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BARBOSA, EL CUIDADOR DE MUERTOS

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Cada tres meses, puntualmente, Barbosa toca el timbre de mi casa. Lo hace desde hace unos quince años. No supe su nombre hasta el sábado pasado. ‘Soy Barbosa’, dice por el intercomunicador. Solo se presenta así. Sin nombre. Como si supiera que lo estamos esperando. Solo es Barbosa. Hay algo en su nombre, o mejor dicho, en su apellido, que le imprime una potencia recia. Tal vez sea el recuerdo del capitán Héctor Barbossa en la saga de películas de ‘Piratas del Caribe’.  Su voz grave y varonil, delata su figura. Con sus 71 años es un hombre de estampa robusta. Compacto y de brazos de atenazados y gruesos. Más de 50 años cargando baldes de agua y pesadas escaleras de madera han cincelado su forma.

José Guillermo Barbosa Bardales es su nombre completo y es quien limpia y vigila, en el Cementerio El Ángel, el nicho de mi abuelo Miguel —muerto en 1988—. Está en el pabellón Santa Elba. Cuando el abuelo falleció tenía yo unos nueve años. Él vivía habitualmente en Iquitos, y nosotros en Lima. Así que no lo conocí lo suficiente. Barbosa, en cambio, sí parece ser su amigo, si acaso uno puede hacerse amigo de los muertos. Cuando viene a cobrar me comenta brevemente que tal o cual tía pasaron a visitar la tumba; incluso que alguien hizo unas mejoras al nicho y nunca supimos quién fue. Somos la única familia que va quedando, lo que nos causa intriga. Tal vez algún antiguo amor que nunca conocimos, pues el abuelo vivía al otro lado de la cordillera. El viejo vigilante me relata estas cosas como si fuera un informe. Es un tipo hierático y extremadamente ordenado, prolijo y metódico. Lleva siempre una libreta de bolsillo, donde anota direcciones, teléfonos y datos relevantes de sus clientes; de los que hace un itinerario de ruta para ir a cobrar cada tantos meses.

Es también muy memorioso. Cuando lo llamé hace poco, casi me reclamó que estaba esperando mi comunicación desde enero de este año, como habíamos quedado. Pero tuve que viajar a mi tierra, y de retorno nos agarró la pandemia. Barbosa no olvida. Tal vez, en esos 54 años que lleva trabajando en los cementerios Presbítero Maestro y El Ángel, esa memoria a prueba del tiempo pueda darme alguna historia fascinante, de esas de ultratumba. Toda una vida caminando entre cadáveres, entre lápidas, entre ebúrneos mausoleos que quieren perennizar el recuerdo de los seres querido o ensalzar los blasones de alguna orgullosa familia. Alguna anécdota que valga la pena escribir tiene que haber en este hombre pétreo.

Empero, toda la parafernalia del oficio de la muerte no parece llamarle mucho la atención a mi personaje. Llegué un poco tarde a nuestra cita y me lo hizo saber. Le expliqué que me perdí un poco y que había tráfico. ¿Qué llevarle como regalo a un vigilante del cementerio? Pensé en una botella de vino, pero en el camino paré por unos dulces de maná. Barbosa apenas lo notó. Como de costumbre, aún estando en casa, guardando cuarentena, estaba bien peinado (lleva siempre un peine en el bolsillo trasero de su pantalón de vestir), está correctamente rasurado, zapatos limpios, a la camisa. Invariablemente camisa a cuadros. Su casa, sencilla, brilla por su limpieza y orden. El color blanco domina el ambiente. Barbosa guarda la solemnidad de un amortajador. Gajes del oficio. Apaga un enorme parlante en que estaba escuchando salsa para que podamos conversar. Con las mascarillas y caretas faciales de por medio, sospecho que registrar la conversación en mi grabadora no será tan simple. Se cuelan en el audio, a mediodía, el canto de unos gallos en su barrio.

“Básicamente he trabajado ahí en El Ángel y el Presbítero toda mi vida. También trabajé en el Correo, en el central, pero poco tiempo”, me explica. Nacido en Cajamarca, don José llegó a Lima con trece años a probar suerte. Su hermano mayor, quien ya vivía en la capital, trabajaba en los cementerios y consiguió otra ocupación. Fue así que jaló al recién llegado para cubrirlo. Con 14 años emprendió este oficio que nunca más acabaría. Era 1964 cuando piso el camposanto por vez primera. Desde entonces, hace lo mismo: limpiar los nichos, pintar los pabellones, vigilar el cementerio de los robadores de bronce y mármol, echar agua a las flores, y cuidar los muertos de sus clientes. Como me resulta evidente, este es un hombre de rutinas inamovibles, como cada fibra de su ordenada personalidad. Labora tanto en el Presbítero Maestro como el cementerio El Ángel. Recorre en frías madrugadas ambos panteones, de punta a punta, cuidando el sueño eterno de los muertos.

