Por los Caminos

El mundo bipolar: Fujimorismo Vs. Antifujimorismo

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La irrupción del fujimorismo en la escena nacional, a inicios de los años 90, para bien o para mal, significó un parteaguas en el modo de hacer y vivir la política en nuestro país. El fujimorismo fue socavando la cancha de las relaciones políticas: debilitamiento de los sindicatos, compra de medios de comunicación, funcionarios judiciales asalariados, destrucción de las organizaciones partidarias, etc. Sin embargo, pasadas ya un par de décadas, ha dejado algo mucho más difícil de componer aún, como es el sentido común colectivo (o nuestra cultura política).

A lo largo de la historia, se ha demostrado que muchas veces la gente se une en torno a una causa común; para el caso que estoy comentando, también alrededor de un enemigo común. En los años en que el aprismo era un partido de arrastre, alguien dijo que el partido más grande del Perú era el “antiaprismo”. El fujimorismo, obviamente sin saberlo y a mérito de sus muchos de atropellos, ha ocupado ese lugar. Cada partido, en su exceso de poder, trae el germen de su propia destrucción. El fujimorismo, a pulso, creó el antifujimorismo.

Y es acá donde, esa dicotomía fuji vs antifujis, nos ha creado un problema, y es lo que quiero enfocar en este texto. Esta disputa ha delineado la cancha de la batalla cultural, básicamente, en dos bandos. Los cívicos, es decir, los antifujimoristas; y los no cívicos, es decir los fujimoristas. Que parece traducirse entre una lucha entre los buenos y los malos.

En ese mar venimos navegando tres décadas, como si todo fuera blanco o negro. La condición humana está llena de sutilezas y puntos medios, de contradicciones e incluso de heroísmos; más aún, la materia de la que está hecha la política, que es incierta por definición, es el campo de lo apenas posible. Nada está escrito en piedra.

Así hemos llegado a una suerte de dictadura: O te gusta el pollo a la brasa o te gusta el cebiche; o eres de la U o eres de la Alianza; o eres fujimorista o eres antifujimorista.

Pero, lo cierto es que la realidad es más compleja. Mucho más compleja. Sin ir muy lejos en el tiempo, te dicen en redes, por ejemplo, que si criticas a Vizcarra “le haces juego al fujimorismo”. En mi opinión, Vizcarra tiene parte en el caso Swing. Es un hecho concreto. Que algunos enemigos del presidente aprovechen ello con fines subalternos, es otro tema. Pero disentir nunca te hace pro o anti. Es solo tener un juicio respecto a determinado tema. Las mentes y lógicas totalizantes son propias de los fanáticos, no de las personas con un mínimo de racionalidad.

Tomaré otro breve ejemplo. En su momento el aprista Mauricio Mulder planteó controlar la publicidad que el Estado paga en medios de comunicación. Ese señor, claro está, me parece un tipo vulgar, zafio, con rasgos de matón. Como sea, todos los que hemos estado cerca a la prensa alguna vez, sabemos que, en efecto, el Estado usa su partida publicitaria como una herramienta para controlar varios medios de prensa. ¿Decirlo o verlo me hace ser hincha del señor Mulder? No, desde luego.

El mundo no se puede dividir entre cívicos y no cívicos, entre santos y perversos. Ya el taoísmo nos explica con el yin yang que todo lo bueno tiene algo de malo, y viceversa. Tener pensamientos e ideas políticas compartidas exactas no está en la naturaleza de los seres humanos.

En la médula de la política, necesariamente, está el conflicto. Teoriza Chantal Mouffe en su libro ‘En torno a lo político’que “… las cuestiones políticas no son meros asuntos técnicos destinados a ser resueltos por expertos. Las cuestionas propiamente políticas siempre implican decisiones que requieren que optemos entre alternativas”. Así, donde quiera que haya dos personas que tengan que tomar una decisión, por ejemplo, cómo sacar la basura entre tus vecinos, hay una disputa política. Una lucha por vivir en comunidad de la mejor manera posible.

Por su puesto, nada será nunca aceptado por la absoluta totalidad de una población o comunidad. El problema es que las posturas que cultivan el individualismo o un colectivismo cerrado, niegan que alguien siquiera pueda pensar lo opuesto, o tener matices, o que alguien que en algún momento estaba en el otro lado de la mesa, pueda eventualmente estar de tu lado en otras circunstancias. Rechazan de plano que alguien, por ejemplo, pueda criticar válidamente a un presidente que es “antifujimorista”. ¿Eso no suena a intolerancia?

