Vidas e Historias

Camilo y ella

0

Por: Umberto Jara

Esta mañana, al despertar la pantalla del teléfono, en lugar del viejo diario costumbre que languidece, me alcanzó la noticia de la muerte del cantante Camilo Sesto. Misterios de la memoria: de inmediato una imagen me llevó a la antigua casa de mi amigo Coqui y a las fiestas que organizaba los sábados a la tarde cuando el mundo era sereno, las horas parsimoniosas y se solía llamar “bailar un lento” cuando una balada invitaba a tomar entre nuestros brazos a las candorosas muchachas que siguen habitando en tus recuerdos y en los míos.

En ese tiempo era muy tímido para las fiestas, una timidez que no he logrado derrotar aunque los años hayan transcurrido y mis amigos bailado todo ritmo que se fue inventando. Coqui tenía las piernas arruinadas por una polio pero no era tímido y bailaba risueño y entusiasta. Mis piernas saludables me eran útiles para jugar con fanatismo al fútbol, pero se volvían de madera cuando me asaltaba el bochorno de enfrentar el baile.

Coqui era tan buen amigo que una tarde de sábado organizó una de esas fiestas para que yo pudiera ofrecerle a Toya el dudoso honor de convertirse en el primer amor de mi vida. El problema es que debía decírselo mientras bailábamos un lento porque eso dictaba el ritual de ese tiempo hoy esfumado.  Aprendí los pasos básicos guiado por Coqui pero había un detalle imposible de ser enseñado. Ese detalle habría de descubrirlo en la fiebre de aquel sábado por la tarde que estaba por vivir.

Ella me gustaba tanto que logré superar la torpeza de mis pasos. Cuando se inició la canción y sentí su talle entre mis manos descubrí, infinitamente deslumbrado y al borde del cataclismo emocional, la incomparable sensación que puede otorgar la textura de una mujer. En ese instante, culminó mi infancia. Conmovido como estaba apenas logré concluir el ceremonial de la declaración con breves y aturdidas frases. El resto fue sentir en mis oídos la respuesta de ella envuelta en la voz de Camilo Sesto cantando “Jamás” mientras yo desfallecía ante el misterio de la mujer que acababa de descubrir.

No tenemos ninguna capacidad de elegir el soundtrack que acompañará nuestras vidas. Y es bueno que así sea. Las canciones que acompañan los instantes que nos tocan vivir se van acumulando de improviso en nuestra memoria afectiva y viven con nosotros. A Camilo Sesto siempre le tuve gratitud por ese instante inolvidable en que me acompañó con su voz. No sé y tampoco me interesa saber cuál es el lugar que ocupa su arte. Las calificaciones y los pedestales que algunos se esmeran en atribuir, para mí, no existen en la música. Tan solo existe la emoción que una canción y un artista nos puede generar. Esa emoción basta y sobra y se agradece.

En el cielo de mi memoria están Camilo Sesto y Toya. Ella se marchó demasiado joven. Pero ninguno de los dos es mortal ni inmortal. Simplemente, siguen existiendo en la eternidad de nuestros recuerdos.

Puerto Rico: ¿gatopardismo o vientos de cambio?

Previous article

Flores eternas en la Plaza Sebastián Acevedo

Next article

You may also like

Comments

Leave a reply

Su dirección de correo no se hará público. Los campos requeridos están marcados *