, y quedan absortos, y atonitos al ver tanta grandesa en los templos, y palacios Ymperiales, donde el oro, y la plata mas parecían materia de su fabrica que ornato de magnifisencia; paredes, techumbres, sillas, nichos, puertas, retretes, estatuas, ídolos, vasos, utensilios, y cuanto conduce al Real servicio eran de modo que cuanto tocada a la vista, era oro, plata, ó piedras preciosas de inestimable valor”.

Lo anterior, evidentemente, es una visión agigantada; probablemente con el fin de contraponer la idea de un riquísimo imperio, contra la miseria del Cusco del siglo XIX.

Un tercer tema que cruza la obra es la esperanza del retorno mítico del Inca (en la figura de Justo) y la restitución del Imperio. Ello se ve en la parte referida a la profecía de Manco Cápac, y en las propias acuarelas finales, en cuya línea de tiempo se coloca al final el autor como ocupando el lugar que le corresponde como último Inca.

¿Qué se proponía Sahuaraura con este libro, además de rumiar sus nostalgias? La hipótesis más evidente del libro, aunque hay diferencias entre los 3 manuscritos que he referido, es que el viejo cura quería resaltar su derecho a ser Inca. “En efecto, muerto Huáscar sin descendencia conocida, la corona pasó a uno de los dos hijos sobrevivientes de Huayna Cápac. Según Sahuaraura, ella le fue ofrecida a Paullu, su antecesor, pero éste la rechazó por considerar que le tocaba a Manco Inca, su hermano. Muerto Manco le sucedieron sus hijos, pero al fallecer todos ellos sólo quedaba Paullu como candidato a Inca. En consecuencia, sus herederos no sólo descenderían de los Incas, sino que serían también los únicos con derecho a gobernar el Perú”, argumenta Flores, pero aclara que la probanza del derecho al trono no puede ser la única intención del canónigo cusqueño. Este historiador teoriza que Sahuaraura pretendía derrumbar la versión de Garcilaso en el extremo de que los españoles pretendían hacer un pacto con los Incas, y dejar en evidencia que no eran más que gente deshonrosa y sin palabra que tampoco respetó el acuerdo de nombrar a Manco Inca, el legítimo heredero, como soberano. Así se desprende de la siguiente cita del manuscrito, en la que también se hace referencia al tema del honor:

“Lo cierto del caso es, que el Rey [Atahualpa] fue engañado, porque el animo de los Españoles, jamas era el de cumplir su palabra, ni hacer amistad, paz, ni parentesco con los Yncas, como indicó Soto [Hernando] en su enbajada, ni el de buscar la gloria de Dios, cuyo Santo nombre, levantaron tan descaradamente para cubrir su maldad, y codicia, ni la propagación del Santo Evangelio, ni la honra de su Rey como lo manifestaron mas de mil vezes por su conducta posterior. El Dios de estos llamados conquistadores era el oro y la plata: este ídolo reynaba en los corazones de todos, y este fue el principal móvil para que Pizarro y Almagro hubiesen peleado tan desalmadamente, hasta darse la muerte unos á otros” (Sahuaraua, s. f.. p. 6).

A su vez, las líneas acabadas de citar nos ilustran lo que ya mencioné anteriormente: que el autor, ya desde el momento mismo de la Conquista pone a España como generador de maldad. Es más, cuestiona las creencias religiosas de Pizarro y sus socios.

Sobre la sucesión de Paullu escribe los siguiente, donde vemos una vez más que pone los valores reales de lealtad, honor y derecho real por encima de todas las cosas:

“Hecha esta diligencia ú operación de Justicia, entran en capitulaciones según las reglas del derecho de gentes, y una de las condiciones es, que el Ymperio sea restituido al legitimo sucesor de la dinastia del Emperador Huayna Ccapac, aquel a quien segun las leyes del Ymperio le tocaba la Corona. Y aunque antes de haberse unido el bravo Quisquis, con el Principe Titu Atauchi, habiale propuesto al Principe Paullo Huacatupac Ynca, que se coronose, y tomase las riendas del Gobierno, está fué desechada por la generosidad, y noblesa de pensamientos del Principe Paullo, pues no entró la ambición del mando en su corazón, ni el esplendor del cetro, y la corona le apartó un momento la rectitud de sus operaciones. Como hijo de un gran soberano, fué educado sin los dobleses de la falsa politica y vaja ambicion. Por este principio fué de sentir que de comun acuerdo, y sin perdida de tiempo, se debia dar cuenta a su hermano mayor Manco Ynca para que el, con su prudencia, y sagacidad acostumbrada obrase en favor de los vasallos, de la tranquilidad del Reyno, y de los intereses de la Casa Real Peruana”.