Mouffe, la citada filósofa belga lo retrata como un “nosotros” vs. “ellos”, que se traduce en el amigo/enemigo. La premisa parte de un error, el no reconocer que las relaciones políticas son el campo de acción constante de personajes o grupos antagonistas. Es lo natural. Negarlo es la “antipolítica”. Mi amigo Elvis Mori lo explica en estas palabras y me voy a permitir una cita larga: “Esta colisión de mundos paralelos ha traído consigo la implosión progresiva de los principios básicos que fueron construidos para procesar las insatisfacciones y las velocidades de cualquier atisbo de cambio: diariamente se reducen los puentes de diálogo y canalización política, constantemente se pasa de la pulla a la amenaza voraz contra el otro que, si no es un ignorante o “loquito” (no deja de llamar la atención que vuelvan las categorías psiquiátricas en la política más elitista), es un mercenario enviado por Soros o Bill Gates para controlar nuestros países (la política como una cruzada entre individuos poderosos o menos poderosos), etc. Es como si estuviésemos volviendo a foja cero para pasar a otro nivel de socialización, al mismo tiempo que debemos lidiar con bandas apertrechadas de rifles que nos amenazan en nombre de su libertad de expresión, fake news transnacionales y neurocalificaciones contra el sujeto que fracasó porque no fue demasiado innovador. // En ese mismo territorio de la antipolítica, ya no están en juego las posturas o las posiciones encontradas sobre un mismo tema, sino que los mismos temas ordenadores de la modernidad y la postmodernidad no ordenan nada. Cada vez se hace más difícil instalar una episteme que garantice el acuerdo/conflicto digerible en democracia. Al mismo tiempo, las calles y sus redes son gatilladas por consignas que saben llegar a la carne misma de la existencia humana, mientras son bastardeadas (la denigración de las masas decía Laclau) por políticos, académicos y militantes acostumbrados a hacer política en normalidad ahora casi inexistente… esta calle se abre paso sobre los escombros de la postguerra mundial, la postguerra fría y el postconsenso de Washington.”

El no aceptar que alguien tenga una crítica o un pensamiento disidente es, en resumen, el pensamiento único: el fascismo. Uno que aniquila a sus adversarios, donde todos deben pensar de la misma manera. Si no se acepta que uno pueda estar en contra de los “enemigos” del fujimorismo sin ser fujimorista, estamos ante el todo o nada, o estás conmigo o en mi contra. Una vez más, pensamiento único: fascismo.

Ello ha sido el nefasto aporte al sentido común de la calle en el Perú del fujimorismo y su antipolítica: todos deben pensar de una manera, o de la otra. Los que no estaban con el fujimorismo, eran “terrucos”. Pero, repito, a su vez, cultivando la deshonestidad, logró que el sentido común de a pie relacione con ese partido todo lo que significa corrupción, y, por ende, estar en contra es ser “moral”. Jugó con un arma de doble filo, y cogió el cuchillo por la hoja. Y así, utilizando las ideas de Mouffe, nos encontramos ante el antifujimorismo como amigo, y en fujimorismo como enemigo. Casi sin líneas de intersección.

En consecuencia, lo que termina instalándose es el pensamiento de barra brava, que el otro no debe existir, que su opinión no debe siquiera entrar al debate público, que debe incluso eliminarse físicamente (lo vemos en las amenazas de muerte en redes sociales por cualquier cosa). Un pensamiento que ha abonado bien el fujimorismo con sus palabras huecas cuando lo denuncian con justicia y responde “¿por qué tanto odio?”. Con ello, le ha dado más carga moral a la polarización, haciendo que el tiro le salga por la culata y consiguiendo que sea incluso “más moral” ser antifujimorista. ¿Una pregunta que me surge es hasta cuándo puede durar eso? Es decir, si seguimos antagonizando, sin matices ni mediaciones, ¿no se producirá un antifujimorismo del antifujimorismo? ¿Será que construir nuevas alternativas políticas que nos ayuden a construir matices sería una salida para desatar estas polarizaciones cerradas y asfixiantes? ¿No se puede hacer política, no se puede ser cívico más allá del antifujimorismo o antifujimorismo?

Hace tiempo que hemos debido salir de la lógica binaria del fuji y antifuji.

La alternativa que plantea la pensadora belga es no entender al antagonista como enemigo, sino como alguien que también tiene sus demandas que deben ser escuchadas. Diseña el término “agonismo” para esta relación. Se debe pasar de los antagonismo al agonismo. Eso es la democracia. Y en ese conflicto se desarrolla la política, la lucha de ideas. Si consideramos al otro como enemigo llanamente, no hay espacio para la política. Lo que sigue es la guerra civil, el asesinato por encargo, el suicidio misterioso, la sentencia amañada, etc.

Por: Eduardo Abusada Franco

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