Por los Caminos

EL INACABABLE EDGARD GUILLÉN

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Hace algunos años fui a buscar a un amigo a un teatro en Miraflores. Estaba algo perdido en el lugar, que era como una galería, cuando abrí despacio una puerta y quedé ante un hombre en un escenario. Me disponía a deshacer mis pasos con mucho sigilo para que no notaran mi interrupción. No sabía qué papel estaba interpretando aquel actor, o acaso si solo estaba ensayando (no había mucha gente y era temprano). Ni siquiera entendía el argumento, pues ya lo agarré empezado. Sin embargo, quede allí, como si hubiera recibido la mirada de la Gorgona, de piedra, encantado. Cada palabra del actor era un hechizo, la pasión que le ponía, los altos y bajos en su voz, la cadencia, todo era hipnótico. Estuve allí, parado en la misma posición, apenas permitiéndome respirar para que no noten mi intromisión, hasta el final. Y así, petrificado, quedó grabada en mí una de las piezas teatrales más bellas que conocí.

La interpretación era un monólogo adaptado de la obra Ricardo III, de Shakespeare. El actor, el ínclito Edgard Guillén. Con el tiempo vi la obra de nuevo, pero en la tele y por YouTube. Supe luego que Guillén, ya bastante mayor, estaba poniendo en escena aquel monólogo en su casa de Pueblo Libre y también hacía “teatro delivery”. Se le podía contratar con un grupo de amigos para que vaya a casa o algún lugar y haga allí el fabuloso monólogo. Por uno u otro motivo, fui posponiendo mi visita, hasta que llegó la pandemia. Hará unas tres de semanas que Guillén ha abierto nuevamente las puertas de su casa y tuve, ahora sí, la decisión de ser el primero en llegar luego de dos años de los tiempos de la peste.

Él mismo te abre la puerta y conversa de lo que gustes. Como estaba temprano, agarré el mejor sitio en su sala. Empero, tengo la mala suerte de que muchas veces me persiguen los problemas. Aún era temprano, pero ya estaba llegando gente, y pedí ir al baño. El segundo piso, donde estaba el baño, era algo oscuro. Abrí por un error una puerta que no era y su escapó su adorada gatita. Guillén, que además de actor de mucha experiencia y arte, tiene fama de ser muy temperamental, me dio una merecida reprimenda. En fin, felizmente logré capturar nuevamente su gata, que rogaba no me arañe, porque era enorme el felino ese, parecía una pantera.

Como sea, la interpretación de Ricardo III fue tal como la recordaba. Con 82 años, Guillén logra que fuerza en la caracterización de los personajes mantenga magia que transmite a los espectadores, esa electricidad que trepa por la piel en cada verso de Shakespeare. Incluso la potencia de su voz y el brillo de sus ojos siguen firmes, con la ilusión de un chiquillo. Disfrutando hasta el paroxismo su arte. El actor, durante una hora, tiene un desgaste tremendo, se echa al suelo duro, levanta una y otra vez; cambia de roles, del extenso parlamento, no falla una silaba en su memoria. Sorprende su energía ya luego de tanto camino andado. Pueden verlo los sábados y domingos a las 8 pm en punto en su casa, en Av. Paso de las Andes 1147, Pueblo Libre.

Por: Eduardo Abusada Franco

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