En la cita anterior, me causa gran interés que hable de la “Casa Real Peruana”. Sin duda, pretende trasladar los usos y costumbres de los europeos, a las formas nativas; por ello siempre habla de una “monarquía”. Esto se debe se debe, desde luego, a la alta educación occidental y española recibida por don Justo. Era también, en cierto modo, una forma de construir la visión de una idea de nación dentro de los marcos y de la influencia de la historiografía decimonónica occidental; tema comentado en el segundo subtítulo de este ensayo.

Para recapitular los temas capitales del libro, cito nuevamente a Claudia Rosas:

“La obra de Sahuaraura gira en torno de tres ideas fuerza: una genealogía para demostrar el origen noble del autor; una exaltación de la nobleza no solo en su aspecto social sino en los valores que rodean esta categoría; y una visión histórica providencialista de la caída de la nobleza inca y de su redención”.

Un libro hecho arte

La historiografía indiana es la parte inicial de la historiografía latinoamericana, en la que se impone la oralidad. Sin embargo, existen hasta códices como los mesoamericanos recopilados por Miguel León-Portilla en lengua  náhuatl para hacer su crónica La visión de los vencidos (1959). Luego, hacia los siglos XVI, XVII y XVIII, hay una historiografía colonial con variedad de formas: relatos, descripciones, crónicas, historias, crónicas mayores, etc. De entre la historiografía pictórica tal vez la más célebre sea la de Guaman Poma de Ayala con su Primer nueva corónica y buen gobierno con sus 397 dibujos. También es muy requerido por los historiadores el autor Baltasar Jaime Martínez Compañón, el obispo, quien relató sus vivencias en su obra Truxillo del Perú. Martínez Compañón describe sus experiencias por estos lares, abordando tópicos desde que van desde economía hasta idolatrías; pero el valor agregado es que manda a hacer acuarelas descriptivas para ilustrar sus narraciones. En el mismo sentido, en el manuscrito de Sahuaraura destacan como las ‘joyas de la corona’ sus ilustraciones. Es por ello que una vez fallecido José Mindlin, el manuscrito es muy cotizado entre coleccionista y cazadores de joyas editoriales. En el libro de Mindlin se tratan de acuarelas, pero en la edición parisina de 1850 de litografías.

La ya citada investigadora boliviana y restauradora de arte Teresa Gisbert explica que sobre “los indicios de arte autóctono durante la colonia testimonian la existencia de una nación india dentro de la estructura virreinal, la cual pugnaba por mantener su identidad y por evidenciarse”. Sin embargo, luego del fracaso de la gran rebelión de 1780, lo que pudo ser un “arte combativo y comprometido”, se convierte en “nostálgica rememoración”. Así, el arte indigenista o incaista está cruzado por la nostalgia. La experta anota que los grabados de la obra de Sahuaraura tienen ese espíritu, y que aunque no se conocen a ciencia cierta sus razones, “con él revive ese inveterado deseo de los descendientes de las panacas reales para dejar establecida su estirpe” (Gisbert, 1980).

Ilustración de Manco Ccapac en el manuscrito.

Como ya lo dijimos, sin duda, las acuarelas son el gran valor agregado de esta obra. El propio Sahuaraura está retratado (como también señalé anteriormente) en la edición parisina, estableciendo así una sucesión del reinado de los Incas, reclamándose el autor, por la ubicación de su ilustración al final, como el último de aquel linaje. Empero, algunos historiadores parecen ver en ello tan solo un acto de vanidad. Citado por Temple, el historiador chileno Vicuña Mackenna escribe: “Este buen canónigo del Cuzco tuvo en su vejez la manía de creerse el último descendiente de los Reyes Incas del Perú, y para probarlo hizo imprimir en París esta especie de ejecutoria de nobleza incarial a gran costo, acompañando a su retrato los de todos sus progenitores los Incas”. La propia Temple no fue menos condescendiente, e incluso va más allá, acusándolo de plagio: “Su relato histórico no pasa de ser un tejido de inexactitudes intencionadas, tergiversando la realidad de acuerdo con sus particulares finalidades… su secreta ambición, más o menos disimulada en su obra genealógica, imitar al Inca Garcilaso, pretendiendo en un burdo plagio ser también depositario de las tradiciones de su raza”. (Temple, 1949-1950).