¿Cuándo empieza siendo un adolescente y aún ahora… nunca sintió miedo?

No, nunca vi nada durante estos años. A pesar de que hacemos servicio de noche, vigilamos ambos cementerios caminando, entre dos, así. En la madrugada, a media noche. Quizás al principio un poco, pero uno se acostumbra. Y ya pues, uno se ambienta al tema que tenemos del trabajo.

¿Nunca ha visto algo que podemos considerar raro?

Algo así sobrenatural, no. Solo a veces, por temporadas, algunos pequeños ruidos. No eran ruidos comunes, como que golpeaban o voces, y no había nada. Pero de que se me haya aparecido algo a mí, nada. Aunque otros compañeros sí cuentan que les han pasado cosas; o han visto sombras, como almas, espíritus.

¿Qué tumba son las más visitadas?

Lo que más visitan ahora es a Ricardito (‘El niño Ricardito Espiell). Dicen que es milagroso, que lo descubrió una chica. Era un niñito que está parado en su tumba, nunca venían a verlo, estaba abandonado (la pequeña estatua). Y dicen que una vez una chica se puso a orar ahí, que tenía problemas y le pidió que le haga un milagro. Entonces en gratitud, porque le hizo el milagro, ya ella contrato una persona para que pinte las rejas que tiene alrededor y pula su imagen. Como estaba abandonado, estaba demasiado percudido, casi negro. Ella narró seguramente lo que pasó y así lo visitan hasta ahora.

¿Usted le ha pedido algún favor al niño Ricardo?

Nunca le he pedido, no creo en él. Pero mucha gente le tiene fe, dicen que hace milagros.

Prefiere recordar cosas concretas, como el entierro de Augusto Ferrando. Me asegura que fue el más populoso que recuerda, que estaba lleno el cementerio. O me explica que sí tiene un problema real con los que practican brujería. El panteón es el escenario propicio para la celebración de oscuros ritos. Así como los hombres y mujeres van a las Iglesias y templos a rezarle a su divinidad; los nigromantes precisan del escenario y la tierra donde las ánimas pululan, abriendo las rejas que dan a acceso a los misterios del más allá. Muchas veces ha encontrado objetos, como calzoncillos con fotos clavadas con alfileres, o animales muertos. En una ocasión tuvo que botar un enorme cuy rellenado con cigarrillos y hojas de coca.

Y aunque no cree mucho en la magia negra, ni blanca, ni en los milagrosos favores de Ricardito Espiell, el viejo vigilante es un hombre de fe. Católico, para ser precisos. “Creo en Dios, se supone que debe existir una persona omnipotente”.

¿Entonces cree que hay algo después de la muerte?

La resurrección. En cualquier momento vendrá la resurrección, los muertos se levantarán.

Cuida entonces esos huesos, algún día se levantarán…

Lo que está ahí solo es material. Cuando uno va a morir, primero sale el espíritu, que debe estar en algún lado, lo que queda es solo material, solo hueso.

¿Habla con los muertos?

No, no me van a escuchar. Ya está descansando el difunto.

¿Le tiene miedo a la muerte?

No, todos estamos de pasada nomás. A la muerte no se le puede tener miedo porque uno nace con el destino de que en cualquier momento va a morir. No somos eternos. Quizá por el trabajo, en un sitio donde veo todos los días los muertos, me he acostumbrado.

Pero, ¿piensa en ello… en que va a morir un día?

Al principio el saber que uno va a morir, hace que uno extrañe a la familia. Pero pasa el tiempo y uno se va resignando. Uno también tiene que irse con el tiempo. Tal vez el alma de los escogidos vaya a otro lugar. Solo muere el cuerpo, no el espíritu.

Tengo algunas más preguntas que hacerle, pero siento el aroma de un guiso desde la cocina. En algún momento el señor Barbosa será llamado a almorzar, y no quiero importunar más a este hombre de contadas palabras. La parquedad, en un cuidador de muertos, es su seña natural. Es mejor dejarlo en su mutismo, escuchando su salsa. Le agradezco y amablemente me acompaña a la puerta. Cuando estoy ya en la pista me pregunta cómo está mi mamá… y mi abuelita. Las llama por su nombre, así como a nuestro muerto: el abuelo Miguel. Barbosa no olvida. Barbosa sabe que la Parca es su colega.

(octubre, 2020)

Por: Eduardo Abusada Franco

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