Vidas e Historias

DÉJÀ VU EN EL ORIENTE MEDIO

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Por: Jesús Miguel Céspedes Aponte

La comunidad islámica se dividió violentamente a causa de sus desacuerdos respecto de quién tenía derecho a ser el califa (sucesor y delegado) de Mahoma, fallecido en 632. Los suníes afirmaron que todo aspirante a califa tenía que ser un musulmán de la tribu árabe de Quraish, a la que perteneció el profeta; los chiíes, por su parte, sostuvieron que solo los descendientes musulmanes de Alí –primer varón convertido al islam, primo y yerno de Mahoma– tenían derecho a la dignidad califal; y los jariyíes, finalmente, defendieron la idea de que el califato debía ser ejercido por el musulmán más digno, sin importar sus orígenes.

El único califato chií de la historia ha sido el de los fatimíes, quienes aseguraban descender de Alí y su esposa Fátima (hija del profeta). El califato fatimí alcanzó su máxima extensión hacia 1050, cuando sus dominios incluían Jerusalén, ciudad sagrada para musulmanes, judíos y cristianos. En general, los fatimíes fueron tolerantes con los cristianos, a excepción de su sexto califa, Al-Hákim, quien llegó al extremo de destruir la Iglesia del Santo Sepulcro. Su sucesor, por el contrario, autorizó la reconstrucción y restableció la tolerancia religiosa.

Sin embargo, apenas unas décadas después irrumpieron los selyúcidas, así llamados por Selyuq, su primer jefe. A diferencia de los fatimíes, no eran árabes ni chiíes sino turcos y suníes. Llegaron a amenazar la existencia misma del Imperio bizantino, baluarte de la Cristiandad ortodoxa, y arrebataron Jerusalén al califato fatimí, por lo que el papa Urbano II, cabeza de la Cristiandad católica, predicó la primera cruzada, afirmando que Dios exigía hacer causa común con los bizantinos y reconquistar la sagrada ciudad, ajena al dominio cristiano desde hacía siglos.

Pese a la guerra santa declarada contra los musulmanes, estos no unificaron fuerzas: selyúcidas y fatimíes siguieron tan enemistados como siempre, al punto que los segundos recuperaron Jerusalén por la fuerza poco antes de que los cruzados apareciesen ante sus murallas. Para colmo de males, tanto selyúcidas como fatimíes sufrían divisionismos y rivalidades que corroían sus fuerzas. Esta falta de cohesión propició el triunfo de sus feroces enemigos, los cruzados, por lo que Jerusalén –reconquistada el 15 de julio de 1099– se convirtió en la capital de un reino católico y el ortodoxo Imperio bizantino recuperó algunos territorios.

Sé que vari@s de ustedes están al tanto de las recientes crisis desatadas en el mundo islámico, principalmente en el Oriente Medio, y saben de los intereses y las acciones de los gobiernos de Estados Unidos e Israel; pero para entender mejor la complejidad de las cosas será clave no olvidar que hoy, como antaño, los actores musulmanes del drama están enfrentados por múltiples razones, entre ellas la étnica y sobre todo la religiosa: Irán – el dolor de cabeza de Estados Unidos e Israel – es persa y chií; mientras que Arabia Saudita, su archirrival regional, además de árabe, es suní…

La primera cruzada culminó hace poco menos de mil años; pero las noticias actuales del Oriente Medio seguramente nos provocarán un déjà vu de cuando en cuando.

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