Seas cuáles sean las intenciones de Justo, las acuarelas no dejan de tener un hermoso valor pictórico e histórico. En defensa de nuestro noble anciano cusqueño, Flores Espinoza escribe que “(Temple y Vicuña Mackenna) olvidaban también que sus escritos son la única ventana que se nos abre al pensamiento de un miembro de la nobleza indígena”. Los soberanos Incas retratados en la edición de París de 1850 son: Manco Ccapac, Sinchi Roca, Lloque Iupanqui, Mayta Ccapac, Ccapac Yupanqui, Inca Rocca, Iahuar Huaccac, Huiraccocha Inca, Pachacutic Inca, Inca Iupanqui, Ttupac Inca Iupanqui, Huayna Ccapac, Huascar Inca, Manco Inca, Sayri Ttupac, Tupac Amaro. Y en la edición de la biblioteca Mindlin se agrega a Paullu Inca.

Se evidencia así mediante estas ilustraciones que el canónigo cusqueño quiere corregir a Garcilaso; esta vez en cuanto a la sucesión incaica. Para ello, suprime a Atahualpa y agrega a los incas de Vilcabamba. “Así, mantiene a los trece Incas de la lista tradicional más Manco Inca, Sairi Túpac y Túpac Amaru I, lo que hace un total de dieciséis litografías”, anota Gisbert (valga aclarar que Gisbert no comenta sobre el manuscrito de Mindlin, sino sobre el publicado en París en 1850, y por ello habla de “litografías”. Es en esa edición en la que Justo incluye su propio retrato, como ya aclaré). Otro detalle que llama la atención, es que en la edición de marras de París, Justo lleva en su ilustración un medallón con la efigie de Simón Bolívar.

Respecto a Atahualpa, el autor considera a este como un “bastardo” y como alguien que usurpó el trono, lo que motiva no incluir su efigie, y denota una vez más uno de los ejes citados de las tres grandes temáticas del autor, como es el tema del derecho divino y la pureza de sangre. Así, en la página 5 del manuscrito escribe Justo:

“Atahuallpa se hallaba poco distante de Ccasamarca con treinta mil soldados de guardia en unos vaños y palacios Reales, ocupado en dar ordenes para la seguridad de su Reyno usurpado; pues yá entonces el Emperador Huascar Ynca estaba preso en Jauja”.

Las ilustraciones son muy parecidas a las de la portada de la crónica Década Quinta, que es parte de la  Historia general de los hechos de los castellanos en las Islas y Tierra Firme del mar Océano  de Antonio Herrera, “cronista Mayor de su Magestad de las Yndias y cronista de Castilla y León” —como indica él mismo indica la firma del libro—. La diferencia más notable está en las coronas usadas por los monarcas desde Pachacutic hasta Huayna Ccapac, y que de haber existido un modelo común para ambas sería “los «paños pintados» enviados a la península por el Virrey Toledo y el «árbol real, descendiendo desde Mancco Cácac hasta Huayna Cácac y su hijo Paullu», enviado a Garcilaso en 1603 por los descendientes de Paullu Inca. (Flores, 2001).

Se deduce que dicho “árbol real” de donde pudieran haberse sacado los modelos para las acuarelas, existió y fue visto en el Cusco por el viajero y aventurero francés Paul Marcoy —seudónimo de Laurent Saint-Cricq—. Tras sus viajes por el Perú en 1846, escribió:

“Esta descendencia, Árbol Imperial, como se la llama en el Cuzco, había sido pintada y escrita sobre tafetán de China por un artista cuzqueño del siglo XVI. Se la conservaba con muchísimo cuidado en los archivos de la catedral, tanto a causa de su valor como documento histórico, como por el tiempo que necesitó el artista para su confección. Como se componía de veinticuatro medallones (formato exiguo) de emperadores y emperatrices, y de una leyenda de más o menos quinientas palabras, cada una de dos a tres sílabas, el artista en cuestión, cuyo nombre no sabemos… habría debido escribir una palabra cada cuatro días y pintar un medallón cada semestre. Esta obra, original y concienzuda, que Garcilaso de la Vega tuvo la suerte de ver en toda su novedad… desapareció durante la ocupación del Cuzco por independentistas. Felizmente para los amigos de la iconografía, una familia del lugar de origen incaico, y cuyo apellido figura entre los hombres de príncipes de la novena descendencia, llamada Ayllu Ccozco Panaca, tenía una copia que ha tenido bien comunicarnos”. (Marcoy, 1948)

En tal sentido, el manuscrito acá visto, el de Mindlin, sería una versión corta de tal “árbol imperial” que existió en Cuzco, y que habría sido enviado a España por los descendientes de Paullu. Como es obvio, las únicas descripciones que podía haber de los retratados eran orales o escritas, salvo la litografía agregada de Sahuaraura en la edición parisina, que obviamente fue retratado en vida. Es más, Flores nota en el retrato de Paullu la nariz y quijada con vellos, lo que lo hace más “realista”; puesto que por razones temporales, las referencias que pudo tener el artista o artistas que hicieron los dibujos estarían más frescas. Sin embargo, aclara Gisbert que en la versión impresa de 1850, la imagen de Paullu fue suprimida. Tampoco considera el canónigo a Atahualpa, como ya señalé, por considerarlo “bastardo”. Pero, como también ya vimos, en la edición parisina se agrega a Manco Inca, Sairi Túpac y Tupac Amaru I.

