Cultura

Fotografías Post Mortem: el camino a la eternidad

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Escrito por Alejandro de la Fuente

¿Qué podemos dejar los seres humanos cuando el amplio velo de la muerte cubre nuestro rostro y nuestra existencia se reduce a un cuerpo inerte sin alma ni brillo? ¿De qué manera la vida puede resultar victoriosa ante la muerte en una lucha sin cuartel y sin sentido? La muerte, el estado ontológico cuna de la sensación de angustia: somos, pero sabemos que dejaremos de ser. Es algo inevitable.  Los recuerdos fluyen como torrentes en ríos caudalosos y sombríos pero no se ven, son abstractos, calan en el alma y se difuminan con el pasar del tiempo. ¿Cómo se puede vencer a la muerte, cómo ahuyentar a los gallinazos que con las alas aferran los cuerpos a la muerte y atarlo para siempre a este mundo terrenal? Es en esta situación sin salida que una fotografía, un simple retrato puede convertirse en el ancla perfecta. O, por lo menos, así se creyó en determinado momento de la historia. Un retrato de vida eterna luego de la muerte. Una foto con los ojos prendidos después el apagón: una foto post mortem.

La muerte desde nuestra cosmovisión occidental-religiosa es el viaje del alma hacia un paraíso extraterrenal, en donde un cielo con fastuosa vegetación y paz eterna espera al ser bueno y los eternos maleficios condenan al ser repudiable y despiadado que posó su existencia en la Tierra. El cuerpo, que horas después será comida para los gusanos, entonces pierde todo valor y es enterrado bajo la hierba. En el Antiguo Egipto se momificaba a los Faraones carentes ya de vida para conservar su apariencia para la eternidad. Los mayas inmortalizaban el rostro del difunto tallando máscaras de jade. Eran nada más que anclas a tierra.

EL RENACIMIENTO

La costumbre de retratar a los muertos no es inherente a la historia de la fotografía. En el Renacimiento, el espacio de transición entre la Edad Media y lo que conocemos como modernidad, la época de las luces y de la razón, acaecido en Europa entre los siglos XV y XVI se estilaba a través de la pintura plasmar para la posteridad el momento de la muerte: “memento mori”, era nombrado  en latín. “Recuerda que eres mortal”, es la traducción al castellano. La composición de retratos de muertos, que han quedado como testimonio tras el paso de los años, está generalmente centrada en la inmortalización de los niños muertos en epidemias y enfermedades incurables, que hasta la llegada de los antibióticos resultaban letales.

Elegantes como si partiera a una sórdida gala en la posada de los ángeles y Dioses del más allá. Así lucían los retratados en las fotografías los muertos vivientes. No vaya a creerse que se trata de una simple foto del muerto descansando dentro de un ataúd. No. Las fotos post mortem buscaban encontrar la naturalidad de la muerte, como esta no existiera. Entonces el muerto era colocado con una postura que pareciera natural de un vivo y se le abrían los ojos. Era tan creativa la postura que resulta difícil saber cuál de los retratados era un simple cuerpo sin vida disfrazado con las ropas de este mundo. A veces, incluso,  para que resultara más realista se hacían retoques fotográficos posteriores.

HISTORIAS EN AMÉRICA LATINA

Hacer fotografías post mortem llegó a ser tan habitual y rentable que muchos fotógrafos se especializaron en esta labor durante el tiempo en el que esta práctica estuvo de moda. La tendencia pronto cruzó el Atlántico y se instaló en América. De hecho en un extracto de “El Nacional”, un diario argentino de 1861 fundado por Dalmacio Vélez Sársfield, aparecen publicaciones de este tipo: el fotógrafo Francisco Rave y su socio José María Aguilar, retratan cadáveres a domicilio, a precios acomodados, comunicarse al…”

En el Perú la moda también estuvo presente. El fotógrafo francés Philogone Daviette, en sociedad con el profesor peruano Furnier ofrecían entre los años 1844-46, los servicios de fotografías de difuntos. En nuestros tabloides eran comunes anuncios que ofrecían al lector la posibilidad de inmortalizar al ser querido. Furnier, se anunciaba como “artista fotogénico” recién llegado de París, el cual se encargaba de “retratar los difuntos como cuadros al óleo”. No era el único. Rafael Castillo, uno de los pioneros en la fotografía en nuestra república, fue parte del estudio del norteamericano Villroy Richardson, desde allí se organizaban las comisiones funestas de fotografiar a los muertos y mezclarlos para la eternidad con los vivos.

Disfrazar la muerte y mantener vivo a un ser querido no era entonces un hecho sórdido como puede pensarse en la actualidad. Era el ancla de la muerte, como si esta nunca hubiera tendido su oscuro manto sobre nosotros.

Te lo juro por la Sarita, batería.

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