Ciencia

El doctor Hermilio Valdizán Medrano

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Por: Ana María Malachowski Rebagliati

Me gustó su historia y la estoy escribiendo casi de memoria. Esta es una pequeña historia de la vida del doctor Hermilio Valdizán Medrano. Una historia que la cuenta su colega, el doctor Juan Francisco Valega, que lo conoció en vida y que está publicada en un libro escrito por el doctor Javier Mariátegui Chiappe, hijo de José Carlos, que se llama: Juan Francisco Valega y la Lima de su tiempo.

Valdizán había nacido en Huánuco en 1885, en los años difíciles en que gobernaba el general Andrés A. Cáceres, cuando había que hablar con cuidado y a media voz porque quizás en cada esquina podía haber un soplón. Valdizán estudió en Lima, en el colegio de Labarthe, el mismo donde estudiaron José Santos Chocano y Clemente Palma. Además de ser médico psiquiatra, Valdizán era escritor. Practicaba esta pasión —cuenta Valega— en su vieja máquina de escribir, acompañado siempre por una cajetilla de cigarrillos. Algo que lo caracterizaba y que, de alguna manera lo delataba cuando enviaba algún artículo de manera anónima para una publicación, era que las hojas de papel que le gustaba utilizar eran de un suave color amarillo.

El doctor Hermilio Valdizán vivía en una pequeña casa habitación en lo que, en las décadas del veinte, se llamó la colonia asilo de La Magdalena, lo que hoy es el Hospital Larco Herrera. Le gustaba el lugar; amaba su lugar; un espacio donde la calle estaba cubierta por una alfombra de decenas de pequeñas moras que caían de los árboles. Amaba el lugar porque guardaba mucho cariño por sus pacientes… hasta por el chinito alienado que se metía a su casa a robarle las colillas del cigarrillo. Allí, en esa su casa, había un ambiente donde tenía su biblioteca con estanterías de oscura madera llenas de libros perfectamente apilados; y en el que recibía, los domingos y feriados, a sus colegas y amigos. Allí se pasaban varias horas conversando sobre psiquiatría o quién sabe leyendo poemas de Percy Gibson que le gustaban tanto. Luego, según decía Honorio Delgado, iban a tomarse un pequeño refrigerio en el Hotel Bertolotto de San Miguel; y como Valdizán andaba a dieta, él miraba a sus amigos saborear exquisitos platos y licores finos, que nunca probaba.

El doctor Valdizán fue una persona buena y amable. Algo que le preocupaba era que la psiquiatría, que en otros países tenía un gran auge, en el Perú no lo tuviera. No había un buen número de los que llamaba “cultores”. Eso lo tenía intranquilo, y algo que le molestó fue cuando se pretendió que una congregación religiosa se incorporara al asilo. En ese tema sí estaba totalmente en desacuerdo. Finalmente, después de una larga lucha, se logró que esto no se hiciera realidad.

Valega cuenta que Valdizán sentía que su fin estaba cerca. A sabiendas de ello, escribía y escribía sin descanso; muy aparte del cargo de director del asilo que ocupaba y de las nueve horas a la semana que le daba al dictado de clases. “Creo que esta será mi última pascua”, les dijo a sus amigos, luego de despedirlos en la puerta de su casa la noche de Navidad. Esa misma noche, del año 1929, Valdizán fallecía de un problema al corazón. Tenía sólo cuarenta y cuatro años.

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