No obstante, Teresa Gisbert da otra hipótesis sobre el origen del modelo para los dibujos. “La serie que ilustra el libro de Sahuaraura fue preparada en París, tomando como modelos a grabados preexistentes, aunque la versión del libro se inspira en el grabado de Alonso de la Cueva y sus derivados, en una versión un tanto independiente. Hoy, que conocemos el manuscrito original, vemos que no han sido utilizadas las aguadas de color que lo acompañan, lo que extraña”, relata. Gisbert quiere enfatizar que es una versión libre de la desarrollada por Alonso de la Cueva, pero que se acerca más a la Década Quinta de Herrera, que ya mencionamos.

Sobre el mencionado Alonso de la Cueva, dice el doctor en Historia del Arte Ricardo Estrabidis Cárdenas que fue un “licenciado… limeño nacido en 1684 que a lo largo de su vida pasó por las órdenes religiosas de Oratorianos y de la Compañía de Jesús”. De la Cueva fue autor de un grabado realizado entre 1724 y 1728 que incorpora, además de las dinastías incas, a los reyes de España. Dicha composición va desde Manco Capác hasta Ataualpa, continuando con Carlos I hasta Felipe V en su segundo reinado. Dicha obra fue de influencia en muchas iconografías posteriores; sin embargo, es de extrañar, que en el capítulo V dedicado a los retratos en su libro sobre grabados y arte, que va desde el siglo XVI al XIX, Estrabidis no mencione para nada la obra de Sahuaraura. Empero, da algunas pistas sobre obras que asumimos pudieron servir de inspiración —además del “árbol genealógico” citado por Gisbert y supuestamente visto por Marcoy—. Así, este investigador y también pintor relata que “se tienen noticias de que el virrey Francisco de Toledo encargó una serie de retratos de la dinastía inca que fueron enviados al rey Felipe II en 1572. Estas obras, hoy perdidas, se considera que debieron de servir de modelo para los grabados que ilustra la portada de la Década V, en la Historia General de los hechos de los Castellanos…, escrita por Antonio de Herrera y editada en 1615”. (Estrabidis, 2012). Incluso, el mismo autor ofrece antecedentes anteriores, pues asegura, citando las crónicas de Pedro Sarmiento de Gamboa en su Historia Indica, que este autor “habla de retratos de los reyes del Cusco, mandados a hacer por el Inca Pachacutec; asimismo el cronista Cristóbal de Molina en su Relación de fábulas y ritos de los Incas, se refiere a retratos de los incas y sus mujeres”. (Estrabidis, 2012)

Estrabidis también hace referencia a las hipótesis de Gisbert del “árbol genealógico” matriz mencionando la idea de la existencia de tal obra, ya que Juan Bustamante Carlos Inca, un descendiente de Huayna Capac, hacia 1747, llevó un lienzo a la península ibérica como prueba de su linaje para solicitar un escudo nobiliario.

Más allá del origen o modelo que inspiran los grabados del libro de Sahuara, se puede apreciar la evidente forma oval que enmarca las ilustraciones; en las tres versiones que conocemos del manuscrito (la de la Biblioteca Nacional, la de la Biblioteca Mindlin, y la edición de París de 1850). Tal era la característica o moda que había en España hacia finales del siglo XVI. Tal moda, que es influencia del renacimiento italiano, se plasmó por vez primera en Lima en 1596, en el libro El Arauco domado, impreso en la imprenta de Antonio Ricardo. Allí sale retratado el poeta Pedro de Oña, autor del libro, de semiperfil, en busto y vestido a la moda que imperaba en la corte de Felipe II. En consecuencia, el marco es ovalado y con una leyenda. La idea de la moda ibérica de enmarcar en un óvalo, como sale también en la obra de Sahuarara, es —según la interpretación de Estrabidis— relacionar la figura del retratado “con la medallística clásica”.

