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Tres plagas de nuestro tiempo

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Noam Chomsky nació el 7 de diciembre de 1928 y todavía no se cansa de advertirnos, con la lucidez e inteligencia que lo caracterizan, de que caminamos –o, mejor dicho, corremos– hacia el abismo. El nonagenario sigue advirtiéndonos sobre todo aquello que ha puesto a la civilización humana al borde de algún final ignominioso y violento, además de trágico (por todo aquello que nuestra especie es y pudo ser).

No hay quién más nos recuerde, por ejemplo, sobre el ominoso tic-tac del “reloj del fin del mundo”. Ese artilugio creado en 1947 por una comunidad de científicos atómicos no deja de acercarse lentamente, pero a paso firme, a la medianoche, el momento en el que la bomba atómica será usada otra vez. No ya por un solitario poder dominante y criminal en su intento de dejar clara su hegemonía, sino por varias potencias nucleares en pugna, acabando con la civilización humana tal como la conocemos.

¿Puede suicidarse una especie? Parecemos dispuestos a averiguarlo.

Una foto del “reloj de fin del mundo”, que desde hace unos años ya no advierte del inminente peligro nuclear en minutos, sino segundos, “debería ir en la portada de todos los diarios”, dice Chomsky. Hoy nos encontramos a cien segundos de las doce. Como dijo alguna vez otro genio de origen judío, la cuarta guerra mundial será peleada con palos y piedras.

Luego está ese otro grave peligro existencial, para el cual no necesitamos dispararnos bombas atómicas, sino, simplemente, seguir tal como estamos: la destrucción irreversible del ecosistema.

Pero nada parece capaz de sacarnos de la inercia, liberarnos de lo inexorable. Necesitamos observar un consenso público y masivo con respecto al peligro. Ese parece ser el requisito indispensable para pasar a la acción o demandar cambios. Pero un consenso como ese no solo no será creado, sino que viene siendo y seguirá siendo impedido por la prensa corporativa. Quienes conocen el Modelo de Propaganda entenderán por qué… por qué la revolución jamás será televisada.

Chomsky y su socio y amigo Edward Herman idearon el Modelo de Propaganda a fines de la década del 80 para entender mejor el sesgo y conductas del aparato mediático corporativo. En las circunstancias presentes, la creación de un consenso público y masivo que nos lleve a exigir la destrucción del arsenal atómico global (es solo un ejemplo), dependería de sus representantes, del Washington Post, el “Times”, la CNN y sus repetidores alrededor del mundo, etc.

Pero los medios mencionados no solo están en el bolsillo de las grandes corporaciones que se benefician de carreras armamentísticas o patentes farmacéuticas que siempre encuentran nuevas formas de prorrogarse, sino que ellos mismos son grandes corporaciones y parte de los mismos conglomerados. Sus directores se mueven entre lo que en inglés se denomina “interlocking directorates”. Así, un director de la gigante farmacéutica Eli Lilly tiene asiento en el directorio del New York Times y tanto Novartis como Merck tienen ejecutivos en el directorio de la NBC. Ellos ejercen su liderazgo y autoridad sobre un montón de corporaciones al mismo tiempo, incluidas las mediáticas, siempre con el afán de lucro como único norte.

El director de la gran constructora acusada de corrupción es al mismo tiempo el director del gran medio de comunicación conservador que se hace llamar “liberal”. Además, el medio en cuestión vive de difundir la publicidad de grandes compañías como las de ese director y magnate. El caso peruano es solo la muestra en miniatura de una degeneración establecida en el primer mundo y ya muy avanzada, por no decir terminal.

¿Dónde entrarían a tallar los principios periodísticos en todo ese tinglado? Pues en ninguna parte, excepto como fachada indispensable para sus negocios en el rubro comunicaciones.

La gran farsa de la “prensa libre” es una de las cuestiones centrales de la crítica “chomskiana”. Este engaño fundamental explica el deterioro de muchos otros aspectos de nuestra sociedad, pues la entidad de la cual se esperan denuncias claras y oportunas en resguardo del bien común, la “prensa libre”, en su lugar oculta y omite los crímenes, corruptelas y conflictos de interés de sus dueños –algo previsible–, así como los efectos nocivos y “externalidades” en los que constantemente incurren sus negocios.

Lo peor ni siquiera es eso: oculta los peligros que la corrupción legalizada que conocemos como lobby o cabildeo político entrañan para la democracia. No denuncian, ni siquiera hacen visible, aquello que ha producido el presente grado de desigualdad económica, con su efecto corrosivo sobre nuestras sociedades. Peor aún, muchas veces intentan vendérnoslo como algo natural, inevitable o hasta positivo.

