Opinión

Bajar al llano

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Por: Elvis Mori Macedo

Hasta hace algunos años, la física cuántica revolucionó las certezas que teníamos sobre la concepción de la realidad, el espacio y el tiempo. Sus revelaciones respecto a la posibilidad abierta de que podemos vivir realidades paralelas hicieron estallar diferentes narrativas hasta llegar a la ciencia ficción, al punto que, tal como pasó con el giro del psicoanálisis a principios del siglo XX, parte de su gramática se incorporó a nuestro lenguaje diario. Una de las frases más usadas en las redes sociales que servía para decirle a un grupo de intelectuales o a un amigo del costado que estaban un poco “fuera de la realidad”, era que a lo mejor “vivían en un mundo paralelo”. Era una manera de decirles que su cosmos era propio, pero que, si quería saber lo que pasa en” otros mundos”, era mejor que tengan claro que estos no eran homogéneos y que “lo real” se funda en nuestra propia experiencia, no en el querer ser. En tiempos actuales, el espacio abierto de los mundos paralelos se ha vuelto un terreno común de franca disputa de la física social.

Esta colisión de mundos paralelos ha traído consigo la implosión progresiva de los principios básicos que fueron construidos para procesar las insatisfacciones y las velocidades de cualquier atisbo de cambio: diariamente se reducen los puentes de diálogo y canalización política, constantemente se pasa de la pulla a la amenaza voraz contra el otro que, si no es un ignorante o “loquito” (no deja de llamar la atención que vuelvan las categorías psiquiátricas en la política más elitista), es un mercenario enviado por Soros o Bill Gates para controlar nuestros países (la política como una cruzada entre individuos poderosos o menos poderosos), etc. Es como si estuviésemos volviendo a foja cero para pasar a otro nivel de socialización, al mismo tiempo que debemos lidiar con bandas apertrechadas de rifles que nos amenazan en nombre de su libertad de expresión, fake news transnacionales y neurocalificaciones contra el sujeto que fracasó porque no fue demasiado innovador.

En ese mismo territorio de la antipolítica, ya no están en juego las posturas o las posiciones encontradas sobre un mismo tema, sino que los mismos temas ordenadores de la modernidad y la postmodernidad no ordenan nada. Cada vez se hace más difícil instalar una episteme que garantice el acuerdo/conflicto digerible en democracia. Al mismo tiempo, las calles y sus redes son gatilladas por consignas que saben llegar a la carne misma de la existencia humana, mientras es bastardeada (la denigración de las masas decía Laclau) por políticos, académicos y militantes acostumbrados a hacer política en normalidad ahora casi inexistente… esta calle se abre paso sobre los escombros de la postguerra, la postguerra fría y el postconsenso de Washington.

Y aquí entramos a otro punto un poco más complicado, que nos debe preocupar de sobremanera a los países latinoamericanos. Si en los países del norte esta conflagración de actores parece tener un espacio todavía regulado y contrapesado social y políticamente —es decir: politización y redistribución—, en países donde la desigualdad es una marca en la frente, la pandemia hizo que se consumieran sus escasas reservas de oxígeno a la misma velocidad que nos devora el COVID-19. La desigualdad social preexistente ha abierto un espacio de insondables dimensiones en donde el sentido común y la construcción del discurso crítico y bizarro se desbordan diariamente. Estamos más que en una disputa contrahegemónica, porque lo que estamos presenciando es un aplastamiento simbólico que amenaza progresivamente a vaciarnos de cualquier elemento en común para repensar nuestra condición ya no solo regional o nacional, sino propiamente nuestra condición humana.

Para empezar a desmontar este imaginario de colisiones inexpugnables, hay que empezar por admitir que unos de los logros de los sectores más regresivos es que lograron instalar una gramática más atractiva para el imaginario común de nuestras sociedades,  que ha atravesado todos los estratos sociales, haciendo carne en las profundas expectativas de rebeldía y construcción contracultural: élite global, control económico de unos cuantos multimillonarios y sus marionetas financieras sobre nuestras naciones, corporaciones farmacéuticas aliadas a instancias globales y científicas que están al servicio de unos cuantos, etc. ¿Quién no ha leído o escuchado esta gramática en youtuberos conspirativos, en iglesias evangélicas, en los memes más compartidos durante este año? La contracultura, nos guste o no, parece venir por la vía más reaccionaria, que al mismo tiempo que te dice que hay una élite que nos controla, y que se basa en una ciencia al servicio de sus financistas, te advierte que hay una ideología de género, que hay un marxismo cultural asalariado por Soros y que si te pones la vacuna rusa o china tus hijo/as van a salir como Stalin o Mao. Lo más curioso de esto es que si uno no pone mucha atención a estas proclamas, la crítica más progresista, a falta de filtros o proyectos que canalicen los ánimos más reformistas o radicales, puede terminar al otro lado de la mesa.  Freud decía que primero se ceden las palabras, luego las cosas.

En ese terreno, no se trata solo de un asunto de afinar los marcos y los métodos para hacer frente a una realidad cada vez más líquida y empantanada, o de “demostrarle” al otro que está lleno de falacias -que no son pocas, por cierto-, sino de construir reales disposiciones culturales y materiales para encarar con menos “autoreferencialidad” el retorno de aquello que fue reprimido y amontonado en el sótano. Lo reprimido volvió recargado, voraz, porque no se lograron construir las bases reales que sostengan una realidad más democrática, una realidad que soportara la posibilidad de no bajar al llano cada cinco minutos. Se trata, pues, de cargar con varias derrotas encima y de ser más modestos a la hora de volver a hacer política. Y esto implica bajar al llano, como en los viejos tiempos.

Al mismo tiempo, toca operar con paciencia alquímica, separando a las bandas fascistoides de las demandas sensibles de la gente. Es hora de hacernos cargo de ello y reconstruir un aparato crítico dispuesto a encontrarse con su otro, que ya no es otro, sino parte de nuestro mundo y de nosotros mismos. Se trata de resignificar sus conceptos, mostrar voluntad de poder y capacidad política para cambiar el orden que impugnan. Se trata de entrar terreno adentro y disputar ahí mismo un nuevo curso de la crítica. Esto implica, además, no confundirse de radicalidad, tal como pretenden algunos sectores de izquierdas que, ante la incapacidad de construir un espacio propio dentro de lo popular, irresponsablemente gatillan el mismo espacio discursivo que reivindica la ultraderecha, que tiene todos los medios, con harta lana de por medio, para capitalizar el desbande. Es decir, se trata, a fin de cuentas, de reivindicar la política como el único terreno posible, el único lugar en el que quepan todos los mundos posibles, y el único medio que han conocido todas las culturas del mundo para contener y torcer realidades que amenazan vaciar de sentido todo proyecto democrático y emancipatorio.

 

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