Pero volviendo a los retratos específicos de la obra de Sahuaraura, Gisbert detecta evidentes cambios de los supuestos modelos antecedentes —además de los incas agregados y suprimidos— en los propios dibujos, como el de Huáscar, a quien “le quita el bonete al estilo Cueva y le pone la corona con vincha, llauto y mascaipacha. Los tres Incas de Vilcabamba, así como Huáscar, llevan el ulpu o chambe y la huailacana o escudo”.

De lo que no parece haber dudas es que respecto a los retratos de los Incas de Vilcamba, el canónigo toma como modelo el cuadro del Matrimonio de Beatriz Ñusta, donde están Sairi Tupac y Túpac Amaru. De dicho cuadro hay tres versiones conocidas, y una cuarta que se perdió. El pintor alemán Mauricio Rugendas, quien estuvo en Perú entre 1842 y 1845, copió dos veces ese original perdido cuando estaba en poder del viejo heredero de los incas, es decir, de don Justo. La copia que hace este pintor alemán a lápiz tiene una inscripción que dice “Cuzco 8 Dec. 1844” y en la tarjeta se agrega esta información: “Copiado del cuadro original que pertenece al Sr. Dr. Justo Sahuaraura Inca Canónigo Dignidad de Chantre de la Sta. Iglesia Catedral del Cuzco”.

Es de destacar que la obra de Justo tuvo repercusión en otros lados, como en Bolivia. Allí, en 1880, Mariano Florentino Olivares pinta en La Paz el cuadro de la Dinastía incaica. Tal obra es una copia del libro del anciano canónigo cusqueño, en la que solo cambia a Huáscar y se añade a Atahualpa, Mama Occllo y a Pizarro. El detalle curioso es que se mantiene a Sahuaraura, incluso consignando en el cuadro una especie de sinopsis de su biografía junto a la de Manco Cápac.

El viejo Justo Apu Sahuaraura Inca jamás logró ver su acariciado y poco secreto sueño de ser Inca. Hacia 1846 sufre de una parálisis que le impide escribir y es asistido para ello por su hijo. Muere aproximadamente en 1853, tras intensos 78 años de vida.

NOTA: Ensayo escrito en 2015.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

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  1. HOY, CON LOS PROBLEMAS SOCIALES DE DESOCUPACIÓN, DELINCUENCIA, HASTA LOS ESTRATOS, SUPUESTAMENTE , SATISFECHA SUS NECESIDADES, PROSTITUCIÓN, BAJA PRESIÓN ACADÉMICA, A TAL PUNTO QUE LAS MENTADAS UNIVERSIDADES PERUANAS DE ” PRESTIGIO “, ESTÁN UBICADAS MÁS ALLÁ DE LA COLA, EN LOS PUESTOS INFERIORES QUE RAYAN CON LA UBICACIÓN MIL, EL TRABAJO QUE NECESITA URGENTE NUESTRA PATRIA PASA POR DESCOLOINIZAR LAS LENGUAS ANCESTRALES, RUNASIMI, AYMARA, POR LO MENOS; DARLE UN SUSTENTO CIENTÍFICO Y LAS BASES MATEMÁTICAS SOBRE LAS CUALES REPOSAN LAS TECNOLOGÍAS QUE NOS HAN LEGADO, POR EJEMPLO LOS FUNDAMENTOS TERMODINÁMICOS SOBRE LA QUE REPOSA LA ELABORACIÓN DEL CHUÑU. PRESENTAR AL MUNDO ENTERO A LA YUPANA {CALCULADORA NUMÉRICA DE LOS INCAS}, COMO LA AYUDA DIDÁCTICA MEJOR LOGRADA EN LA HISTORIA DE LA HUMANIDAD QUE PERMITE ENSEÑAR MATEMÁTICA SIN NECESIDAD DE LA ESCRITURA, PAPEL NI LÁPIZ, ADEMÁS, QUE EN SU DISEÑO INTERVIENEN TRES ECUACIONES CUADRÁTICAS DE SEGUNDO GRADO. EN GENERAL, EL MANEJO DE LOS ECOSISTEMAS, LA CORRECTA INTERPRETACIÓN DE LOS TÉRMINOS PACHAKUTICC Y PACHATIKRA, AMBOS RELACIONADOS CON EL GRAN CALENTAMIENTO GLOBAL DEL PLANETA TIERRA, QUE SE PRODUCEN EN EL CURSO DEL SEGUNDO TERCIO DE LAS ERAS CÁNCER Y CAPRICORNIO Y, CUYA DURACIÓN ES DE APROXIMADAMENTE 716 AÑOS. ATTE. RODRIGO RIVAS ORÉ.

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