Nuestro periodismo aprendió a decir “neoliberalismo” recién hace un par de años; antes de eso, por ignorancia o deshonestidad, nos lo vendió como “sentido común”. En su insistencia por descartar el término –pasando por alto que es usado hasta por el Fondo Monetario Internacional– han quedado muy mal parados.

La pandemia es la cachetada final del neoliberalismo

Es por todo lo señalado arriba que no nos enteramos de los peligros que nos acechan hasta que es demasiado tarde. La pandemia es un excelente ejemplo.

Ya cubrimos aquí (22/05) como un buen doctor del Texas Children’s Hospital estaba listo para probar en seres humanos una vacuna contra el coronavirus (una cepa anterior al Cov-Sars-2) –que habría servido de base para desarrollar rápidamente la vacuna para la presente pandemia–, pero no encontró financiamiento. Las farmacéuticas le dijeron algo así como “vamos a ver si el virus vuelve el próximo año”. Pedía un par de millones de dólares. ¿Por qué no lo financió el gobierno norteamericano? Porque los presidentes de EE.UU., desde hace décadas, ponen en la dirección de los entes gubernamentales involucrados a lobistas y ejecutivos de farmacéuticas como Gilead, GlaxoSmithKline, AstraZeneca, etc.

Como le explicó Chomsky a Democracy Now recientemente: “Debemos entender (cuáles son) las raíces de esta pandemia… si no las extirpamos, vendrá otra peor. Luego de la epidemia de SARS, en 2003, los científicos sabían que era muy probable que llegaran otras. Presentaron políticas para impedirlo. Ellas no fueron implementadas, en parte por profundas patologías institucionales. Las compañías farmacéuticas, las candidatas obvias para implementarlas, no pueden hacerlo, las razones yacen en la lógica de mercado”.

“Uno no gasta dinero intentando prevenir una catástrofe que sucederá en 10 años, lo que hace es intentar producir dinero para mañana. Esa es la lógica del sistema, así que las compañías farmacéuticas quedan fuera… El Estado podría entrar a tallar… de hecho, ya se encarga de la investigación de la mayoría de vacunas y drogas… pero es bloqueado por la plaga neoliberal.

“Recordemos a Ronald Reagan: ‘el gobierno es el problema, no la solución’”.

Por ende, señala el profesor emérito del MIT, la toma de decisiones y la acción deben pasar del gobierno a actores privados.

Ya vimos cómo se puso la élite con el cierre del Congreso anterior, fujimorista. El gobierno actuó, tomó las riendas del asunto siguiendo un deseo ciudadano mayoritario y claramente expresado. Eso es peligrosísimo y no puede ser tolerado –incluso si su efecto es a todas luces positivo– por lo que siempre será criticado por el neoliberalismo. Hoy, el gobierno cierra legalmente un Congreso, ayer llevó a cabo una reforma agraria, ¿qué podría hacer mañana?

El statu-quo está en juego. Quienes concentran poder y riqueza tienen mucho que temer de una democracia.
El gobierno, pues, tiene un grave defecto: “responde, mal que bien, a la población”, comenta Chomsky. El resultado de la lógica neoliberal es que el poder sea transferido a “tiranías privadas” sin mandato ni obligación de rendir cuentas a una sociedad democrática. “Ese es el significado del eslogan de Reagan. Ese es el principio fundamental de neoliberalismo”.

Es por eso que cuando llega la pandemia nos encuentra calatos, con un sistema de salud completamente incapaz de hacer frente a una emergencia nacional, como un terremoto o lo que fuere. Un sistema sanitario fragmentado de acuerdo a las distintas castas sociales y lo que pueden pagar es otra muestra de una sociedad podrida. Las naciones que se organizaron siguiendo otra lógica, y hoy tienen sistemas de salud pública orientados a toda la población y no solo al segmento pobre y abandonado, están triunfando sobre el virus. Naciones en desarrollo como Vietnam o Cuba, y también países desarrollados como Japón, Corea del Sur o los países nórdicos, no están viviendo un apocalipsis como el nuestro (o el estadounidense, nuestro tradicional “modelo” a seguir).

“En cada asunto… estamos corriendo locamente hacia la catástrofe total bajo el liderazgo de sociópatas fanáticos. Es como si un malvado demonio hubiera tomado el control de la raza humana y la estuviera llevando a la autodestrucción”, agrega Chomsky.

Las tres plagas de nuestro tiempo, la posibilidad de una guerra nuclear, la catástrofe climática y el deterioro de la democracia, dice Chomsky, solo podrían ser superadas por una vibrante democracia, un público involucrado, comprometido con ella y, sobre todo, bien informado.

Por Daniel Espinosa. Publicado en Hildebrandt en sus trece el 21 de agosto de 2020.

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Te lo juro por la Sarita, batería.

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